
La noticia cayó con más fuerza que los cinco centímetros de nieve que cubrían calles y veredas. El 6 de febrero de 1993, Nueva York amaneció con ocho grados bajo cero y, poco después de las tres de la tarde, los canales de televisión y las radios del país difundieron una información que golpeó de lleno al mundo del deporte y al corazón de la ciudad: Arthur Ashe, el primer campeón afroamericano del US Open y de Wimbledon, había muerto. No se trataba solo de despedir a un tenista excepcional, sino a un símbolo que había enfrentado la segregación racial con la misma calma con la que devolvía los saques rivales. Su figura representaba una batalla que excedía cualquier estadística.
Ashe había logrado abrirse paso en un deporte históricamente reservado para blancos y clases acomodadas. Su ascenso fue una revolución silenciosa, sostenida por talento, disciplina y la convicción de que el logro individual solo tenía sentido si abría caminos a otros afrodescendientes y marginados. Falleció a causa de una neumonía relacionada con el sida, enfermedad que había contraído tras una transfusión de sangre contaminada durante una cirugía a corazón abierto. En 1992 decidió hacer pública su condición y se convirtió en una de las voces más visibles en la lucha contra el estigma del VIH.
Tras su muerte, el impacto se sintió mucho más allá del tenis. Hubo homenajes en torneos, medios y organizaciones de derechos civiles. Su historia fortaleció la concientización sobre el VIH/SIDA y reafirmó una idea que atravesó toda su vida: el deporte también puede ser una herramienta para discutir igualdad racial, acceso a la salud y dignidad.
El niño que aprendió a jugar detrás de una reja
Arthur Robert Ashe nació el 10 de julio de 1943 en Richmond, Virginia, una ciudad regida por las leyes implacables de la segregación racial. De niño era pequeño, poco coordinado, lejos de cualquier estereotipo que presagiara en él a un futuro campeón.
Creció en un entorno donde los espacios deportivos estaban divididos por color de piel y donde un chico afrodescendiente aprendía desde demasiado temprano que debía comportarse con una prudencia tan extrema como injusta.
Su madre, Mattie, fue una lectora entusiasta y la primera gran influencia intelectual de su vida. Le enseñó a leer antes de que cumpliera cuatro años y sembró en él una curiosidad que lo acompañaría siempre. Murió en 1950, a causa de complicaciones derivadas de una preeclampsia durante un embarazo, cuando Arthur tenía apenas seis años. La pérdida fue temprana y silenciosa, pero dejó una huella profunda en el niño y en el hombre.

Tras quedar viudo, su padre, Arthur Ashe Sr., asumió solo la crianza de Arthur y de su hermano menor, Johnnie. Trabajaba como cuidador y guardia de seguridad en Brook Field Park, un parque segregado para la comunidad negra de Richmond. Allí, entre senderos vigilados y canchas separadas por rejas, construyó un hogar marcado por la disciplina y el autocontrol. Era estricto y priorizaba los estudios por sobre cualquier distracción: sabía que, para un chico negro en el sur de Estados Unidos, la indulgencia no era una opción.
La fragilidad física de Arthur (sus compañeros apodaban “Flaquito” o “Huesos”) hizo que su padre le prohibiera practicar deportes de contacto como el fútbol americano. Esa decisión, pensada como protección, terminó siendo determinante. El tenis apareció entonces como una alternativa posible. Arthur comenzó a practicar en las canchas del parque donde vivían, usando raquetas gastadas y pelotas viejas, aprendiendo a jugar en un espacio limitado, cercado, pero propio.
Con el tiempo, algo de él empezó a destacarse: Arthur podía leer el juego mejor que los demás. No era explosivo, pero entendía la lógica de cada punto. En la adolescencia, su crecimiento físico acompañó esa inteligencia natural y comenzó a ganar torneos importantes. Fue campeón estatal de tenis y también se destacó en fútbol americano, ayudando a su equipo a lograr el título de la ciudad... Ya nadie le decía ni "Flaquito" ni "Huesos", la pasta de campeón estaba tomando la mejor forma.
Sus entrenadores decían que era un atleta educado, sereno y observador. Y esa calma (que luego sería su marca registrada) ya lo distinguía cuando todavía no era famoso. Su progreso fue constante, silencioso, casi metódico.

El punto de quiebre llegó cuando Arthur logró entrenar y competir fuera del circuito restringido al que estaban relegados los jugadores afroamericanos. Eso marcó el inicio de una nueva etapa, no solo en su carrera. Sus buenos resultados en torneos juveniles le abrieron las puertas de competencias estatales y nacionales, donde comenzó a medirse con rivales de mayor nivel y a conocer instalaciones y entrenadores que hasta entonces habían estado vedados para jóvenes afroamericanos.
En 1963, consiguió una beca para la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), un logro poco frecuente para un joven afro en un país todavía atravesado por la segregación. En UCLA ingresó a un entorno académico y deportivo de excelencia: un equipo universitario competitivo, recursos de primer nivel y un marco de exigencia que potenció su crecimiento.
Allí fue entrenado por Walter Johnson, figura decisiva en su formación y mentor de Althea Gibson, la primera tenista afroamericana en conquistar títulos de Grand Slam. Ese vínculo no solo refinó su técnica, sino que le ofreció un linaje: Ashe entendió que no estaba solo, que formaba parte de una historia más amplia de pioneros que habían empujado límites antes que él.
Eso terminó de consolidar su tenis y de darle una perspectiva nueva. Por primera vez, su carrera dejó de estar definida únicamente por las barreras raciales y sociales que lo habían condicionado desde la infancia. Ese mismo año, rompió otra barrera: se convirtió en el primer jugador afroamericano en integrar un equipo estadounidense de Copa Davis. Ya no era solo una promesa sino el motivo que obligaba al tenis a revisar sus propias reglas.

El campeón que desordenó las tradiciones del tenis
En 1965 ganó el campeonato individual de la Asociación Nacional de Atletismo Universitario (NCAA) y ayudó a UCLA a consagrarse campeona por equipos. Tres años más tarde, con la llegada de la Era Abierta, su impacto fue inmediato en el público como entre sus rivales. En 1968 ganó el Abierto de Estados Unidos y se transformó en el primer hombre afroamericano en conquistar un torneo de Grand Slam. La imagen de Ashe levantando el trofeo fue mucho más que un logro deportivo: fue una señal de cambio en un deporte históricamente excluyente.
Ese mismo año fue pieza clave en la consagración de Estados Unidos en la Copa Davis y ya era considerado el mejor tenista del país. Pese a ello, no se conformó solo con competir y usó su posición en el tenis como un espacio político. Fue uno de los impulsores de la creación de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP), reclamando mejores condiciones económicas para los jugadores, que no recibían ingresos acordes al crecimiento del deporte.
En 1969, el gobierno sudafricano le negó la visa a Arthur para disputar el Campeonato Nacional de Sudáfrica. La decisión estaba amparada en las leyes del apartheid, que limitaban la participación de deportistas negros en competencias internacionales dentro del país. Ashe no aceptó la exclusión en silencio. Usó su prestigio y su visibilidad internacional para denunciar públicamente al régimen racista y exponer las contradicciones de un sistema que pretendía mostrarse abierto al mundo mientras sostenía la segregación.

Presentó peticiones ante la Federación Internacional de Tenis y reclamó la exclusión de Sudáfrica de las competiciones internacionales hasta que existieran condiciones de igualdad para todos los atletas. Aunque no buscaba convertirse en un dirigente político ni en un vocero radical, entendía que su lugar en la escena mundial implicaba una responsabilidad y puso esa causa en sus hombros: participó en campañas, charlas y conferencias que exigían el fin del apartheid, tanto en el deporte como en la vida cotidiana sudafricana.
Su postura tuvo consecuencias. En 1970, la presión que ejerció tanto Ashe como otros contribuyó a que Sudáfrica quedara progresivamente aislada del circuito internacional de tenis y de otros deportes. Ese mismo año, ganó el Abierto de Australia, su segundo título de Grand Slam, y al año siguiente volvió a alcanzar la final. Tras algunas temporadas irregulares, llegó el momento que definiría su carrera: Wimbledon 1975. Allí derrotó inesperadamente a Jimmy Connors, el número uno del mundo, con una estrategia tan precisa como histórica. Hasta hoy, Ashe sigue siendo el único afroamericano en haber ganado los títulos de Estados Unidos, Australia y Wimbledon.
Su estilo sobrio, estratégico, cerebral contrastaba con la agresividad de la época. Ganó también dos títulos de Grand Slam en dobles y acumuló más de 800 victorias, pero nunca hizo del éxito una exhibición personal.

La lucha final y el legado de un hombre íntegro
En 1979, una cirugía cardíaca reveló un problema congénito que Ashe arrastraba desde joven. Intentó volver al circuito, pero en 1980 anunció su retiro. Se fue como había vivido su carrera: sin hacer mucho ruido y sin dramatismo.
Lejos de alejarse del deporte, inició una nueva etapa. Escribió para la revista Time, fue comentarista de ABC Sports, capitán del equipo estadounidense de Copa Davis y fundador de la Liga Nacional Junior de Tenis, un proyecto destinado a acercar el deporte a niños y jóvenes de comunidades desfavorecidas. En ese tiempo, profundizó su compromiso social al punto de haber sido arrestado en protestas contra el apartheid frente a la embajada de Sudáfrica en Washington y participó en manifestaciones contra políticas migratorias injustas, reafirmando una coherencia que había marcado toda su vida pública.
En 1988 descubrió que había contraído VIH a través de transfusiones realizadas durante sus operaciones cardíacas. Durante un tiempo eligió el silencio, hasta que en 1992 decidió hacerlo público para evitar especulaciones. En un contexto de fuerte estigmatización, Ashe habló con claridad y responsabilidad, y se convirtió en una de las voces más respetadas en la lucha contra el sida.

Impulsó campañas de concientización, cuestionó la falta de inversión estatal en investigación y utilizó su prestigio para combatir la desinformación. Murió el 6 de febrero de 1993, a los 49 años, a causa de una neumonía derivada del sida. Desde entonces, su legado excede el deporte.
Poco antes de morir creó el Arthur Ashe Institute for Urban Health (Instituto Arthur Ashe para la Salud Urbana), fue elegido Deportista del Año por Sports Illustrated y terminó sus memorias, Days of Grace.
Arthur Ashe no solo cambió el tenis sino la manera de pensar el acceso, la igualdad y la dignidad dentro y fuera del deporte. A lo largo de su carrera, conquistó 76 títulos individuales, 45 de ellos reconocidos oficialmente por la ATP en la Era Abierta. Ganó tres torneos de Grand Slam —el US Open en 1968, el Abierto de Australia en 1970 y Wimbledon en 1975—, sumó 18 títulos en dobles y fue una pieza clave en múltiples conquistas de la Copa Davis. Números que confirman su grandeza, pero que nunca alcanzaron para definirlo por completo.
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