
Estaba con su hijo de 10 años cuando presenciaron un terrible accidente. La mujer voló por los aires y murió al caer frente a ellos. Dawn Haas quedó espantada con la visión. Pero más la aterrorizó todavía la extraña reacción de su hijo: Justyn se reía. No estaba impresionado. Seguía riendo.
Quizá sus preguntas venían de un poco antes, quizá ya había alguna bandera roja en su mente, pero ese día fue conmocionante, revelador. ¿Qué pasaba en la cabeza de su hijo? ¿Eran nervios o podría ser algo más siniestro?
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Las madres por ser madres no dejan de preguntarse.
Justyn nació en Lake Worth, Florida, Estados Unidos. Vivió su infancia con su madre y su hermana en Hudson, dentro del mismo estado donde hizo la secundaria en el colegio Hudson High School. Desde chico Justyn tuvo algunas conductas que Dawn percibió como perturbadoras. Sus sucesivos ataques de rabia descontrolados, las veces que ella se despertaba y él estaba ahí, mirándola fijamente. Además estaban las anécdotas: a los 9 años le había pegado con un palo a un pato que nadaba en un lago repetidas veces. Parecía disfrutarlo. Le causaba gracia ver cuando otros se lastimaban seriamente. Un día en su adolescencia se desternilló de risa cuando un auto atropelló a su primo.
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Dawn anotaba en su cabeza, pero intentaba no pensar demasiado. Decidió someterlo a distintas evaluaciones médicas. Ella veía alertas que nadie más veía. ¿Estaba siendo exagerada? ¿Y si su hijo era un psicópata?
Los especialistas concluyeron que era un adolescente normal. Uno más. Nadie le dio bolilla, era una madre demasiado preocupada.
Dawn siguió pensando que un día le darían una mala noticia o que lo vería en la televisión acusado de algo grave. Lo intuía. Y no se equivocó.
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Una víctima al azar
La vida corrió de esa manera hasta el 9 de enero de 2020 cuando se frenó de golpe.
Esa tarde Justyn, de 21 años, había salido con su auto, un Chrysler PT Cruiser colorado. Conducía por la calle Aripeka de Hudson cuando eligió su presa. Apuntó la trompa de su auto contra un hombre que caminaba con un bastón. Aceleró. El sujeto quiso correrse, pero él le ganó de mano. Antes de golpearlo de lleno pudo ver su mirada de terror. Justyn estaba encantado. Detuvo su auto y bajó sonriendo. Cuando vio que el lado del pasajero había quedado notoriamente abollado decidió llamar al 911.
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Eran las 14.45. El cuerpo de Michael Pratt yacía inmóvil. La víctima que Justyn había elegido sin pensarlo mucho resultó ser un veterano de Vietnam, nacido el 3 de octubre de 1944 en Michigan, que tenía dos hijos y varios nietos.
Pratt murió mientras Justyn miraba y esperaba a los de emergencias a quienes con frialdad les había dicho: “Acabo de matar a alguien. No sé qué es lo que me pasa”.
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Cuando la policía llegó él se reía. El sheriff Chris Nocco sostuvo desconcertado: “Este hombre es absolutamente malvado”.
Cuando más tarde le hicieron escuchar esa llamada a su madre Dawn, ella no pudo creer que esa voz calma, como ajena, perteneciera a su hijo. Pero, por otro lado, tenía la rara sensación de que su pesadilla se había vuelto realidad. Era como la risa de ese chico de 10 años ante la muerte.
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“Había mucho en él que yo no veía. Muchos más que no sabía”, dijo en el episodio de la serie documental de Investigation Discovery titulada El demonio vive aquí: Mi hijo el asesino.
Y así era.
Ese día en el que decidió convertirse en asesino Justyn contó: “Estuve manejando y dando vueltas por ahí, buscando gente que pudiera atropellar evitando los testigos (...) Vi al hombre viejo con su bastón y di una vuelta en U y solo fui por él”. Cuando la policía le preguntó el motivo, él reveló sin dudar: “Quería saber qué se siente al matar a alguien”.
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¿Qué otros métodos había contemplado?, le inquirieron los agentes. Respondió que siempre le habían gustado los cuchillos: “He estado pensando en cortar gente, en abrirlo. Diseccionarlos, esencialmente”.
Cuando Dawn vio y escuchó a Justyn no pudo parar de llorar. Los policías le enseñaron todo lo que habían hallado en el auto de su hijo, era un kit completo para asesinar: guantes, distintos tipos de cuchillo y un hacha pequeña. Dawn hiló con dolor las risas extemporáneas, ese chico rabioso, las miradas sin empatía.
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Resulta que Justyn había estado pensando durante varios meses en matar y cómo lograrlo. Reconoció que había elegido su víctima al azar y contó con gusto haber detectado en los ojos del hombre el miedo antes de pasarle por encima. También admitió que el sujeto había tratado de salirse de su paso, pero que él lo había embocado. Una vez que su víctima estuvo derribada y agonizante, se detuvo y llamó al 911. Volvió a reírse: “Lo disfruté, pero después me calmé porque estaba avergonzado por haber roto el auto”. Ver su auto dañado fue la verdadera razón por la que tomó el teléfono. Punto.
Quedó arrestado.
Un familiar de Justyn contó que el joven había publicado una foto en su cuenta de Facebook vestido con uniforme militar, pero que en realidad el ejército no lo había aceptado. Eso lo habría puesto furioso. En su perfil de la red social tenía la frase: “Podés correr, pero solo vas a morir ahí”. Entre sus gustos puso que le gustaban las películas Terminator, Los indestructibles y Rambo y el videojuego King of Avalon. Por otro lado detectaron que su cuenta de Twitter tenía un solo seguidor. Eso podría indicar un serio aislamiento social.
La policía indagó en su pasado y encontró dos reportes de Justyn previos al crimen. Uno de ellos por una fuga de su hogar; el otro no se hizo público. Nada más y ningún arresto.
En 2022, a dos años de haber sido detenido fue a juicio por homicidio en primer grado. Durante el proceso sostuvo haber sido diagnosticado con depresión, desorden de estrés post traumático y Asperger.
Su madre y su hermana asistieron a todas las audiencias.

La jueza Mary Hansel no se conmovió frente a los dichos del acusado y lo condenó a prisión perpetua. Le dijo en la cara: “Lo que hiciste fue una cadena perpetua para vos mismo, para tu madre, para tu hermana y para la familia Pratt”. Su hermana confesó a la prensa: “Él se llevó algo que nunca podrá devolver”.
Dawn sigue viendo a su hijo, pero asegura que lo más complejo no es lo que hizo sino los pensamientos oscuros que todavía habitan en su mente. Se cuestiona sobre su papel en la crianza de Justyn: “La madre en mí se siente herida por lo que él siente. Porque ¿puedo arreglar lo que le pasa? No puedo. Solo puedo quererlo”.
La pregunta queda flotando en el aire y nos interpela a todos como sociedad: ¿Cuántos padres intuyen algo malo en sus hijos y no hacen nada? ¿Cuántos padres en la misma situación los llevan a profesionales que desestiman la gravedad de los síntomas? ¿Qué más se podría hacer? ¿Cómo puede trabajarse la salud mental para prevenir estas tragedias? ¿Qué pueden hacer los colegios e instituciones? ¿A quién recurrir en cada caso? Callar o minimizar es la peor opción. Porque lo cierto es que, cuando flamean las banderas rojas, algo pasa. Y habría que hacerse cargo de inmediato.
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