“En la cárcel no se vive, sino que se sobrevive”: la historia de reinserción de Ezequiel Baraja

Tras pasar casi diez años detenido, el preparador físico relató cómo el encierro impactó no solo en su vida sino también en la de su familia y describió la violencia y la soledad que dominan tras las rejas

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“Uno no está preso solo, sino que condena a toda su familia a estar presa”. Así definió los diez años que pasó en la cárcel Ezequiel Baraja, ex interno, actual preparador físico. En una entrevista en Infobae en Vivo, el integrante de Espartanos expuso la realidad de la reinserción social en Argentina. Relató cómo el encierro afecta tanto al detenido como a su entorno más cercano, mientras la violencia y la soledad dominan la vida tras las rejas. El deporte y el programa de rugby social Espartanos marcaron su oportunidad de cambio real.

Baraja creció en Villa Maipú, partido de San Martín, en Buenos Aires, junto a su madre, enfermera, y sus dos hermanos. “Siempre tuve las necesidades básicas cubiertas. No fui víctima de nada, yo elegí mi camino”, afirmó en diálogo con Infobae A las Nueve, programa conducido por Gonzalo Sánchez, Tatiana Schapiro, Cecilia Boufflet y Ramón Indart. La adolescencia fue el punto de quiebre y el comienzo de su relación con el delito.

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La separación de sus padres y la influencia de las drogas desencadenaron su primera detención a los dieciséis años. “La etapa más conflictiva fue entre los 14 y 16 años. No me podían contener. Mis viejos se separaron y me metí en el mundo de la droga. La droga al delito va de la mano”, reconoció Baraja.

La estadía en los institutos de menores fue el comienzo de una secuencia de fugas y reincidencias. “Me llevan detenido a un instituto de menores. La persona que estaba a cargo me preguntó si me iba a quedar o me iba a ir. Pasé la noche, le dije: ‘Como algo y mañana me voy’. No me dijo nada. Yo me fui por la puerta del instituto”, narró. Esa dinámica se repetiría unas diez veces: “Me agarraban, la policía ya sabía dónde vivía. Me llevaban de vuelta al instituto y me volvía. Ese es el sistema que hoy sigue funcionando”, insistió ante Infobae.

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La realidad de crecer entre encierros y carcel

Baraja describió el impacto que ese recorrido tuvo en su juventud. “La escuela delictiva es real. Uno entra a los 14 o 15 años y, entre que salía y volvía, a los 18 años ya me condenan.” El quiebre familiar fue profundo. El regreso ocasional a casa dejó una imagen determinante: “Mi mamá me atendió, levantó el teléfono y me entregó a la policía. Me dio dos sopapos y me metió en la cárcel. Hizo lo que correspondía. Yo no lo entendí en ese momento, pero eso fue algo que en el tiempo me hizo entender la realidad de lo que era”.

Durante casi diez años, entre temporadas en la calle y en instituciones, Baraja admitió que “quemó las mejores etapas” de su vida. “De los 16 prácticamente a los 26 años, estuve yendo y volviendo entre menores, conflicto, la familia, padecer las visitas”.

La violencia y la soledad dominan la realidad diaria dentro de las cárceles según el testimonio de Ezequiel Baraja (Captura de video)
La violencia y la soledad dominan la realidad diaria dentro de las cárceles según el testimonio de Ezequiel Baraja (Captura de video)

El peso del encierro en la familia

Baraja fue claro sobre el daño colateral del encierro. “Uno no está preso solo, sino que condena a toda su familia a estar preso con uno. Porque tu mamá no deja de ser tu mamá, tu papá y tus hermanos”. La presencia de sus familiares en cada visita se volvía una experiencia difícil y dolorosa.

Desde su testimonio a Infobae, Baraja enfatizó el sufrimiento que el sistema penitenciario provoca más allá de los muros. “La vida tras las rejas le enseñó que en la cárcel no se vive, sino que se sobrevive y predomina la ley del más fuerte”.

Violencia y supervivencia tras las rejas

Baraja explicó que el entorno carcelario está dominado por la desconfianza, la violencia y la necesidad constante de marcar límites. “El preso está siempre en conflicto con el servicio penitenciario, el servicio penitenciario en conflicto con el preso. Pero aprendí que respeto genera respeto. Empecé a entender la cárcel de otra manera”, manifestó.

La soledad y los conflictos cotidianos afectaban su ánimo y su percepción del futuro. La vida se transformaba en una lucha constante donde la supervivencia quedaba por encima de cualquier aspiración.

Espartanos: el deporte como vía de reinserción

El deporte fue un punto de inflexión. Baraja recordó su primer contacto con el programa de rugby social: “Un día, corriendo por correr en la cancha del penal, vi un grupo de personas en ronda, rodeados por muros y policías. Me llamaba la atención la felicidad de los pibes. Me acerqué porque me gustaba el deporte. No entendía nada de rugby, pero me invitaron. Me dijeron: ‘Todos los martes entrenamos, venite el martes siguiente’. Así conocí a Coco Derigo, el fundador de Espartanos”.

Ezequiel Baraja - Espartanos
El encierro y la reincidencia marcaron la juventud de Baraja, desde institutos de menores hasta la condena penal

Esa práctica deportiva le permitió experimentar una descarga emocional inusual y recuperar la confianza en los demás. “Uno como actúa en la cancha, actúa en la vida. Yo me guardaba la pelota, no confiaba en nadie. Me pusieron a prueba. Sentí una descarga emocional, como una primera sensación de libertad después de mucho tiempo de estar detenido”.

El vínculo con Espartanos, junto a referentes como Jorge Mendizábal, resultó determinante. “Me dijo: ‘Cuando salgas, tenés laburo’. Era lo que me faltaba: saber que tenía una oportunidad. Cuando salí, él me acompañó, creyó en mí más que yo en mí mismo”.

De la carcel a la reinserción social con el deporte

La reconstrucción fuera del penal tuvo como pilares el trabajo, el apoyo de su entorno y la consolidación de una nueva identidad asociada al deporte. Hoy, Ezequiel Baraja es preparador físico y continúa dando testimonio sobre el poder de los programas deportivos. “La importancia del deporte en momentos precisos es inmensa. Saca pibes de la delincuencia, saca pibes de la calle. El rol de los clubes de barrio, de las organizaciones, es fundamental”, aseguró a Infobae.

Para Baraja, salir de la cárcel sin un proyecto ni acompañamiento refuerza los comportamientos que conducen a la condena. La combinación del encierro y la falta de oportunidades fue, en su caso, el mayor riesgo.

Quienes quedan en una celda, sin opción de redención, permanecen en un entorno que potencia la violencia y la reincidencia.

La ausencia de proyectos y acompañamiento tras la liberación fortalece los patrones que llevan a la reiteración del delito (captura de video)
La ausencia de proyectos y acompañamiento tras la liberación fortalece los patrones que llevan a la reiteración del delito (captura de video)

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