El “esqueleto falto de gracia” que cosechó repudio, el estafador que la vendió como chatarra y otras rarezas de la Torre Eiffel

También hubo una mujer que se casó con ella, un sastre que saltó hacia su muerte desde el primer piso y un dictador que quiso subir hasta la cima pero hubo quienes se anticiparon e inutilizaron los ascensores. La Torre Eiffel, a sus flamantes 137 años, pasó de ser un adefesio de hierro a ícono global, novia de París y testigo de la historia. Sus orígenes, sus números, sus curiosidades, su belleza desafiante

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La Exposición Universal de París en 1889 celebró el centenario de la Revolución Francesa y motivó la creación de la Torre Eiffel como ícono nacional (AFP)
La Exposición Universal de París en 1889 celebró el centenario de la Revolución Francesa y motivó la creación de la Torre Eiffel como ícono nacional (AFP)

Ahí estaba, plantada como una ave rapaz de mal augurio: era una porquería. Con una mano en el corazón, a quién se le puede ocurrir, a quién en su sano juicio, plantar en medio de una ciudad que hoy, en enero de 1889, es la capital cultural y estética de Europa y del mundo, semejante adefesio. ¿Qué hace, y qué va a hacer, París con ese monstruo? A quién se le ocurre elevar a la categoría de joya estética a esa jirafa cíclope de trescientos metros de altura que empequeñece al resto de la ciudad y sobresale como una excrecencia chatarrera por sobre los tejados negros de los hogares decentes y obstruye además el azul límpido del cielo. Ya se sabe que bajo el cielo de París…

Más o menos con estos argumentos, y otros peores, fue acunada al nacer la Torre Eiffel, que hoy está de festejos el 31 de enero de 1889, hace ciento treinta y siete años, se completó su construcción que demoró dos años, dos meses y cinco días, bajo la erudición, la inspiración, la guía, la paciencia y el látigo acaso amable de Gustave Eiffel, de quien heredó su nombre antes de dejar de ser pato feo y convertirse en el cisne y faro de una nación entera. En ella pensaba Winston Churchill en los inicios de la Segunda Guerra Mundial cuando afirmaba que sólo Gran Bretaña y Francia eran la esperanza de supervivencia europea frente al espanto nazi.

Deshilar el prodigio de ingeniería que fue y es la Torre, es implicarse en un laberinto técnico para especialistas, entendidos, peritos, idóneos, meticulosos y valientes. No es esa la intención de estas líneas breves, nunca lo son, que prefieren narrar en parte la odisea de su parición y el resurgir de una hoguera que se encendió a sus pies, ni bien posó sus cuatro grandes patas en los Campos de Marte.

La Torre Eiffel fue inaugurada en 1889 tras dos años, dos meses y cinco días de construcción bajo la dirección de Gustave Eiffel
La Torre Eiffel fue inaugurada en 1889 tras dos años, dos meses y cinco días de construcción bajo la dirección de Gustave Eiffel

¿De cuál lado del Sena está la Torre? ¿De derecho o del izquierdo? Esa era la gran duda de los soldados americanos que Dominique Lapierre y Larry Collins imaginaron para su crónica novelada, ¿Arde París?, que fue llevada al cine. Uno de los soldados que pugna por develar el misterio, interpretado por Anthony Perkins en la película dirigida por René Clement en 1966, se quedará sin respuesta. A propósito, aquella película inolvidable filmada a veinte años del final de la Segunda Guerra, contaba en su reparto con Kirk Douglas, Glenn Ford, Yves Montand, Jean-Paul Belmondo, Robert Stack, Charles Boyer, Alain Delon, Anthony Perkins, Michel Piccoli, Simone Signoret, Jean-Louis Trintignant, Orson Welles y siguen las firmas.

Prohibido distraerse: los orígenes de la Torre. En 1889… Antes que el olvido gane otra batalla. “¿Arde París?” fue la pregunta que Adolf Hitler hizo en agosto de 1944 al general en jefe del nazismo en la capital francesa ocupada desde 1940, Dietrich von Choltitz a quien le había ordenado arrasar la ciudad ante el avance liberador de los aliados y de la resistencia francesa. Von Choltitz, que había minado los puentes de París y dirigía a sus tropas en los combates callejeros que precedieron a la liberación de París, le hizo pito catalán al Führer y entregó la guarnición a los aliados sin provocar más daño del que ya habían hecho los nazis, que era bastante. Años después, von Choltitz regresó a París y le permitieron trepar a lo alto de la torre que no había echado abajo.

A los hechos, en 1889, Francia y en especial París… Otro detalle no menor: el 28 de junio de 1940 Hitler visitó París, ocupada un mes antes. Estuvo tres horas nada más, paseó por la plaza del Trocadero y enfrentó a la Torre. La leyenda dice que no pudo subir a lo más alto porque la resistencia francesa había inutilizado los ascensores. Y Hitler sería muy Führer pero no estaba para subir los mil setecientos diez escalones que separan la tierra firme de la cúpula de la Torre.

Hitler en Paris 1940
A fines de junio de 1940, Hitler se paseó de madrugada por París en un breve tour secreto por las calles de una ciudad que admiraba: se retiró sin desfilar por el Arco del Triunfo y luego de hacer una reverencia ante la tumba de Napoleón (The Grosby Group)

Ahora sí, a los hechos. En 1889, Francia, y en especial París, se disponían a celebrar un aniversario: los cien años de la Revolución Francesa, el movimiento que terminó con la monarquía y que hizo algo más: acabó con el mito que sostenía que los reyes tenían carácter divino. La República era otra cosa: el mismo año de la Revolución, 1789, se firmó la “Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano”. Hubo un baño de sangre en ese largo siglo, sangre que todavía no había dejado de correr en las vísperas del centenario. Eran los tiempos de la Tercera República, un gobierno inestable y en crisis permanente acosado por la avaricia de poder, la codicia personal, el oportunismo y la voracidad. Igual, en ese lapso agitado, la Tercera República plantó los cimientos, todavía en pie de la escuela obligatoria, la laicidad y la libertad de prensa, entre otras garantías.

El 8 de noviembre de 1884 se estableció por decreto la celebración de una Exposición Universal a celebrarse en París entre el 5 de mayo y el 31 de octubre de 1889: era la forma de celebrar el centenario de la Revolución, de colocar a París en el centro del mundo y de mostrar la pujanza de Francia. Eiffel era un ingeniero de cincuenta y siete años en 1889, que había montado su propia empresa después de varios emprendimientos exitosos como el Puente de Burdeos, a sus veinticinco años. Estaba interesado en la metalurgia, en especial en el hierro forjado de alta pureza y había ideado la estructura que soportaría el peso de la Estatua de la Libertad, obra de Frederic Barholdi, que Francia obsequió a Estados Unidos.

En junio de 1884, dos ingenieros de la empresa Eiffel proyectaron una gigantesca torre metálica de trescientos metros de alto, con cuatro caras curvas unidas por plataformas de cincuenta metros hasta llegar a la cumbre. Eiffel dijo que no estaba interesado en ese proyecto pero permitió que el estudio siguiera adelante. Su arquitecto jefe, Stephen Sauvestre, volvió a dibujar todo el proyecto que esta vez sí convence a Eiffel, que intenta convencer al ministro de Industria y Comercio de la Tercera República, Edouard Lockroy, de que lance un concurso para “explorar la posibilidad de elevar en el Campo de Marte, una torre de hierro con una base de ciento veinticinco metros cuadrados y una altura de trescientos metros”, para celebrar en 1889 el centenario de la Revolución Francesa y la Exposición Universal.

Inicialmente rechazada por artistas y escritores, la Torre Eiffel fue objeto de fuertes críticas y hasta una protesta firmada por 300 figuras reconocidas de París
Inicialmente rechazada por artistas y escritores, la Torre Eiffel fue objeto de fuertes críticas y hasta una protesta firmada por 300 figuras reconocidas de París

El concurso que propuso Eiffel era idéntico a su proyecto. Por supuesto, lo ganó en mayo de 1886 sobre otros ciento siete candidatos: el ganador había incluido algunos objetivos de interés científico a desarrollar en la futura Torre, de hecho los cumplió de sobra: durante la Primera Guerra Mundial, en 1914, un receptor instalado en lo alto de la torre interceptó las comunicaciones de radio de los alemanes lo que dificultó el avance de las tropas del Kaiser sobre París y fue una guía para la victoria aliada en la Primera Batalla del Marne.

Hoy, los libros guías de turismo y los folletos que circulan entre quienes visitan la Torre Eiffel, seis millones setecientas veinticinco mil personas en 2025, dan algunas cifras entre curiosas y reveladoras: mide trescientos doce metros de alto, con un par de antenas de radio alcanza los trescientos veinte metros; desde el suelo al último mirador hay mil setecientos diez escalones a trepar, los ascensores, que los hay a cada uno de los cuatro lados de la Torre, suben sedados a dos metros por segundo; la Torre luce diez mil cien toneladas de hierro, sostenida, mimada, asegurada e inmovilizada por dos millones quinientos mil remaches. Bueno, no tan inmovilizada: los vientos la hacen oscilar unos dieciocho centímetros; el frío la encoge (quién no a trescientos metros de alto) unos ocho centímetros y el sol del verano la hace estirarse unos dieciséis centímetros; cerca de veinte mil lámparas la iluminan, pero siempre hay más según las celebraciones, homenajes y fiestas varias que se proclaman al mundo desde su altura; la pintan cada siete años y consume unas sesenta toneladas de pintura cada vez; tardan quince meses en ponerla bella, más todavía, y los veinticinco profesionales que trabajan en el embellecimiento usan el color “Tour Eiffel Brown”, de tres tonos: el más oscuro usado en la base, se aclara a medida que se gana altura.

Los años y la experiencia le agregaron restaurantes en sus niveles bajos, tiendas de recuerdos, antenas de radio y televisión, salas para reuniones y conferencias con capacidad para doscientas personas si se trata de un restaurante o para trescientas si la cosa no va más allá de un cóctel. Todo el mundo quiere llegar al tercer nivel, que es la cima. Allí, donde Eiffel instaló su oficina, y que antes había sido laboratorio meteorológico, se recuerda hoy con figuras de cera la visita que hizo al ingeniero el inventor Thomas Alva Edison. Antes de Edison: por si visita la Torre para ver el más fantástico paisaje de París y puede gastar unos ciento quince euros -valen la pena-, allí funciona un “Bar a Champagne”, una pequeña barra destinada a lo que cifra su nombre: precede a un restaurante.

Gustave Eiffel
Gustave Eiffel era un ingeniero de cincuenta y siete años en 1889. Estaba interesado en la metalurgia y había ideado la estructura que soportaría el peso de la Estatua de la Libertad, obra de Frederic Barholdi, que Francia obsequió a Estados Unidos

Edison fue uno de los tantos visitantes famosos que tuvo la Torre ni bien se inauguró, entre ellos el entonces Príncipe de Gales, la actriz Zarah Nernhardt, el legendario Buffalo Bill que giraba por el mundo con su circo de vaqueros del salvaje oeste, el americano. Eiffel invitó a Edison a su reducto en lo más alto de la torre más alta de París: Edison le regaló uno de sus últimos inventos en el que tenía cifradas grandes esperanzas: un fonógrafo. Y firmó el libro de visitas con una frase significativa: “Para el ingeniero Mr. Eiffel, el esforzado constructor de esta gigantesca y original muestra de ingeniería moderna, de alguien que tiene el mayor respeto y administración por todos los ingenieros, incluyendo al Gran Ingeniero, el buen Dios. Thomas Edison”. Si eso no es fe, que baje Dios y lo vea.

La fascinación por la Torre Eiffel fue instantánea. Desde que se abrió a hoy la visitaron doscientos cincuenta millones de personas. Pero el día inaugural subieron cerca de treinta mil que deambularon hasta caer la noche, con la estructura iluminada por lámparas de gas y coronada por un faro que enviaba tres rayos de luz, rojo, blanco y azul, los colores de Francia. El amor de los parisinos por su Torre aplacó las críticas feroces que la habían rodeado desde el inicio de su construcción. Entre los enemigos de la Torre estaban los escritores Guy de Maupassant, el célebre Alexandre Dumas hijo, el arquitecto de la Ópera de París, Charles Garnier, el compositor Charles Gounod, los poetas François Coppée, Leconte de Lisle, los pintores Wiiliam Bouguereau y Ernest Meissonier.

Todos y varios más hasta sumar unos trescientos artistas, escritores, pintores compositores y arquitectos, firmaron en febrero de 1887 una “Protesta de los artistas contra la torre del señor Eiffel”. En ese documento se leían diatribas como: “Esta lámpara de calle verdaderamente trágica”, León Bloy; “Este esqueleto de atalaya”, Paul Verlaine; “Este mástil de hierro de aparejos duros, inconclusos, confusos, deformes”, François Coppée; “Esta pirámide alta y flaca de escalas de hierro, esqueleto gigante falto de gracia, cuya base parece hecha para llevar un monumento formidable de Cíclopes, aborto de un ridículo y delgado perfil de chimenea de fábrica”, Guy de Maupassant; “Un tubo de fábrica en construcción, un armazón que espera ser cubierto por piedras o ladrillos, este supositorio acribillado de hoyos”, Joris-Karl Huysmans; y otras bellezas por el estilo. A la Torre la salvaron su silencio de hierro, el amor de los parisinos y un mundo deslumbrado por su belleza desafiante.

La Torre Eiffel mide hoy 312 metros de altura, alcanza los 320 metros con antenas y pesa más de diez mil toneladas de hierro, sostenida por dos millones y medio de remaches
La Torre Eiffel mide hoy 312 metros de altura, alcanza los 320 metros con antenas y pesa más de diez mil toneladas de hierro, sostenida por dos millones y medio de remaches

Garnier, arquitecto de la bellísima Ópera de París, fue particularmente duro con la Torre. Protestó, dijo: “En nombre del gusto francés anónimo, en nombre del arte y de la historia franceses amenazados, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa Torre Eiffel, a la que la picaresca pública, a menudo poseedora de sentido común y espíritu de justicia, ya ha bautizado con el nombre de Torre de Babel. ¿Seguirá asociándose la ciudad de París por largo tiempo con las construcciones barrocas, con las mercantiles imaginaciones de un constructor de máquinas, para afearse irremediablemente y deshonrarse? Ya que la Torre Eiffel, a la que ni siquiera la capitalista América querría es, sin duda alguna, la deshonra de París”.

Eiffel contestó con mesura y, si se hila fino, con algo de sarcástico veneno: “Por el hecho de que nosotros seamos ingenieros, ¿creen ustedes que la belleza no nos preocupa en nuestras construcciones y que incluso al mismo tiempo que hacemos algo sólido y perdurable no nos esforzamos por hacerlo elegante? ¿Acaso las auténticas condiciones de la fuerza no son siempre compatibles con las condiciones secretas de la armonía?”. La Torre estaba bien plantada y allí se quedaría.

La Torre Eiffel recibe más de seis millones de visitantes al año y ha sido testigo de eventos históricos, homenajes y visitas de personalidades ilustres del mundo
La Torre Eiffel recibe más de seis millones de visitantes al año y ha sido testigo de eventos históricos, homenajes y visitas de personalidades ilustres del mundo

Como todo objeto de culto que se precie, tuvo estrecha relación, involuntaria por cierto, con pirados, tarumbas, delirantes, orates, vivillos, estafadores y cretinos de toda ralea y pelaje. Algunos casos son parte de esa especie de zoo de las personalidades que son tan interesantes de investigar. Erika La Brie, por ejemplo, se enamoró de la Torre Eiffel y se casó con ella, de manera simbólica se entiende. Es una deportista de la arquería, defensora de la “sexualidad objetual”, signifique eso lo que fuere. Tiene cincuenta y tres años y “conoció” a la Torre en 2004: dijo haber sentido “una conexión inmediata” con esas diez mil toneladas de hierro que se alza al cielo; luego de su “casamiento simbólico” con la Torre cambió su nombre por el de Erika Eiffel. Hay gente para todo.

La idea del desguace eventual de la Torre Eiffel inspiró, es una manera de decir, al checo Víctor Lustig, un tipo capaz de vender arena en el desierto. En 1925 falsificó algunos sellos del Ayuntamiento de París, imitó o falseó también los planos del estudio Eiffel sobre la Torre, reunió a varios empresarios chatarreros parisinos ante quienes se presentó como Subdirector General del Ministerio de Correos y Telégrafos. Usó uno de los cuarenta y siete nombres diferentes que usó a lo largo de su vida. La idea de Lustig era simple: mantener la Torre era carísimo y París la iba a destripar para venderla como chatarra. Todo era un gran secreto. Uno de los empresarios pagó una fortuna por el dato y, por anticipado, por hacerse de algunas toneladas de la que sería ex Torre Eiffel. No fue el único. Cuando quisieron encontrar a Lustig para pedirle algunas aclaraciones, el pájaro había volado lejísimos con los bolsillos rebosantes.

Victor Lustig
Historias como la estafa de Víctor Lustig (foto) y el salto mortal de Franz Reichelt forman parte de las leyendas urbanas y anécdotas insólitas asociadas a la Torre Eiffel

Franz Reichelt era un sastre austríaco que había llegado a París con una mano por detrás y otra por delante. Era un mago con telas, hilvanes, tiza, tijeras y moldes. Pronto se hizo famoso en aquella ciudad, era 1912, que todavía no había pasado por el horror de la primera Guerra. El año anterior, el Aeroclub de France ofreció un premio de diez mil francos a quien desarrollara un paracaídas para aviadores, que no pesara más de veinticinco kilos. Reichelt vio allí la oportunidad de su vida. Usó prototipos de alas plegables de seda que, en maniquíes funcionaban muy bien: los muñecos descendían con lentitud segura hacia la tierra.

Después de varias modificaciones y de conseguir permiso policial para usar la Torre, Richtel trepó la mañana del 4 de febrero de 1912 al primer nivel de la Torre, unos cincuenta y siete metros de altura, con dos amigos y un caderamen: todo quedó registrado en los legendarios archivos Pathe. La policía había acordonado la zona en espera que Richtel lanzara a sus muñecos. Pero el tipo era un devoto del “vivere pericolosamente” italiano. Se encajó el paracaídas de su invención, arrojó al aire un pedazo de papel para verificar la dirección del viento, trepó a una mesa para estar a la altura de la baranda que separaba la torre del espacio exterior, era un día helado, dudó un par de veces, en la filmación esa duda es perceptible y, finalmente, se arrojó al vacío. El paracaídas no se abrió y Reichelt se estrelló contra el césped, se partió la columna vertebral y las piernas y murió segundos después. Su cuerpo dejó en el césped helado del Campo de Marte, un pozo de trece centímetros de profundidad que fue medido con rigor por la policía y registrado por la cámara Pathe.

Franz Reichelt, El Sastre Austríaco Que Creía Que Podía Volar

De historias como estas, la Torre desborda y regala. Cuando la construyeron, costó siete millones ochocientos mil francos de entonces. Hoy, si alguien le quiere poner precio, debería calcular cuatrocientos millones de euros. Cuando abrió sus puertas, libre de polvo y paja, pesaba unas siete mil trescientas toneladas; hoy, con las tiendas, restaurantes, salones y antenas, ronda las diez mil toneladas. La “dueña” de la Torre es la Alcaldía de París, quien la gestiona a través de la Societé Nouvelle de l’Exploitation de la Tour Eiffel”.

El resto hay que descubrirlo, o descifrarlo, a sus pies: son cuatro pilares en un cuadrado de ciento veinticinco metros de lado. Los dos pilares que dan a la Ecóle-Militaire, descansan en una capa de hormigón de dos metros que reposa a su vez en una cama de grava, de balastro, de guijarros de siete metros de profundidad. Los otros dos pilares, que dan al Sena se asientan incluso debajo del nivel del río. La novia de París tiene los pies bien plantados.

Eso sí, ¿de cuál lado del río? ¿Del derecho o del izquierdo?

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