El astrónomo que desplazó a la Tierra del centro del universo, cambió la historia y generó la primera “herida narcisista”

Nicolás Copérnico revolucionó la astronomía al proponer que la Tierra gira alrededor del Sol. Su teoría heliocéntrica desafió siglos de creencias, incluidas las sostenidas por la Iglesia, transformó para siempre la ciencia y sentó las bases de una nueva comprensión del universo

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Retrato de Nicolás Copérnico, el
Retrato de Nicolás Copérnico, el astrónomo que formuló la teoría heliocéntrica y transformó la visión del cosmos en el Renacimiento

El nacimiento de Nicolás Copérnico, en 1473, pasó inadvertido, pero siglos después se lo recordaría como el inicio de uno de los giros intelectuales más radicales y trascendentales de la humanidad. Nada en la infancia de aquel niño prusiano hacía prever que alteraría para siempre la manera en que la humanidad se piensa a sí misma en el cosmos.

Luego de formarse en Cracovia, Copérnico se trasladó a Italia, donde estudió matemáticas, medicina y derecho canónico antes de dedicarse de lleno a la astronomía. Bajo el cielo nocturno, observaba con paciencia el movimiento de los astros y registraba con cuidadosa precisión sus trayectorias. Pronto notó que las explicaciones de la Antigüedad (que situaban a la Tierra inmóvil en el centro del universo) no podían explicar ciertos fenómenos, como los cambios aparentes en la posición de los planetas.

La brecha entre lo que afirmaban aquellos tratados y lo que revelaban sus propias observaciones sembró en él una duda fundamental. En esa grieta comenzó a gestarse una pregunta que transformaría la historia de la ciencia. Durante décadas desarrolló sus ideas con paciencia y casi a escondidas, hasta convertirlas en un libro destinado a provocar una transformación tan silenciosa como extraordinaria: Sobre las revoluciones de las esferas celestes. Con ella desplazó a la Tierra de su trono cósmico y obligó al mundo a reconsiderar su lugar en el universo. Siglos después, el psicoanalista Sigmund Freud describiría este hallazgo como la primera gran “herida narcisista” de la humanidad.

Ejemplar de la obra de
Ejemplar de la obra de Nicolás Copérnico, donde presentó su teoría heliocéntrica, conservado en archivo histórico (EFE/Rosa Veiga/Archivo)

El joven que desconfiaba de las certezas

Nicolás Copérnico nació el 19 de febrero de 1473 en Thorn (hoy Toruń), en la Prusia Real bajo soberanía del Reino de Polonia. Su padre, Nicolás Copérnico “el Viejo”, comerciante oriundo de Cracovia, se había instalado allí cerca de 1458 y participó activamente en la vida política local, apoyando a la Corona polaca durante la Guerra de los Trece Años. Su madre, Bárbara Watzenrode, pertenecía a una influyente familia patricia de la ciudad. Fue el menor de cuatro hermanos: Andrés, futuro canónigo agustino; Bárbara, monja benedictina y priora en Chełmno; y Catalina, casada con el concejal Bartolo Gertner.

Al cumplir diez años su padre murió y quedó bajo la tutela de su tío materno, Lucas Watzenrode, obispo de Varmia, una figura decisiva en su educación y carrera. Nicolás inició su formación en la escuela de San Juan de Toruń y la continuó en la Escuela de la Catedral de Wloclawek, antes de ingresar en la Universidad de Cracovia (hoy Universidad Jaguelónica). Allí estudió matemáticas, astronomía y humanidades entre 1491 y 1495. También leía sobre geometría, óptica y cosmografía, y leyó a Aristóteles y a otros autores clásicos.

Aunque no fue un niño prodigio, sí fue un estudiante meticuloso y silencioso. En la universidad conoció el sistema de Claudio Ptolomeo, que situaba a la Tierra en el centro del universo. Ese modelo se convirtió en el eje de sus estudios: cuanto más profundizaba en él, más inconsistencias notaba en los cálculos y en la compleja arquitectura de los movimientos planetarios.

Monumento en honor a Nicolás
Monumento en honor a Nicolás Copérnico en Varsovia (Polonia)

En 1495 dejó Cracovia sin llegar a obtener un título formal y se reunió en Varmia con su tío, quien gestionó su nombramiento como canónigo en la catedral de Frauenburg. Al demorar la confirmación del cargo, fue enviado (junto a su hermano Andrés) a Italia para estudiar derecho canónico y fortalecer así la posición eclesiástica de la familia.

Allí amplió notablemente su horizonte intelectual. Desde 1496 estudió en la Universidad de Bolonia, donde profundizó en humanidades y astronomía, y colaboró con el astrónomo Domenico Maria Novara da Ferrara. En 1500 viajó a Roma, donde realizó observaciones astronómicas y dictó conferencias. Entre 1501 y 1503 cursó medicina en la Universidad de Padua y, finalmente, se doctoró en derecho canónico en la Universidad de Ferrara.

En ese ambiente impregnado de humanismo renacentista —que sometía la tradición al examen de la razón— encontró un marco ideal para dar forma a lo que ya venía intuyendo: el universo quizá no obedecía al orden aceptado durante siglos. Aunque estaba seguro, decidió no dar a conocer sus estudios ni sospechas. Para Copérnico, la duda era un ámbito privado, una labor minuciosa que debía cultivarse con paciencia y al margen del ruido público.

Copérnico nunca se casó ni tuvo hijos conocidos. Mantuvo una relación cercana con su ama de llaves, Ana Schilling, que generó críticas entre las autoridades eclesiásticas de Varmia.

Ilustración del sistema copernicano, tal
Ilustración del sistema copernicano, tal como aparece en De revolutionibus orbium coelestium, donde el Sol ocupa el centro y los planetas giran a su alrededor

La gestación de una idea que podía cambiarlo todo

De regreso a Varmia, asumió funciones como secretario, médico y asesor de su tío, el obispo. Participó en tareas administrativas, diplomáticas y políticas e incluso intervino en asuntos económicos, con reflexiones monetarias que anticipaban la teoría cuantitativa del dinero y lo que más tarde se conocería como ley de Gresham.

Pero su verdadera vocación fluía al caer la noche. Alternaba sus obligaciones eclesiásticas con largas horas de observación astronómica. Trazaba órbitas, corregía ángulos, ponía a prueba hipótesis. El modelo geocéntrico heredado de Aristóteles y Claudio Ptolomeo le parecía cada vez más rebuscado.

Hacia 1514 escribió un breve manuscrito, el Commentariolus, en el que esbozó por primera vez su teoría heliocéntrica. El texto circuló de forma manuscrita entre un reducido círculo de astrónomos. La propuesta era audaz: situaba al Sol, y no a la Tierra, en el centro del universo.

Instalado definitivamente en Frauenburg desde 1510 o 1512, residió allí hasta el final de su vida. Durante décadas perfeccionó un sistema en el que la Tierra giraba sobre su eje y alrededor del Sol. Su propuesta eliminaba los complejos artificios matemáticos del geocentrismo y presentaba un orden más coherente y armonioso del cosmos. En esa claridad y simetría encontraba una señal de la verdadera naturaleza del universo.

En el modelo de Copérnico,
En el modelo de Copérnico, la órbita de cada planeta, salvo la Tierra, resulta de la combinación de dos círculos: el deferente y el epiciclo

Pese a eso, dudó antes de publicar sus conclusiones. Sabía que su obra podía desencadenar un profundo terremoto intelectual...

En 1543, De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes), su obra maestra, terminó de imprimirse en Núremberg. La tradición histórica, basada en el testimonio de su amigo Tiedemann Giese, cuenta que Copérnico recibió un ejemplar del libro en su lecho de muerte en Frombork. Se dice que, tras haber sufrido un derrame cerebral meses antes, recuperó la conciencia lo suficiente para ver y sostener la obra antes de fallecer el 24 de mayo de ese mismo año, a los 70 años.

La escena tiene un fuerte valor simbólico: el hombre que había desplazado a la Tierra del centro del universo entregaba su legado justo cuando su propia vida llegaba a su fin. Su obra, en cambio, comenzaba entonces su verdadero recorrido.

La Iglesia recibió el libro con cautela; las controversias más intensas estallarían décadas después. Copérnico no llegó a presenciar esos debates. Su revolución sería, en gran medida, póstuma.

Sus restos descansan en la catedral de Frauenburg, donde una lápida lo recuerda como el iniciador de la teoría heliocéntrica. Con la publicación de su obra se abrió una puerta que ya no podría cerrarse: la de un universo dinámico y descentralizado.

Monumento en honor a Copérnico,
Monumento en honor a Copérnico, símbolo de la revolución científica que desplazó a la Tierra del centro del sistema solar

La revolución silenciosa que cambió para siempre la ciencia

El sistema heliocéntrico no solo transformó la astronomía, sino que también impulsó un cambio profundo en el pensamiento europeo. Johannes Kepler, astrónomo y matemático alemán, perfeccionó la comprensión de las órbitas planetarias al formular las leyes que describen sus trayectorias elípticas. Galileo Galilei, físico y astrónomo italiano, aportó observaciones con el telescopio —como las fases de Venus y los satélites de Júpiter— que hicieron tambalear las estructuras intelectuales más rígidas de su tiempo.

Copérnico ya había fallecido, pero su modelo se convirtió en el eje de una revolución científica capaz de transformar la física, la astronomía y la filosofía. Al desplazar a la Tierra del centro del universo, también cambió la manera en que la humanidad se concebía a sí misma. Siglos después, Sigmund Freud describiría este giro como la primera “herida narcisista” de la humanidad: el descubrimiento de que no ocupamos un lugar central ni privilegiado en el cosmos.

Dejamos de ser el centro inmóvil del cosmos para formar parte de un movimiento vasto, ordenado y ajeno a nuestra voluntad. Ese descentramiento, incómodo para muchos, resultó al mismo tiempo profundamente liberador. La propuesta copernicana también resonó en debates religiosos, culturales y sociales, marcando el inicio de la modernidad. La resistencia de algunos sectores no impidió que la teoría heliocéntrica se consolidara y abriera el camino al surgimiento del método científico, basado en la observación, la experimentación y la revisión constante de las ideas.

Con el paso de los años, el nombre de Copérnico se convirtió en sinónimo de pensamiento crítico, valentía intelectual y paciencia científica. No buscó confrontación ni reconocimiento; buscó coherencia en un universo que parecía contradecir los modelos heredados.

Su legado trasciende lo astronómico y se proyecta hacia lo filosófico, ya que enseñó que incluso las certezas más arraigadas pueden revisarse, y que el conocimiento avanza cuando alguien se atreve a formular una pregunta incómoda. La Tierra sigue girando alrededor del Sol, y, de algún modo, la humanidad continúa orbitando alrededor de su descubrimiento.

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