El bombardeo a Cabra: un episodio silenciado que expone que la Guerra Civil Española no es un relato cerrado sino una herida abierta

Definido como el “Guernica del bando nacional” o el “Guernica andaluz” por su impacto sobre la población civil, esta ciudad de la región de la Córdoba española fue atacada por la aviación republicana el 7 de noviembre de 1938, cuando el conflicto se acercaba a su fin. Las consecuencias devastadoras y la incomodidad de un hecho marginado del relato principal, resultado de una cadena de errores y decisiones tomadas en un contexto de inminente derrota

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Un joven camina entre los
Un joven camina entre los escombros de edificios destruidos en Cabra, España, llevando sus pertenencias tras el trágico bombardeo de la Guerra Civil Española

Hay ciudades que quedan atrapadas en la memoria universal y otras que, aun habiendo padecido el mismo infierno, permanecen al margen del gran relato. Cabra es una de ellas.

El 7 de noviembre de 1938, cuando la Guerra Civil Española ya se acercaba a su desenlace, esta ciudad de la región de la Córdoba española ubicada en la retaguardia fue bombardeada por la aviación republicana en una acción que, por su impacto sobre la población civil, sería luego definida como el “Guernica del bando nacional” o el “Guernica andaluz”. La comparación no es gratuita, aunque sí incómoda. Porque si Guernica se convirtió en símbolo universal del horror aéreo gracias a Picasso, a los corresponsales extranjeros y a la utilización política del hecho, Cabra quedó sumida en una especie de silencio espeso, apenas mencionado en manuales, incómodo para unos, incómodo para otros, y siempre relegado a un pie de página de la historia.

Aquella mañana de otoño, el cielo despejado no anunciaba tragedia. Cabra no era un objetivo militar de relevancia estratégica, no albergaba grandes concentraciones de tropas ni fábricas de armamento. Era, sobre todo, una ciudad civil, con su mercado, sus calles estrechas, sus casas blancas, sus niños en la escuela y sus jornaleros regresando del campo. Precisamente por eso el ataque sigue siendo motivo de debate: ¿por qué se bombardeó Cabra?

La respuesta obliga a sumergirse en la lógica brutal de una guerra que ya había cruzado todas las líneas rojas. Para noviembre de 1938, la República se encontraba en una situación desesperada. Tras la caída del frente del Ebro, el bando sublevado avanzaba con paso firme hacia la victoria. La aviación republicana, muy mermada y con escasos recursos, seguía intentando golpear la retaguardia enemiga para desorganizar, sembrar miedo y demostrar que aún conservaba capacidad ofensiva. Cabra, situada en la provincia de Córdoba, era un nudo de comunicaciones secundario, con presencia de un mercado que abastecía a localidades cercanas y con rumores —nunca confirmados— de concentración de tropas italianas. La inteligencia republicana creyó ver allí un objetivo válido. Lo que ocurrió en realidad fue una tragedia anunciada. Tres bombarderos Tupolev SB-2, conocidos como “Katiuskas”, descargaron su carga sobre el casco urbano. Las bombas cayeron en el mercado, en calles residenciales, en zonas sin valor militar. El saldo fue devastador: más de un centenar de muertos, la mayoría mujeres, ancianos y niños, y cientos de heridos. La cifra exacta varía según las fuentes, como ocurre siempre en las guerras, pero el impacto humano fue innegable.

La comparación con Guernica surge casi de inmediato, aunque por caminos distintos. Guernica fue bombardeada en abril de 1937 por la Legión Cóndor alemana y la aviación italiana en apoyo a los sublevados. Fue un ataque planificado, sistemático, con oleadas sucesivas y un claro objetivo de terror. Cabra, en cambio, fue un bombardeo puntual, mal dirigido, fruto de información defectuosa y de una estrategia desesperada. Sin embargo, para quienes estaban en el suelo, la diferencia carecía de sentido. El resultado era el mismo: cuerpos bajo los escombros, gritos, humo, un mercado convertido en un matadero. En ese sentido, Cabra fue Guernica. Lo fue porque el bombardeo aéreo contra población civil se había convertido ya en una práctica normalizada por ambos bandos. La Guerra Civil Española fue un laboratorio del horror moderno, y Cabra es una de sus pruebas más incómodas.

Cabra no era un objetivo
Cabra no era un objetivo militar de relevancia estratégica, no albergaba grandes concentraciones de tropas ni fábricas de armamento. Era, sobre todo, una ciudad civil, con su mercado, sus calles estrechas, sus casas blancas, sus niños en la escuela y sus jornaleros regresando del campo. Precisamente por eso el ataque sigue siendo motivo de debate

Pero hay una diferencia fundamental entre Guernica y Cabra: el relato. Guernica tuvo corresponsales extranjeros, tuvo fotografías, tuvo un cuadro que recorrió el mundo. Cabra no. Cabra quedó en manos del bando vencedor, y eso la condenó a un recuerdo distinto. Para el franquismo, el bombardeo era útil como denuncia del “terror rojo”, pero al mismo tiempo resultaba incómodo profundizar en el sufrimiento civil cuando el propio régimen había hecho del bombardeo un instrumento habitual durante la guerra. Para la historiografía posterior, especialmente la más vinculada a la memoria republicana, Cabra planteaba un problema moral: reconocerla implicaba aceptar que la República también bombardeó indiscriminadamente a civiles. Y así, entre unos y otros, la ciudad quedó atrapada en una zona gris, sin Picasso, sin mito, sin épica.

La comparación con Belchite añade otra capa de complejidad. Belchite, en Aragón, fue escenario de una de las batallas más cruentas de la guerra en 1937. A diferencia de Cabra, no fue un bombardeo aislado sino un combate prolongado, casa por casa, que dejó el pueblo completamente destruido. Tras la guerra, el régimen franquista tomó una decisión singular: no reconstruir el viejo Belchite. En su lugar, edificó un pueblo nuevo a pocos metros y dejó las ruinas como estaban, como un “recuerdo permanente del horror” causado por el enemigo. Belchite se convirtió así en un monumento a la destrucción, en una escenografía del sufrimiento congelada en el tiempo. Cabra no tuvo ese destino. Fue reconstruida, sus calles volvieron a la normalidad, el mercado se levantó otra vez, la vida siguió. Y quizás por eso su herida se volvió menos visible.

La decisión de no reconstruir Belchite responde a una lógica política clara. El régimen necesitaba símbolos. Necesitaba mostrar, de manera tangible, lo que llamaba la barbarie republicana. Las ruinas hablaban por sí solas, eran un museo al aire libre del horror, una advertencia y una justificación. Belchite era útil. Cabra, en cambio, no lo era tanto. Porque Belchite había sido destruido por el enemigo en una batalla reconocible, mientras que Cabra planteaba una pregunta incómoda: ¿qué diferencia había entre ese bombardeo y otros similares realizados por el bando vencedor? Reconstruir Cabra era, en cierto modo, borrar la pregunta. Dejarla en ruinas habría obligado a sostener un relato que podía volverse contra quien lo enunciaba.

Sobre los porqués del bombardeo, es necesario escapar de las explicaciones simplistas. No fue un acto de sadismo gratuito ni un plan sistemático de exterminio. Fue, más bien, el resultado de una cadena de errores, urgencias y decisiones tomadas en un contexto de derrota inminente. La aviación republicana actuó con información deficiente, creyendo atacar un objetivo militar. Pero la responsabilidad no se diluye en la niebla de la guerra. Bombardear una ciudad de retaguardia sin confirmación clara del blanco era, ya entonces, un acto condenable. Y lo sabían. Lo sabían porque Guernica ya había ocurrido, porque Durango ya había sido arrasada, porque el mundo ya había visto lo que significaban las bombas cayendo sobre civiles.

Cabra pone en crisis los relatos cómodos. Obliga a reconocer que la Guerra Civil Española no fue una lucha entre ángeles y demonios, sino una tragedia colectiva en la que el horror se repartió de manera desigual pero transversal. Por eso su recuerdo ha sido siempre problemático. No encaja bien en las narrativas heroicas ni en las denuncias unidireccionales. Es un espejo incómodo. Y los espejos incómodos suelen romperse o guardarse en el fondo de un armario.

Recordar Cabra obliga a asumir
Recordar Cabra obliga a asumir que no hubo inocentes absolutos ni culpables exclusivos. Obliga a aceptar que el sufrimiento civil fue una constante y no una excepción (Guerra Civil Española / Robert Capa)

Hoy, a casi noventa años del bombardeo, Cabra sigue siendo una ciudad viva, con su rutina, su memoria fragmentada y sus silencios. No hay ruinas espectaculares que atraigan turistas como en Belchite. No hay un cuadro universal como el Guernica de Picasso. Hay, en cambio, placas discretas, actos conmemorativos locales, investigaciones históricas que intentan reconstruir lo ocurrido con rigor y sin consignas. Quizás ahí radique su verdadera importancia. Cabra no es un símbolo global, pero es un recordatorio preciso de hasta dónde puede llegar una guerra cuando se normaliza la violencia contra civiles.

Compararla con Guernica no busca establecer una competencia de horrores, sino señalar una simetría moral. Ambas ciudades fueron víctimas del mismo fenómeno: el bombardeo aéreo como herramienta de guerra total. Compararla con Belchite permite entender cómo la memoria se construye, se administra y se utiliza. Belchite quedó en ruinas para recordar. Cabra fue reconstruida para seguir viviendo. Ninguna de las dos opciones garantiza justicia histórica. Pero ambas revelan que la memoria no es solo lo que ocurrió, sino lo que se decide contar y cómo se decide hacerlo.

En última instancia, el bombardeo de Cabra interpela al presente. Porque demuestra que el olvido no siempre es producto de la falta de importancia, sino de la incomodidad. Recordar Cabra obliga a asumir que no hubo inocentes absolutos ni culpables exclusivos. Obliga a aceptar que el sufrimiento civil fue una constante y no una excepción. Y obliga, sobre todo, a mirar la Guerra Civil Española no como un relato cerrado y domesticado, sino como una herida abierta, llena de zonas grises, donde ciudades como Cabra siguen esperando su lugar en la memoria colectiva.

El silencio posterior no borró, sin embargo, las voces de quienes estuvieron allí y dejaron constancia de lo ocurrido. Aunque durante décadas esos testimonios circularon de manera fragmentaria —en memorias familiares, en artículos locales, en archivos municipales—, con el tiempo comenzaron a ser recogidos por historiadores que entendieron que Cabra no era una nota marginal sino una pieza esencial para comprender la lógica del terror aéreo en la guerra. El historiador cordobés Antonio Barragán Moriana, uno de los primeros en estudiar sistemáticamente el bombardeo, escribió que “Cabra fue atacada cuando no había alarma previa, sin refugios adecuados y en plena actividad cotidiana, lo que explica la elevada mortalidad civil”. Barragán subraya un dato clave: muchas de las víctimas murieron en el mercado, un espacio que concentraba vida, no defensa, y que simboliza mejor que ningún otro lugar la naturaleza del ataque.

Los testimonios de los supervivientes coinciden en la sorpresa absoluta. María Luisa Arjona, que entonces tenía doce años y cuya declaración fue recogida décadas más tarde en un archivo oral local, recordó: “Oímos un ruido que nunca habíamos escuchado antes. No sabíamos qué era. Luego vino el golpe, uno detrás de otro, y el suelo se levantó. Mi madre me tiró al suelo y me tapó con su cuerpo”. Su relato, como tantos otros, insiste en la falta de tiempo para reaccionar. No hubo sirenas, no hubo advertencias. El bombardeo cayó sobre una población que no se sabía objetivo. Esa indefensión es uno de los elementos que refuerzan la comparación con Guernica, más allá de las diferencias tácticas y políticas.

El saldo del bombardeo de
El saldo del bombardeo de Cabra fue devastador: más de un centenar de muertos, la mayoría mujeres, ancianos y niños, y cientos de heridos (International Center of Photography/ Gerda Taro, fotos de la Guerra Civil Española)

El historiador británico Paul Preston, al referirse al bombardeo de Cabra en el contexto más amplio de la guerra, señaló que “la República, acorralada y con recursos menguantes, recurrió en ocasiones a acciones que contradecían sus propios principios declarados, y Cabra es el ejemplo más claro y doloroso de ello”. Preston no equipara responsabilidades globales, pero insiste en que el sufrimiento civil no puede jerarquizarse según el bando que lo provoca. En esa línea, el también historiador Ángel Viñas ha afirmado que “el bombardeo de Cabra fue un error militar y un desastre moral”, una frase que resume el dilema que aún hoy incomoda a muchos relatos.

Agregar las voces de Cabra a la narración de la Guerra Civil Española no busca reescribir la historia ni relativizar responsabilidades, sino completarla. Como señaló el historiador Santos Juliá: “Una democracia madura no selecciona sus recuerdos por conveniencia, sino por verdad”. Cabra exige ese ejercicio. Escuchar a quienes estuvieron allí, leer a quienes investigaron sin consignas, aceptar la incomodidad de los hechos. Solo así el llamado “Guernica andaluz” deja de ser una etiqueta y se convierte en lo que siempre fue: una tragedia humana concreta, con nombres, con cuerpos, con memoria.

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