
Pamela Smart llevaba 34 años presa y cargaba con una condena de prisión perpetua sin posibilidad de acceder a la libertad condicional cuando, en junio de 2014, reconoció por primera vez ser la autora intelectual del crimen que le costó la vida a su marido, Gregory, cuando los dos tenían poco más de veinte años y todavía no habían cumplido su primer aniversario de matrimonio.
Gregory Smart fue hallado muerto de un balazo en la cabeza en la sala de su casa de New Hampshire la noche del 1 de mayo de 1990, una fecha en la que en todo el mundo se celebra el Día del Trabajador, menos en Estados Unidos. El cuerpo de Gregory sobre un charco de sangre lo encontró la propia Pamela cuando volvió de su trabajo como coordinadora de medios y responsable de nuevas historias para un grupo de colegios secundarios locales. Una labor docente que la mantenía en estrecho contacto con los estudiantes, dentro y fuera de las aulas.
La noche del crimen
Esa noche los vecinos vieron a Pamela salir corriendo y a los gritos de la casa. Pedía auxilio y no podía hablar con coherencia. Alguien entendió que había un muerto y llamó a la policía. Dentro de la vivienda, además del cuerpo del difunto, había desorden y luego se comprobó que faltaban algunos objetos de valor, lo que llevó a los detectives a suponer que se trataba de un robo que había terminado mal. Lo único que no terminaba de cerrar era que no había ninguna ventana rota ni cerradura violada. Podía ser, entonces, que hubiera sido el pobre muchacho quien, desprevenido, les abrió la puerta a los delincuentes.
Nadie pensó en otra posibilidad que la del robo. Pamela y Gregory estaban a punto de celebrar su primer aniversario de casamiento y los familiares y vecinos coincidieron en que siempre se los veía felices. La investigación policial se centró entonces en la búsqueda de los ladrones y apeló al viejo recurso de interrogar a los sospechosos de siempre. Es decir, los que tenían antecedentes de entrar a robar en las casas de esa zona pudiente de New Hampshire. Los detectives no encontraron a nadie a quien cargarle el crimen.

Tres meses después, cuando Pamela seguía de duelo y la policía seguía sin encontrar ninguna pista, el caso dio un giro espectacular. El padre de un alumno de Pamela, un adolescente de 16 años llamado Vance Lattime, se presentó en la comisaría con un arma y dijo que sospechaba que era la que se había utilizado para asesinar a Gregory Smart.
Después de la denuncia de su padre, Vance fue interrogado y no demoró en quebrarse. Dijo que la noche del 1 de mayo había llegado en un auto a la casa de Smart junto a tres amigos: Raymond Fowler, de 17 años, Patrick Randall, de la misma edad, y William “Billy” Flynn, de 16. Raymond y él se habían quedado en el auto, esperando, les contó a los policías, pero Billy y Patrick habían entrado en la casa. También les dijo que, por lo que él sabía, Gregory y Pamela Smart distaban mucho de ser la pareja feliz que todo el mundo creía.
Un cuento de hadas
Pamela Ann Wojas nació en Windham, New Hampshire, el 16 de agosto de 1967 y creció en Miami en el seno de una típica familia de clase media compuesta por su padre, John, su madre, Linda, ama de casa, y sus hermanos Elizabeth, la mayor, y John, el más chico. Cuando Pamela cumplió 13 años, la familia decidió volver a New Hampshire, donde la adolescente hizo la secundaria. No era una alumna que se destacara por sus luces, pero sí como porrista y “popular”, como se suele decir en los colegios yanquis.
Su sueño era ser periodista. No de investigación, sino presentadora de noticias para que todo el mundo la viera en la tele. Por eso, cuando terminó la secundaria Pinkerton se inscribió en la Universidad Estatal de Florida para estudiar Ciencias de la Comunicación. Pasaba casi todo el año lejos de la familia, pero volvía siempre a New Hampshire para celebrar las fiestas con sus padres y hermanos en Canobie Lake. Allí, en una fiesta de fin de año, conoció a Gregory Smart. Corría diciembre de 1986 y fue lo que se dice un flechazo. Pocos meses después se comprometieron y, tras dos años de noviazgo, se casaron el 8 de mayo de 1989. Gregory tenía 24 años, Pamela 22.

Vivieron unos meses en Florida para que Pamela pudiera terminar la carrera y después volvieron a New Hampshire, donde Gregory se puso a trabajar con su padre como agente de seguros. Con el título bajo el brazo, Pamela consiguió empleo como directora de medios y responsable de nuevas historias y videos para un grupo de colegios locales. Para sus vecinos del condominio del 4E de Misty Morning Drive en Derry, New Hampshire, eran una pareja feliz que caminaba tomada de la mano por la calle cuando sacaban a pasear a su perro, Halen, con una palita y una bolsa para recoger sus deposiciones.
Esa era la imagen que todo el mundo tenía de los Smart hasta la noche del 1 de mayo de 1990. A nadie le extrañó que Pamela llorara la muerte de su joven marido con desesperación. Entonces, la confesión del adolescente Vance Lattime echó por tierra el cuento de hadas y abrió la puerta para que la policía descubriera la verdad.
Seducir para matar
Pamela contaría después que la felicidad de la pareja se derrumbó como un castillo de naipes cuando Gregory le confesó que la había engañado con otra mujer durante un viaje de trabajo. Esa historia nunca pudo ser confirmada, porque cuando ella la contó, su marido ya estaba muerto. Quizás por venganza, Pamela sedujo a uno de sus alumnos, apenas un adolescente, porque William “Billy” Flynn tenía solo 16 años.
Se conocieron en el “Proyecto Autoestima”, un programa especial de la escuela donde estudiaba Billy. Pamela no dio muchas vueltas para seducirlo. “Me preguntó si yo pensaba alguna vez en ella cuando no estaba presente, porque me dijo que pensaba en mí todo el tiempo. Me dijo: ‘Si no te animás a hacerme el amor voy a tener que violarte’”, contó después el chico, sentado en el banquillo del tribunal.
No es seguro que el adolescente Billy hubiera visto la película El Graduado, pero se debe haber sentido con el joven Benjamín ante los atractivos de la seductora señora Robinson. Por esas cosas del destino, o quizás como parte de los fríos cálculos de Pamela, se acostaron por primera vez el 14 de febrero de 1990, el Día de los Enamorados, para que el asunto tuviera un atractivo adicional. Fue en la casa de la maestra, aprovechando que Gregory estaba de viaje. “Ese día hicimos el amor en todas las habitaciones”, contaría después el joven.

A partir de esa noche, se acostaron en cuanta oportunidad tuvieron, pero poco a poco Pamela comenzó a contarle sus desgracias a Billy después de hacer el amor. Le dijo que Gregory la maltrataba y que ella no se atrevía a pedirle el divorcio porque era un tipo violento y temía que la matara. Le decía también que quería compartir su vida y sus encantos solamente con él y que Gregory era un obstáculo insalvable, que solo eliminándolo tendrían una vida juntos por delante. Ella no podía matarlo, porque de inmediato la policía la tendría en la mira, pero de él nadie sospecharía, porque su relación era un secreto. Cuando Billy le planteaba sus temores y sus dudas, Pamela le respondía siempre con la misma frase: “No me amás lo suficiente”, a la que le agregaba la amenaza de que nunca más se acostaría con él.
El asesinato de Gregory
Cuando, a instancias de su padre, Vance Lattime confesó a la policía su participación secundaria en el crimen, los detectives interrogaron a los otros tres adolescentes y pudieron reconstruir los hechos. Billy confesó de inmediato la autoría del asesinato. Contó que la noche del 1 de mayo llegó a la casa de Gregory y Pamela en un auto, acompañado por Vance, Raymond y Patrick. Los dos primeros se quedaron en el vehículo, esperando, mientras él y Patrick se metían en la vivienda. “No tuvieron problemas para hacerlo”, dijo. Pamela les había dejado la puerta sin llave.
Según su relato, Gregory llegó poco después de las 8 de la noche y no ofreció resistencia cuando lo amenazaron. Billy llevaba un revólver (el mismo que el padre de Vance le dio a la policía) y Patrick estaba armado con un cuchillo. Lo obligaron a arrodillarse y Patrick le puso el cuchillo en el cuello. Gregory les dijo que se llevaran lo que quisieran y rogó por su vida, pero fue inútil. Mientras Patrick lo mantenía inmovilizado con el arma blanca, él se preparó para matarlo.
“Tomé el revólver... Lo cargué. Estuve allí durante lo que me parecieron cien años. Dije ‘que Dios me perdone’ y apreté el gatillo”, relató. Después salieron de la casa y escaparon en el auto en el que los esperaban sus dos amigos. Antes había revuelto los cajones de los muebles y sacado algunos objetos de valor para que la policía creyera que se trataba de un robo que había terminado mal. “Eso fue idea de Pamela”, dijo Billy. Uno detrás del otro, los amigos de Billy confesaron también: por su participación, la maestra les había prometido 500 dólares a cada uno.

La policía sabía lo que había sucedido después. Pamela llegó a las diez de la noche y encontró a Gregory boca abajo en medio de un charco de sangre. Entonces salió desesperada y pidió auxilio a los gritos. La confesión de Billy explicaba de otro modo esos hechos: lejos de estar shockeada, la maestra había montado el numerito de la esposa desconsolada.
Cuando supo que la policía había detenido a los cuatro adolescentes por el asesinato de Gregory, la docente creyó que la irían a buscar de inmediato como cómplice. Se sorprendió cuando los detectives solo le dieron la noticia de la detención como una novedad de la investigación que le comunicaban porque era la viuda de la víctima. No sabía que para los investigadores la confesión de Billy y sus amigos no era suficiente para acusarla y que necesitaban más pruebas para hacerlo.
La primera de esas pruebas ya la tenían: Pamela había cobrado un seguro de vida de 140.000 dólares por la muerte de Gregory. Hasta que Billy contó todo, ese era un dato secundario, porque mucha gente sacaba seguros de vida y nombraba beneficiario a su pareja. De pronto, ese seguro se convirtió en un móvil económico para matar. La prueba definitiva llegó unas semanas más tarde, gracias a otra adolescente. Cecelia Pierce, una alumna de Pamela con la que también mantenía una amistad, colaboró con la policía y grabó las conversaciones que mantenía con ella. Entre otras cosas, en una de las tantas charlas, la maestra le pidió a la joven que mintiera en una declaración en beneficio de ella. La chica le dio a la policía esa grabación.
Con todas esas pruebas en sus manos, los detectives detuvieron a la profesora Pamela Smart el 1 de agosto de 1990 en el estacionamiento del colegio donde acababa de dar una clase.

El primer juicio televisado
La historia de la viuda joven y desconsolada que era en realidad una asesina a sangre fría ocupó grandes espacios en los diarios y los canales de televisión. El juicio, que se inició el 4 de marzo de 1991, marcó un hito en la historia de la justicia penal de Estados Unidos. Fue el primero que se transmitió en su totalidad por televisión en vivo y en directo y fue seguido por millones de personas. Como suele suceder en esos casos, también se armaron un circo y negocios alrededor: desde peluquerías que ofrecían a las mujeres peinados idénticos al de Pamela hasta pines y autoadhesivos con el rostro de la maestra asesina.
Los cuatro chicos contaron su participación con pelos y señales. Además, Billy relató cómo había sido manipulado por Pamela y declaró que la maestra le había dicho que la única manera en que lograrían estar juntos “era matar a Gregory”. Luego de contarlo, agregó: “Lo hice porque solo quería estar con Pamela, no lo quería matar a él”.
Pamela, en cambio, se declaró inocente. La estrategia de su defensa fue que había sido malinterpretada por Billy. Admitió la relación con él, pero aclaró que nunca había dejado de amar a Gregory y mucho menos le había pedido a Billy que lo matara. Dijo también que muchas veces intentó cortar el vínculo amoroso con su alumno adolescente porque era consciente de que estaba mal.
No le sirvió de nada. Las pruebas de la fiscalía fueron contundentes: se demostró que había dejado la puerta deliberadamente sin llave para que los asesinos pudieran entrar en la casa y que el seguro de vida de 140.000 dólares demostraba la existencia de un móvil económico. Además, la acusación presentó la grabación proporcionada por Cecelia Pierce, donde Pamela le pedía que mintiera, y las fotos de ella semidesnuda que le había enviado a Billy con un texto que decía: “Pamela y William para siempre”.
El 22 de marzo, un jurado de siete hombres y cinco mujeres la declaró culpable de ser cómplice de asesinato en primer grado, por conspirar para llevarlo a cabo y de manipular testigos. La condenaron a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Después de escuchar el veredicto, sin mostrar la más mínima emoción, pidió la palabra e insistió: “Soy inocente, fui malinterpretada”.
Billy Flynn fue condenado a cadena perpetua, pero con la posibilidad de salir en libertad condicional cumplidos 25 años de prisión, Patrick Randall recibió una pena similar, que después fue reducida, mientras que Lattime y Fowler fueron sentenciados a 18 años de cárcel.

Una confesión muy tardía
Después de sostener durante décadas que era inocente de toda participación en el asesinato de su esposo y que había sido malinterpretada por Billy cuando creyó que le pedía que lo matara, en 2014, ante la remota posibilidad de obtener la libertad condicional, Pamela Smart admitió por primera vez toda la responsabilidad en la muerte de Gregory en una declaración grabada en video que fue añadida a su solicitud de reducción de pena. Allí dijo que comenzó a “profundizar en su propia responsabilidad” a través de su experiencia en un grupo de escritura que “nos animó a ir más allá y a espacios en los que no queríamos estar”.
En el video, mirando a la cámara, se la escucha decir con voz temblorosa: “Para mí eso fue muy difícil, porque al entrar en esos lugares, en esos espacios es donde me encontré responsable de algo de lo que desesperadamente no quería ser responsable: el asesinato de mi marido. Tuve que reconocer por primera vez en mi propia mente y en mi propio corazón lo responsable que era, porque creo que había desviado la culpa todo el tiempo, casi como si fuera un mecanismo de afrontamiento”.
Desde que ingresó en 1991 al Centro Correccional de Bedford Hill, en el estado de Nueva York, acumuló dos títulos de maestría, se desempeñó como tutora de otras presas, se ordenó como ministra religiosa y organizó un comité de enlace con otras reclusas. En su solicitud de reducción de pena, repasó todos esos logros, dijo que está arrepentida y aseguró que se ha rehabilitado. Nada de eso le sirvió, porque el Consejo Ejecutivo de Libertad Provisional rechazó el pedido.
Cuando le notificaron el rechazo, declaró en una entrevista: “No sé si alguna vez será suficiente para alguien en este caso. No lo sé. La gente actúa como si acabara de llegar a la cárcel, como si no hubiera perdido mis veinte, treinta y tantos, mis cuarenta, todo en prisión. Ya tengo cincuenta y tantos, ¿y cuándo será un castigo suficiente?”. Nadie le respondió.
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