Esa noche en un barrio tranquilo de Los Ángeles se escuchaba el zumbido de los helicópteros y el eco de sirenas. Era el 3 de marzo de 1991. Cuatro agentes de policía blancos rodearon a un hombre negro caído llamado Rodney King. Los agentes descargaron una violencia que no parecía tener límite.
La brutalidad se desplegó frente a los ojos de un vecino, George Holliday, quien, sin saberlo, se convirtió en testigo clave al registrar la escena con su recién adquirida cámara Sony Handycam. La grabación, que captó 56 golpes aunque hubo más antes de que comenzara a grabar, expuso un método sistemático: los policías gritaban, golpeaban con bastones y utilizaban pistolas Taser contra alguien que estaba tirado en el suelo.

Golpiza y estallido social
Rodney King no mostraba capacidad para defenderse ni fuerzas para levantarse. Las órdenes y los insultos se entremezclaban con el sonido de las porras impactando contra su cuerpo.
El impacto inicial fue para el propio Holliday. Incapaz de dormir tras presenciar la escena, intentó en vano obtener información de la policía. Al no recibir respuesta, su esposa le sugirió entregar el video al canal local KTLA. La cinta llegó a la redacción y esa misma noche, el noticiero la emitió en horario central. El efecto fue inmediato: la cadena CNN replicó las imágenes y, en pocas horas, la mayoría de la población de Estados Unidos había visto la brutalidad policial.

A partir de ese momento, la identidad de King trascendió su entorno. Hasta ese día, era conocido por amigos y familiares como Glen, su segundo nombre. Pero la difusión del video lo convirtió, bajo su nombre real, en símbolo de la violencia policial y del racismo en Estados Unidos.
Rodney King tenía 25 años y una historia marcada por la adversidad. Había atravesado problemas de adicciones, un divorcio conflictivo y una condena por robo a mano armada. Tres meses antes, había recuperado la libertad tras cumplir una pena de un año. Compartió celda con el músico Ike Turner y se encontraba bajo libertad condicional.

La vida de King previa a la paliza
La noche de la agresión, King había bebido y consumido marihuana mientras veía un partido de la NBA en casa de unos amigos. Decidió conducir de regreso a su hogar en compañía de Bryant Allen y Freddie Helms. En la autopista se excedió: el velocímetro del Hyundai blanco superó los 170 kilómetros por hora y, al percatarse de la presencia policial, King aceleró aún más, y pasó los 190 kilómetros por hora en la huida.
La persecución policial incluyó varios patrulleros y un helicóptero sobrevolando la zona. King, temeroso de volver a prisión por violar la libertad condicional, se vio envuelto en una huida desesperada que concluyó cuando un patrullero bloqueó su paso frente a un complejo de viviendas.

Sus acompañantes descendieron del vehículo con las manos en alto y fueron reducidos por la policía. King, en cambio, demoró su salida. Al bajar, levantó los brazos, no en señal de rendición, sino para saludar en tono desafiante al helicóptero. Esa actitud desencadenó la intervención de los agentes, que lo tiraron al suelo y comenzaron a golpearlo.
El video de Holliday muestra el ataque ya iniciado. Los golpes fueron precisos, ejecutados con la técnica propia de quienes han recibido entrenamiento específico. Las descargas eléctricas, aplicadas con pistolas Taser, hacían que el cuerpo de King convulsionara en el suelo.

El rol de George Holliday fue fundamental en la exposición del caso. Canadiense de nacimiento y residente en Argentina durante su infancia y adolescencia, se había mudado recientemente a Los Ángeles. La casualidad de encontrarse en el lugar y momento precisos, sumada a la decisión de grabar la escena, lo colocó en el centro de un episodio que cambiaría la percepción pública sobre la violencia policial en Estados Unidos. La grabación casera, de poco menos de minuto y medio de duración, evidenció una realidad que, hasta ese momento, solía quedar oculta o minimizada. La secuencia de golpes, gritos y descargas eléctricas condensó en imágenes la tensión racial y la desigualdad que subyacían en la sociedad estadounidense.

Tras la detención, los policías trasladaron a King al hospital. Los médicos encontraron dificultades para identificar las heridas debido a la cantidad de sangre que cubría su rostro y cabeza. El diagnóstico incluyó múltiples fracturas de cráneo, daño en el hueso orbital derecho, costillas rotas, un tobillo roto, hemorragias internas y numerosos traumatismos. Una enfermera relató que los policías se burlaban de King en la guardia del hospital. Fue necesaria una placa metálica para reconstruir la cavidad ocular.

La difusión mundial del video provocó una ola de indignación. El debate sobre el racismo y la violencia policial volvió a tomar centralidad en Estados Unidos.
Los policías, al banquillo
Las autoridades decidieron no levantar cargos contra King. En cambio, los cuatro policías implicados enfrentaron un proceso judicial, marcado por decisiones controvertidas. La sede del juicio fue trasladada a una localidad alejada de Los Ángeles y el jurado quedó compuesto, mayoritariamente, por personas blancas: diez blancos, un latino y una persona de ascendencia asiática.

La evidencia del video no dejaba lugar a interpretaciones: en menos de 80 segundos, las imágenes mostraban una paliza en la que la víctima no ofrecía resistencia. Sin embargo, el 29 de abril de 1992, el jurado pronunció su veredicto: “Inocente. Inocente. Inocente. Inocente”. Los cuatro policías fueron declarados inocentes.
Sentencia y protestas
La respuesta social ante el fallo fue inmediata y desbordó cualquier previsión. Miles de ciudadanos, especialmente de la comunidad negra, salieron a las calles de Los Ángeles. Durante varios días, la ciudad vivió una de las revueltas más graves de la historia reciente. Los disturbios incluyeron saqueos, incendios, enfrentamientos y episodios de violencia que dejaron imágenes imborrables: negocios destruidos, vehículos y casas incendiados y personas heridas o fallecidas.

La policía local y estatal fue incapaz de controlar la situación, lo que llevó a la intervención de unidades del ejército y batallones de marines para intentar recuperar el orden. El epicentro de la tensión permaneció en Los Ángeles, aunque otros focos de disturbios se registraron en diferentes ciudades de Estados Unidos. El despliegue de fuerzas federales y la imposición de toques de queda buscaron contener el desborde, pero el conflicto demostró la existencia de una fractura profunda.
El saldo de los disturbios fue grave: 63 muertos, casi 2.400 heridos, más de 7.000 incendios y 3.100 negocios saqueados. Las pérdidas materiales se estimaron en más de 1.000 millones de dólares. Las calles de la ciudad, cubiertas de escombros y vidrios rotos, reflejaban la magnitud del estallido social.

Los que tenían poder intentaron negociar con líderes comunitarios y encontrar una salida pacífica al enfrentamiento. Ante la dimensión de la crisis tanto las autoridades como varias figuras públicas pidieron calma. Finalmente, persuadieron a Rodney King para que dirigiera un mensaje a la población. Le redactaron un discurso y le sugirieron que luciera un suéter similar al que usaba Bill Cosby -hoy cancelado por abusador- en su serie televisiva. Sin embargo, King decidió hablar según su sentir y pronunció una frase que quedó grabada: “¿Por qué no nos podemos llevar bien? ¿Por qué? ¿Podemos parar de volver todo más horrible para la gente mayor y para los chicos? Esto no está bien, no está bien. Esto no va a arreglar nada. Ellos ganaron una batalla, pero nosotros ganaremos la guerra”.

Luego de las protestas -riots en inglés- la ciudad de Los Ángeles volvió a enjuiciar a los policías por infringir una ley de derechos civiles. Dos de ellos fueron encontrados culpables y condenados a 30 meses de prisión. Los otros fueron, una vez más, exculpados por los primeros segundos del video en el que aparecen imágenes borrosas. Es que Holliday tardó un instante en hacer foco. En un momento se ve a King intentando levantarse, lo que fue tomado como un intento de agresión y los siguientes 56 golpes fueron considerados como legítima defensa y ejercicio legítimo del poder policial para tratar a un detenido.
El alcalde de Los Ángeles le ofreció a Rodney King pagarle 200.000 dólares de indemnización y otorgarle una beca en una universidad pública. King no aceptó. Hizo un juicio por daños en el que obtuvo un resarcimiento cercano a los cuatro millones de dólares. Siguió teniendo problemas con la ley. Al menos otras cuatro veces fue detenido hasta el momento de su muerte, ocurrido el 17 de junio de 2012.

Tiempo después de la agresión Holliday, a quien los medios bautizaron como “El plomero argentino”, se cruzó, por casualidad, en una estación de servicio con Rodney King. “Usted me salvó la vida. Muchas gracias”, dijo quien había sido maltratado violentamente por los policías hace exactamente 35 años.
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