
“Si yo tuviera un animal de compañía en las mismas condiciones en las que estoy yo, nadie cuestionaría la decisión de ponerlo a dormir para que ya no sufra”, dictó Bob Dent en la carta que les escribió a los políticos de su país, Australia, un día antes de su muerte.
La de Robert “Bob” Dent no fue una muerte como cualquier otra. El 22 de septiembre de 1996, ese carpintero australiano que llevaba cinco años de pérdida de su autonomía y de dolor físico y psíquico debido a un cáncer de próstata, fue la primera persona en el mundo en morir mediante una inyección letal voluntaria y legal.
Las leyes del entonces Territorio del Norte de Australia, la decisión personalísima de Dent y la colaboración del médico que lo acompañó en el marco de un procedimiento guiado jurídicamente cambiaron para siempre el paradigma ético y legal de la medicina moderna.
Maestro de carpinteros
Robert Dent nació en Sidney y a los 14 años comenzó a trabajar como aprendiz de carpintero. A fuerza de dejar distintas habilidades en el mundo de la construcción, se convirtió en uno de los enviados a Groote Eylandt, una de las islas más grandes del país, para enseñar nociones básicas de carpintería a los nativos.

En 1974 sobrevivió al ciclón Tracy, que devastó la ciudad de Darwin, en el norte de su país. Allí se había instalado Dent y allí moriría. Pero no esa madrugada de Navidad, el 25 de diciembre del 74, cuando hubo vientos de hasta 220 kilómetros por hora y se destruyeron el 80% de las viviendas del lugar.
Apenas después de esa tragedia, Dent estudió para convertirse en piloto privado para transportar materiales de construcción por toda la extensión del Territorio del Norte, donde vivía. Dos años después del ciclón, conoció a Judy, quien sería su segunda esposa y quien se convertiría en su compañera hasta el último instante de su vida.
Un diagnóstico y una ley
A fines de 1991, Dent recibió el diagnóstico al que luego definiría como “un calvario”: cáncer de próstata. Durante los años siguientes, para intentar detener el avance de la enfermedad, Bob fue sometido a la extirpación de sus testítculos, a varias cirugías por hernias que sufría a repetición, y a la instalación de manera definitiva de catéteres que necesitaba por la obstrucción constante de la uretra, provocada por el tumor.
En septiembre de 1996, Dent ya había había bajado 25 kilos desde el diagnóstico. Padecía una anemia severa y tenía un pulmón prácticamente colapsado. Sus huesos estaban tan frágiles que, según él mismo contó, temía que un abrazo pudiera romperle una costilla.
En 1995, el Territorio del Norte de Australia sancionó la Ley de Derechos de los Enfermos Terminales. Marsahll Perron, el ministro principal de esa jurisdicción, impulsó a legalización de la eutanasia y el suicidio asistido. Eran dos prácticas que se llevaban a cabo en otros lugares del mundo, pero hasta ese entonces ninguna asamblea legislativa del planeta había aprobado una ley que avalara completamente el procedimiento.

La ley que se sancionó en el Territorio del Norte establecía que el solicitante debía ser mayor a 18 años y mentalmente competente, y que debía contar con un período de reflexión de nueve días antes de que se ejecutara el procedimiento.
Además, la solicitud debía contar con el aval de tres médicos: un especialista en la enfermedad que padeciera el solicitante, un psiquiatra que confirmara que esa persona no sufría una depresión tratable, y un especialista en cuidados paliativos. Bob Dent cumplía con todos esos requisitos.
Una despedida en busca de la dignidad
Un día antes de morir, Bob Dent dictó la carta que quería hacer llegar a los políticos más importantes de su país. A los que habían avalado la legalización de la eutanasia y del suicidio asistido, y también a los que se oponían duramente a esa legislación.
Según cuenta la carta, Bob tuvo que optar por dictarla porque su debilidad ya le impedía escribir por sí mismo e incluso enfocar la vista. En el texto, Dent define su existencia como “una montaña rusa de dolor” y se lamenta por su falta de autonomía.
“Humillado”, se autodefine en la carta. Y describe la pérdida de control que sufría sobre sus funciones básicas. Dent cuenta a sus destinatarios que la morfina le causaba estreñimiento y, por el contrario, los laxantes le hacían perder el control de sus esfínteres y lo obligaban a dormir sobre un cobertor plástico.

“Tengo que tener un protector de goma en mi cama, como un niño que aún no ha aprendido a usar el baño”, describe su carta de despedida. Y remata: “Si no estás de acuerdo con la eutanasia voluntaria, entonces no la uses. Pero no me niegues el derecho a usarla si quiero y cuando quiera”.
“Hagámoslo”
El médico que ayudó a Bob Dent a morir se llamaba Philip Nitschke. Para ese fin, desarrolló un dispositivo: una computadora portátil conectada a una jeringa automatizada. El 22 de septiembre de 1996, Dent almorzó sándwiches con cerveza en la terraza de su casa de Darwin y recibió a Nitschke. Se recostó mientras el médico preparaba su equipo.
Para reconfirmar sin lugar a dudas la voluntad de Dent, la computadora del médico hizo tres preguntas sobre el procedimiento: el paciente respondió “sí... sí... sí”. Y pronunció sus últimas palabras: “Let’s do it” (“Hagámoslo”). Apretó la barra espaciadora de la computadora y se accionó la jeringa.
Recibió un cóctel de tres fármacos en dosis letales -tiopentona, pentobarbitona y atracurio, y murió cinco minutos después. Judy Dent, su compañera de vida, le dio la mano durante todo el proceso. En una entrevista posterior al procedimiento, aseguró: “Los signos de dolor desaparecieron casi instantáneamente de su rostro y simplemente se veía tranquilo”.
Un caso que abrió el debate
La noticia del suicidio asistido de Bob Dent recorrió el mundo. Nitschke tuvo que atender a periodistas de todos los continentes. La reacción opositora a la ayuda que había brindado a Robert no se hizo esperar. En Australia, un integrante del Parlamento Federal lideró la argumentación de que “la ley del Territorio del Norte devaluaba la vida humana”.
Siguiendo esa corriente, el Parlamento Federal aprobó la “Ley de Leyes de Eutanasia” en 1997, que se imponía por sobre lo legislado en el Territorio del Norte. Desde ese momento, la eutanasia y el suicidio asistido quedaron prohibidos nuevamente. Recién en 2022 el Parlamento revocó esa ley y devolvió a los territorios el derecho a legislar de manera autónoma sobre el tema.
Aunque ya había países en los que la eutanasia y el suicidio asistido se toleraban en determinadas condiciones, la muerte de Bob Dent marcó un precedente inédito en cuanto al acceso a un derecho garantizado a través de una ley. Sería la punta de lanza para otras legislaciones que se sancionaron el mundo en los últimos treinta años.
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