
Jorge Luis Borges se ufanaba del coraje de sus ancestros: el general Manuel Isidro Suárez –«oh, joven capitán que fuiste el dueño de esta batalla que torció el destino, Junín resplandeciente como un sueño»– y, por el lado paterno, el coronel Francisco Isidoro Borges Lafinur, aquel del “coraje inútil” que, luciendo un poncho blanco, fue a buscar la muerte en la batalla de La Verde.
Por ambas ramas, Jorge Luis tenía parientes uruguayos –por los Borges y los Haedo– y en ese país pasó vacaciones. Solía bromear que había sido concebido en una estancia sobre el Río Negro, cerca de Mercedes.
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Todos sabemos que Borges volaba con la imaginación; pero no todos los argentinos conocen la historia de los otros Borges que volaban en hidroavión y soñaban —como esos sueños de héroes que tenía el poeta— en dar la vuelta al mundo llevando la bandera uruguaya a lugares insospechados.
No existía un vínculo directo ni hay noticias de que se conocieran, pero el apellido y el parecido físico entre Tydeo y Jorge Luis hacen sospechar una genealogía en común.
Tydeo Larre Borges había nacido en 1896, tres años antes que Jorge Luis. Extraño nombre, Tydeo, con algo de premonitorio: para los celtas significa “tierra rocosa” o “cruzar”, y Tydeo fue una roca de perseverancia y cruzó el océano Atlántico en su hidroavión. El otro Larre Borges era su hermano menor, Glauco, casi de la misma edad que Jorge Luis.
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La hazaña del Plus Ultra, comandado por Ramón Franco, había despertado en los Larre Borges la intención de emularlo. El 12 de febrero de 1926, apenas tres días después de la llegada del hidroavión español, Tydeo expuso su idea de hacer un raid alrededor del mundo y, a tal fin, se constituyó un Comité Nacional que impulsaba la empresa.
Larre Borges presentó su proyecto, que fue difundido en diversos medios públicos, despertando entre los uruguayos un entusiasmo inmediato por la aventura. Elegido jefe del proyecto por el mismísimo presidente de la República, decidió integrar la tripulación a su hermano Glauco y designar como mecánico a Gerardo Dotti, luego reemplazado por José Rigoli.
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El 6 de abril de 1926, el mayor Borges partió hacia Europa para adquirir el hidroavión DORNIER, que ya tenía nombre: Uruguay. Era un bimotor de 550 HP cada uno, monoplano de ala parasol.
El 2 de febrero de 1927, Larre Borges solicitó autorización al presidente José Serrato para despegar rumbo a Montevideo y dar comienzo, desde allí, al raid mundial.
Los hermanos Larre Borges, el capitán Luis Ibarra y José Rigoli partieron el 20 de febrero de 1927, a las diez de la mañana, desde la Marina de Pisa y, tras ocho horas de vuelo, arribaron a Alicante, España. Al día siguiente siguieron hasta Málaga, donde los recibió Ramón Franco, el héroe del Plus Ultra.
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Ese mismo día, del otro lado del mundo, M. G. Díaz estrenaba el tango Larre Borges, el águila uruguaya.
Al llegar a Casablanca debieron detenerse para reparar el equipo de radio. El 2 de marzo, a las 8:30, reanudaron el vuelo rumbo a las Canarias. Una interrupción en las comunicaciones puso al mundo en alarma y dio comienzo a una búsqueda desesperada: ¿dónde estaba el Uruguay?
Una fuga de aceite había obligado a la nave a acuatizar. Los tripulantes debieron nadar hasta la costa africana, donde los esperaba una sorpresa que no figuraba en la bitácora del raid ni en la imaginación de los Larre Borges, y tampoco en la de Jorge Luis, que por entonces escribía los versos de su Cuaderno San Martín, poblado de cuchilleros y compadres.
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La noticia de la desaparición de los orientales llegó en plena celebración del carnaval. La conmoción fue tal que, espontáneamente, se suspendieron las comparsas a la espera de novedades.
En aquella playa remota, los tripulantes se toparon con miembros de la tribu Ait Hahsen, que los tomó prisioneros y los condujo a su campamento de Cabo Juby, a unos 50 kilómetros de distancia.

Fue el célebre piloto Jean Mermoz, de la Aeropostal –la empresa donde trabajó Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito–, quien, en su vuelo a Dakar, divisó los restos del Uruguay. Dada la voz de alarma, se dirigieron al lugar los pilotos Guillaumet y Riguielle, quienes aterrizaron para inspeccionar los restos y, a punta de pistola, interrogaron a los lugareños sobre el destino de los uruguayos.
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Al enterarse de la captura y traslado, comunicaron las novedades al jefe del fuerte español del Cabo Juby, el coronel De la Peña. Al día siguiente llegó un emisario de los Ait Hahsen, quienes exigían un rescate de 25.000 pesetas por cada uno de los uruguayos. Difícil es traducir esa cifra a moneda actual, pero es seguro que estaban tasando caro la vida de los pilotos.
Fueron dos aviadores franceses Marcel Reine y León Antgihe quienes negociaron con los jefes de la caravana la libertad de los uruguayos.
El 10 de marzo, entregado el rescate en metálico, los Larre Borges y sus compañeros abordaron la nave de los franceses. Recién dos días después los periódicos de Montevideo se enteraron del feliz desenlace.
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La tripulación de la fallida empresa regresó en un transatlántico desde las islas Canarias y arribó a Montevideo el 8 de abril.

El 20 de ese mes, Tydeo Larre Borges ofreció una conferencia en el futuro auditorio del Sodre y, una semana más tarde, otra en Buenos Aires.
Todos querían conocer las aventuras del comandante y su tripulación, que aún no perdían la esperanza de concretar el raid a bordo del Uruguay II. Sin embargo, el entusiasmo se fue diluyendo y el proyecto quedó reducido a una serie de buenas intenciones.
Ambos hermanos continuaron su carrera en la aeronáutica uruguaya, donde alcanzaron el grado de brigadier.
Dos años más tarde, Tydeo logró finalmente su objetivo de cruzar el Atlántico junto al piloto francés Leon Chaile, desde Sevilla y aterrizando en Maracajau, Brasil.
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Tydeo murió en Montevideo en 1984. Dos años después, sin haberse visto en toda una vida y acaso habiendo oído apenas uno del otro, fallecía Jorge Luis en Ginebra.
“Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”, decía un Borges. Desde las tinieblas, acaso meditaba sobre esas razones curiosas que empujan a los hombres a buscar el otro lado del horizonte, desafiando el tejido infinito e incalculable de causas y efectos.
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