
El dictador Jorge Rafael Videla nunca se arrepintió de nada; en la cárcel, condenado a prisión perpetua, se consideraba “un preso político, un símbolo de la guerra victoriosa contra el terrorismo marxista”, y fue el único que cuestionó el indulto del presidente Carlos Saúl Menem, que el 29 de diciembre de 1990 lo sacó de la cárcel junto con otros jerarcas del gobierno militar y el ex jefe del grupo guerrillero Montoneros, Mario Eduardo Firmenich.
Mientras el resto de los perdonados hacía silencio, lo primero que hizo Videla luego de dormir aquella noche con su esposa en su departamento fue asistir a misa y comulgar, el domingo 30 de diciembre; luego escribió una carta a los medios en la que reclamó “un pleno desagravio personal e institucional” por sus más de seis años en la cárcel, que fue tapa de todos los diarios.
La carta molestó a Menem; el encargado de contestarle fue el jefe del Ejercito, general Martín Bonnet, quien le reprochó que, con su actitud, afectara “la tarea encarada por las Fuerzas Armadas para alcanzar la inserción en la sociedad que les corresponde” y “el esfuerzo por la pacificación nacional” realizado por el gobierno.
Precisamente, con estos indultos a militares y guerrilleros, los protagonistas de la violencia de los 70, Menem buscaba alcanzar una reconciliación que le permitiera calmar a los militares por los juicios por las violaciones a los derechos humanos e impedir rebrotes guerrilleros —también ellos estaban siendo enjuiciados por atentados y secuestros—. Una “pax menemista” en un contexto caracterizado por una grave crisis económica y social, entre 1989 y 1990.

Sin embargo, el 70 por ciento de la gente estaba en contra de los indultos a militares y guerrilleros, según los sondeos de la época, y ese malhumor social fue retrasando la concreción de aquellos indultos.
Otro de los motivos del retraso fue la crítica al perdón presidencial que Videla dejaba trascender desde la prisión militar de Magdalena, que molestaba no solo al gobierno sino también a varios de sus camaradas presos, como el ex jefe de la Armada, ex el almirante Emilio Eduardo Massera, su enemigo interno ya en la dictadura, que no veía la hora de salir en libertad.
La crítica puntual del ex dictador era que el indulto “extingue la pena, pero no borra la culpa. Esto me aflige no solo por mí, sino por las Fuerzas Armadas en particular y la sociedad en su conjunto”. Se veía como un cruzado luchando ya no contra “la subversión marxista” sino por “la reivindicación de la guerra victoriosa librada para defender a la República”.
Poco antes de la última tanda de indultos, un enviado de Menem visitó a Massera con un mensaje muy simple:
—El presidente dice que la próxima vez que lea algo sobre Videla va a dejar en libertad a Firmenich, y todos los militares se van a pudrir en la cárcel. Textuales palabras.
—¡Videla es el mismo boludo de siempre! —contestó el ex almirante, también condenado a prisión perpetua por gravísimos delitos en la dictadura.

Fue el preludio de una de las peleas más fuertes entre Videla y Massera; los separaron el ex general Roberto Viola, breve dictador entre marzo y noviembre de 1981, y el ex general Ovidio Pablo Riccheri, ex jefe de la Policía de Provincia de Buenos Aires. Todo terminó con un acuerdo entre ellos: ninguno diría nada hasta que Menem firmar el indulto; luego, Videla tendría vía libre para decir y hacer lo que quisiera.
Es que, congelado en el pasado, Videla seguía expresando el consenso básico con el que los jefes militares llegaron al golpe del 24 de marzo de 1976, sellado probablemente en la reunión de hace exactamente cincuenta años, durante el encuentro del viernes 4 de marzo de aquel año en el Edificio Libertador, la sede del Ejército, entre Videla, Massera y el jefe de la Aeronáutica, Orlando Agosti.
El diario Clarín del día siguiente tituló el cónclave “Deliberaron ayer los comandantes generales”. El artículo informa que el encuentro fue en horas del mediodía y que luego de una conversación reservada, se dirigieron a un comedor anexo, donde permanecieron al menos dos horas. No hubo información oficial sobre los temas a tratar y procuraron restarle importancia: se trató de un almuerzo de trabajo que había sido pospuesto por el feriado de carnaval.
Por su parte, el diario La Nación aborda la reunión entre Videla, Massera y Agosti en la tapa del sábado 5 de marzo con el encabezado en “El recrudecimiento de la violencia y las FF.AA.”. El foco periodístico integra a los últimos hechos de violencia con la ponderación social de los uniformados: “Aquellas investigaciones, indican que la violencia indiscriminada, orquestada con el claro propósito de alcanzar amplia repercusión, está dirigida a canalizar un intento de deterioro del prestigio de las FF.AA. Se admite -sin ocultamiento- que una causa cierta, que mantiene latente el problema, es la falta de sincronización de una estrategia global que debe incluir tanto a las FF.AA. como al poder civil en sus múltiples manifestaciones ciudadanas, incluyendo al Parlamento y a la legislaturas provinciales”.

El artículo devela que esas inquietudes invadieron el temario que trataron en secreto el general Videla, el almirante Massera y el brigadier Agosti. “La violencia en todas sus manifestaciones preocupa a los militares hasta el grado tal que están dispuestos a asumir plenas responsabilidades en este agudo plano del quehacer nacional”, concluye el texto. Faltaban apenas veinte días para el golpe.
“Estábamos de acuerdo en que había que eliminar a un número grande de personas para ganar la guerra contra la subversión; era el precio para ganar la guerra”, me confesó el propio dictador en 2011, otra vez en la cárcel, esta vez en Campo de Mayo, luego de que los indultos fueran anulados durante el kirchnerismo.
“Pongamos que eran 7.000 u 8.000 las personas que debían morir; no podíamos fusilarlas. Tampoco podíamos llevarlas ante la justicia”, sostuvo Videla en una de las entrevistas para mi libro Disposición Final, que fue el nombre de entrecasa que los militares usaron para indicar el destino sangriento de los detenidos a los que consideraban “irrecuperables”.

“Son dos palabras muy militares y significan sacar de servicio una cosa por inservible. Cuando, por ejemplo, se habla de una ropa que ya no se usa o no sirve porque está gastada pasa a Disposición Final. Ya no tiene vida útil”, explicó con la precisión de quien seguía viviendo en aquellos años de plomo.
Fue Videla quien precisó las cuatro etapas de aquel calvario: detención o secuestro; detención en un centro clandestino y torturas; asesinato, y eliminación del cuerpo en un intento de borrar las pruebas y “para no provocar protestas dentro y fuera del país; cada desaparición puede ser entendida ciertamente como el enmascaramiento, el disimulo, de una muerte”.
“Ojo, no estoy arrepentido de nada; duermo muy tranquilo todas las noches; era el precio que había que pagar”, completó.
* Periodista y escritor, autor de Pax menemista y Disposición Final.
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