
El hielo blanco parecía infinito cuando el barco petrolero Thorshavn se acercó a la costa antártica. Entre la tripulación había una mujer que no buscaba fama ni epopeyas. Decía que solo estaba ahí acompañando a su esposo explorador. Nadie imaginaba que aquella presencia silenciosa quedaría para siempre en la historia.
El 20 de febrero de 1935 Caroline Mikkelsen descendió a tierra firme en el extremo norte del continente más inhóspito del planeta. Fue la primera vez que una mujer pisaba un horizonte helado. Ese instante, cambiaría la presencia femenina en la exploración polar y abriría la puerta a las siguientes exploradoras.
Pese a la magnitud de su logro, su nombre quedó diluido y opacado por un mundo que aún relegaba los méritos de las mujeres. Pero el hielo conserva huellas que la historia a veces tarda en reconocer, y Caroline dejó una que nunca se borró.

Una mujer fuera de los márgenes
Caroline Mathilde Thomsen nació el 20 de noviembre de 1906 en Dinamarca, y fue la decimotercera de 16 hermanos. Creció en un entorno donde las oportunidades para las mujeres eran limitadas, su espacio social era estrecho y cuidadosamente delimitado por normas patriarcales. Desde joven mostró un carácter curioso, atento y silencioso, cualidades que más adelante serían determinantes para su papel en los confines del mundo polar.
Esa vida cambió al casarse con Klarius Mikkelsen, un experimentado navegante polar que trabajaba en expediciones de abastecimiento y misiones científicas vinculadas a la industria ballenera noruega. Acompañar a un esposo navegante en travesías largas no era común, pero Caroline asumió esa vida con naturalidad, aprendiendo a convivir con la dureza del mar y el aislamiento de los océanos australes. El mar se convirtió para ella en un segundo hogar y, con él, la posibilidad de descubrir territorios que pocas mujeres de su época podían imaginar.
A diferencia de las exploradoras tradicionales, Caroline no buscaba protagonismo ni reconocimiento personal. Su curiosidad se combinaba con paciencia, disciplina y silencio. Cada viaje era para ella una oportunidad para observar y aprender. Su carácter y discreción le permitieron habitar espacios que la sociedad de su tiempo consideraba “prohibidos” para las mujeres, actitud que resultó fundamental para entender el impacto que tendría en la historia de la exploración polar.
Aunque las expediciones polares eran casi siempre un mundo de hombres, no era raro que algunos capitanes llevaran a sus esposas a bordo. Estas mujeres compartían la vida en el barco sin asumir responsabilidades formales y, a menudo, pasaban desapercibidas. Sin embargo, su presencia en territorios inexplorados les ofrecía oportunidades únicas que rara vez eran reconocidas. Caroline se convirtió así en un ejemplo temprano de estas gestas femeninas silenciadas, preparándose para un acto que transformaría no solo su vida, sino también la historia de la exploración polar.

El viaje que cambiaría su destino
En 1935, Caroline abordó el petrolero Thorshavn, un barco petrolero y de suministro de 11.000 toneladas, para una expedición financiada por Lars Christensen, empresario noruego y máximo propietario de compañías en la Antártida, conocido por impulsar numerosas exploraciones en la región, y comandada por su esposo Klarius. La travesía partió de Ciudad del Cabo con suministros y aceite de tren, rumbo a las aguas australes y a las costas de la Antártida Oriental. La expedición enfrentó un clima extremo: vientos intensos, témpanos errantes y temperaturas gélidas que inmovilizaban tanto los cuerpos como los sentidos.
Los hombres de la tripulación tenían un objetivo: registrar territorios, mapear costas y dejar señales de soberanía. Caroline, en cambio, tenía el propósito de acompañar, observar y absorber una experiencia inédita para cualquier mujer de la época. El frío, el aislamiento y la vastedad del océano imponían una contemplación profunda y silenciosa para ella. Cada día en el Thorshavn era aprendizaje y resistencia.
El 19 de febrero de 1935, luego de escuchar los ruidos que indicaban que estaban llegando a toparse con tierra firme, la tripulación avistó la costa de las montañas Vestfold y se aproximó entre témpanos hasta quedar a unos nueve kilómetros del litoral. El clima facilitó el desembarco y Klarius organizó un bote con su esposa y siete tripulantes. Sin saberlo, Caroline estaba a punto de dar un paso histórico.
Para celebrar el avistamiento, la tripulación compartió sándwiches y café sobre el hielo. Klarius dio un breve discurso en honor a Noruega y a la tradición exploradora de su país, aunque no hay registros que confirmen si proclamó formalmente la posesión de la tierra...

El momento exacto en que hizo historia
El 20 de febrero de 1935, Caroline descendió primero por la escalerilla del barco y tocó el suelo helado con cautela y asombro. La tripulación levantó un pequeño montículo de piedras (hoy conocido como Mikkelsen Cairn) e izó la bandera noruega, mientras un miembro del grupo capturaba la escena en una fotografía. Aquel día despejado y con poco viento quedaría inmortalizado: Caroline, junto a su esposo y algunos tripulantes, como el dentista L. Sørsdal, protagonizó un acto que combinaba la rutina de una expedición con la carga simbólica de la exploración polar.
En esa atmósfera de trabajo y simbolismo, se convirtió en la primera mujer documentada en pisar suelo antártico. Su presencia silenciosa, distaba de su valor y determinación, que hablaban con fuerza.
Klarius y Caroline bautizaron la zona como Tierra de Ingrid Christensen, en honor a la esposa del patrón de la expedición, y una montaña cercana recibió el nombre de Monte Caroline Mikkelsen, de 235 metros de altura. En la bitácora, Klarius describió un terreno rocoso, con picos de hasta 100 metros, un arroyo y grandes concentraciones de excrementos de pingüino. También enterró una caja con equipo de emergencia bajo una pila de piedras y registró las coordenadas precisas: 68°29’S, 78°36’E.

Esa acción tuvo implicancias diplomáticas. En Noruega, la fotografía del desembarco se celebró como prueba de la reivindicación territorial del país en la región, provocando negociaciones con otras potencias como Inglaterra. Décadas después surgieron debates sobre si el desembarco había ocurrido en el continente o en una isla cercana. Investigaciones posteriores, como las de Frederick Ian Norman, un destacado científico australiano especializado en ecología y ornitología, y sus colegas en 1998, concluyeron que Caroline había pisado una isla del grupo Tryne, aunque la cuestión nunca quedó completamente zanjada. Más allá de la discusión geográfica, su presencia abrió un camino para futuras exploradoras, consolidándola como un hito de la historia polar femenina.
Durante muchos años, la figura de Caroline Mikkelsen quedó relegada al silencio. Su hazaña fue cuestionada por historiadores y minimizada frente a las gestas masculinas, y su nombre no aparecía en los grandes relatos de la exploración antártica. Mientras tanto, otras mujeres, como la exploradora Ingrid Christensen, fueron reconocidas por haber pisado tierra continental, aunque Caroline había sido pionera en abrir la puerta.

Recién en la década de 1990, con motivo del 60° aniversario de la expedición, la periodista Diana Patterson reavivó el interés por Caroline. La octogenaria Mikkelsen concedió una entrevista en la que recordó la hospitalidad de la tripulación, los pingüinos y la experiencia de la Antártida, sin profundizar en su vida posterior. Caroline Mandel —su apellido tras casarse con Johan Mandel, en 1944— se había alejado de la vida pública y falleció el 15 de septiembre de 1998 en Tønsberg, Noruega.
Hoy, su nombre reaparece en estudios, documentales y homenajes a pioneras de la ciencia y la exploración polar. Caroline Mikkelsen abrió simbólicamente un portón: después de ella llegarían científicas, biólogas, meteorólogas, geólogas y expedicionarias. Su primer paso sobre el hielo antártico demostró que la historia puede cambiarse con un acto silencioso, un pie colocado en el lugar correcto en el momento adecuado.
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