“Xa vai”, susurró Ramón Sampedro frente a la cámara. Su cuerpo empezaba a sentir los efectos del cianuro potásico que acababa de tomar disuelto en agua y con la ayuda de una pajita. Ese “ya va” en gallego, su lengua materna, fue de lo último que dijo ese hombre que había conmocionado a España, a Europa y al mundo entero por el pedido que había llevado a la justicia: que lo ayudaran a morir con dignidad, que no lo obligaran a seguir viviendo.
El video del suicidio asistido de Ramón Sampedro fue emitido más de dos meses después de la fecha de su muerte, que ocurrió el 12 de enero de 1998, hace 28 años. La cadena televisiva Antena 3 enfrentó casi inmediatamente una demanda de parte de la familia de Ramón, por la exhibición de las imágenes y porque, además, la familia quería rastrear cómo habían obtenido el material, que ya era analizado por la justicia para determinar quiénes habían ayudado al español a morir.
Es que, ese 12 de enero, Sampedro llevaba prácticamente treinta años tetrapléjico, con el cuerpo completamente paralizado y sin poder sentir ningún estímulo del cuello para abajo. Y llevaba, también, unos cinco años de batalla judicial ante los tribunales de su país y de Europa para lograr acceder a la eutanasia, es decir, a la asistencia médica para morir, o, en todo caso, a ayuda para suicidarse dando él el último paso. Pero en ese momento la ley española penalizaba esa ayuda con hasta seis años de cárcel.
Finalmente, nada de eso eso detuvo a Ramón ni a quienes lo acompañaron en el plan secreto para terminar con su vida, y Sampedro no dudó en dar un último mensaje a toda la sociedad que ya había conmovido desde sus primeros reclamos ante los tribunales.
Hombre de mar
Ramón Sampedro tenía 22 años cuando decidió convertirse en mecánico de barcos para poder conocer el mundo. “Mi sueño era viajar y no iba a poder pagarlo como turista, así que decidí embarcarme para poder recorrer todo el planeta”, contó en una de las largas entrevistas que dio a lo largo de su batalla judicial a distintos canales de televisión de España.

El 23 de agosto de 1968, cuando ya tenía 25 años, Ramón ya había conocido 49 puertos de distintos países gracias a su trabajo como mecánico en una embarcación mercante de Noruega. Ese día estaba en As Furnas, una playa del municipio de Puerto del Son, donde había nacido. En ese rincón de Galicia, Ramón se paró en una roca y se tiró de cabeza al agua.
“La marea estaba mucho más baja de lo que él pensaba, y se golpeó la cabeza contra el fondo del mar”, le dijo a La 2 de la Televisión Española el padre de Ramón en una entrevista de la que participaron varios integrantes de la familia Sampedro. El golpe fue gravísimo: le fracturó la séptima vértebra cerebral y lo inmovilizó para siempre del cuello hacia abajo, haciéndole perder además la sensibilidad en prácticamente todo el cuerpo.
La novia que Ramón tenía por ese entonces le propuso casamiento en el hospital en el que lo internaron, pero él le dijo que no, y un tiempo después le dijo que hiciera su vida, que intentara buscar la felicidad, que no se quedara atada a ese vínculo.
Es que, según él mismo contó, tres meses después de su tragedia Ramón terminó de entender que no había manera de revertir lo que le había pasado. Fue en ese entonces que empezó a delinear cómo se sentía, una definición que repetiría ante las autoridades y los medios de comunicación: “Soy una cabeza viva pegada a un cuerpo muerto”.
“Cartas desde el infierno”
Los primeros doce años de su tetraplejía, Ramón estuvo sobre todo bajo los cuidados de su madre. Pero tras la muerte de ella -Sampedro diría que su madre “había muerto de pena” y que él se sentía responsable por eso-, Ramón quedó sobre todo al cuidado de su cuñada, la esposa de su hermano. También lo cuidaban sus sobrinos, a quienes vio nacer y crecer desde la cama en la que estaba postrado, y su hermano y su padre, que acostumbraba sentarse junto a su hijo.

La habitación de Ramón, en la casa familiar cercana a Santiago de Compostela, daba al mar. Desde allí, cuando lo sentaban en la cama, Sampedro miraba ese mar que lo había llevado a conocer el mundo y que, también, lo había condenado a la parálisis. Veía las golondrinas cuando llegaba la primavera, y los árboles ponerse verdes y deshojarse con el correr de las estaciones del año.
“En las mañanas claras, cuando amanece, siento el olor a la brisa de mar. Me hace sentir cerca de ese lugar en el que fui tan feliz, y a la vez, infinitamente lejos porque no tengo manera de acercarme ni un ápice allí”, le dijo a la Televisión Española.
En su habitación, Sampedro tenía un disco de Joan Manuel Serrat exhibido en un estante, varias fotografías de embarcaciones, un afiche de Pablo Neruda y el dispositivo que había diseñado y que su hermano y un sobrino habían construido para él. Era una especie de atril que, en lugar de un lienzo sobre el que pintar, tenía un rollo de papel en blanco en el que escribir.
Con un extensor que movía con la boca y que manejaba una birome, Ramón escribía reflexiones sobre su situación, sobre la vida y la muerte, sobre el derecho a la muerte digna y también poemas. Su libro Cartas desde el infierno compila buena parte de lo que escribió desde esa cama en la que su deseo de dejar de vivir en esas condiciones crecía todo el tiempo.
Cinco años de batalla legal
Ramón Sampedro formalizó su pedido de ayuda para morir en 1993 ante los tribunales españoles. Nunca antes un español había acudido al Poder Judicial para obtener asistencia médica para morir o, en su defecto, que no se condenara penalmente a quienes lo ayudaran a suicidarse.

Su hermano y su padre se oponían a su pedido. Además, su hermano, en cuya casa vivía Ramón, dejó en claro varias veces que él no autorizaba que un eventual procedimiento eutanásico se llevara a cabo allí. Manuela, la cuñada que cuidaba a Ramón como a un hijo, le dijo a la Televisión Española: “Sí entiendo lo que él quiere y creo que cada uno puede decidir hacer con su cuerpo lo que crea que es mejor, eso lo entiendo y lo respeto. Pero yo no voy a ayudar con mis manos a que él lo haga”.
Sampedro se acercó a la Asociación Derecho a Morir Dignamente, que ya funcionaba en España, para darle impulso desde allí a su pedido ante los tribunales. Presentó su petición en juzgados de Barcelona y Noya, ante el Tribunal Supremo y Constitucional y, ante sucesivos rechazos, también a la Comisión Europea de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo.
En más de una ocasión, y acompañado de varios de sus amigos, se presentó en una especie de camilla en los tribunales para poder expresar su petición con el mayor impacto posible ante la opinión pública. Con el correr del tiempo, no sólo lo acompañaban sus amigos sino también desconocidos que apoyaban su causa.
A la vez, esa petición no tardó en despertar el repudio de la Iglesia católica local, que expresó en innumerables ocasiones que “sólo Dios decide sobre la vida y la muerte”. Los referentes políticos de aquel entonces se mostraron reticentes a despenalizar a quienes asistieran a Ramón en un eventual suicidio. Pero en la sociedad civil el tema crecía y Sampedro ganaba apoyo.

Consultado en una entrevista de La 2 de Televisión Española, Ramón respondió a la pregunta “¿por qué morir?”. Sin dudar y con total serenidad, le dijo a la entrevistadora que lo acompañaba en su habitación: “Tú estás a dos metros de distancia, nada más que a dos metros de distancia, y para mí es un viaje imposible. Van a seguir pasando los años y yo no voy a poder acercarme ni un centímetro a donde estás, ni voy a poder tocarte, ni podría sentir si tú me tocas. Esa no es una vida que para mí sea digna de ser vivida”.
Un plan para morir
A pesar de sus intentos ante tribunales cada vez más encumbrados, Sampedro obtuvo sucesivas respuestas negativas. Entonces empezó a diseñar un plan junto a algunas de sus personas más cercanas y bajo estricto silencio. El primer paso fue mudarse a Boiro, fuera de la casa de su hermano: no quería pasar por encima de la regla que había establecido el dueño de casa respecto de la posibilidad de que Ramón terminara con su vida allí.
Ramona Maneiro, una amiga que llegó a la vida de Sampedro hacia 1996, fue clave en esa mudanza. Lo que siguió fue un plan milimétricamente calculado para que distintos amigos, once en total y los once con llave para ingresar a la casa de Boiro, se ocuparan de distintas tareas. Cada una de esas tareas en sí misma no constituía un delito que fuera punible, pero la suma de todas las partes lograría que Ramón pudiera cumplir su voluntad.
Un amigo se ocupó de conseguir cianuro potásico, otro realizó algunas pruebas para confirmar que la sustancia resultaría letal, otro se encargó de preparar la dosis necesaria para que Sampedro muriera. Finalmente, alguien diluyó la sustancia en agua y colocó una pajita para que Ramón, sin que nadie tuviera que asistirlo en ese acto, pudiera ingerir el líquido mortal.

Esa misma persona se ocupó también de poner a grabar el video en el que Sampedro expresa: “Señores jueces, autoridades políticas y religiosas. Después de las imágenes que acaban de ver, una persona cuidando de mi cuerpo atrofiado, insensible y deforme, les pregunto: ¿qué significa para ustedes la libertad? Para mí la libertad no es esto. Esto no es vida ni vivir dignamente”.
Inmediatamente después, anuncia que está a punto de ingerir cianuro potásico, enfatiza con contundencia que es el único responsable de esa decisión, y sostiene que está a punto de renunciar a “su bien más preciado”, su cuerpo, y de “deshacerse para siempre de la esclavitud” a la que se había visto sometido desde aquel accidente que lo dejó completamente postrado durante más de la mitad de su vida.
“Xa vai”, dice Ramón, y su cuerpo se retuerce por los efectos del veneno. Antena 3 emitió cinco de los veinte minutos que tenía el video del suicidio asistido de Ramón Sampedro. La familia demandó a la cadena televisiva y el hermano de Ramón señaló a Ramona como la cómplice del suicidio.
Ramona fue detenida pero la justicia no logró demostrar su culpabilidad. Una enorme campaña pública hizo que miles y miles de españoles se autoinculparan como cómplices del suicidio asistido de Sampedro. Uno de ellos fue Joan Manuel Serrat. Ramona fue liberada y confesó haberse enamorado de Ramón, así como haber sido quien le acercó el vaso con el cianuro y quien puso a grabar el video. Lo confesó cuando el delito ya había prescripto.
La historia de Ramón Sampedro inspiró la película Mar adentro, dirigida por Alejandro Amenábar y protagonizada por Javier Bardem. El film fue globalmente aclamado y estrenado en 2004, ocho años después de la muerte de ese mecánico de barcos que se había quedado sin ninguna posibilidad de seguir conociendo el mundo.
La irrupción de Ramón en los tribunales y en los medios de comunicación sumada al impacto que tuvo después la película lograron que el caso, y sobre todo, el tema, ocuparan el debate público como nunca antes.
España legalizó la eutanasia en 2021 y se convirtió en el séptimo país del mundo en autorizar la ayuda médica para morir. Habían pasado 23 años desde el suicidio asistido de Ramón Sampedro, pero su impronta seguía indeleble.
Últimas Noticias
La historia real detrás de “La novicia rebelde”: la verdad sobre los Von Trapp va mucho más allá del cine
Los recuerdos y confesiones del último hijo del famoso clan revelan sacrificios, decisiones difíciles y el impacto de la fama en la familia que inspiró una de las películas más queridas de todos los tiempos

Una “buena familia cristiana”, trece hijos encadenados y la niña que escapó para contar la verdad: el fin del matrimonio Turpin
En enero de 2018, una de las hijas de la familia huyó y llamó a la policía. Cuando las autoridades llegaron a la casa del horror comprobaron las condiciones infrahumanas en las que vivían. Encadenamientos, castigos y hambre. La condena a David y Louise Turpin

Armonía, espiritualidad, conexión y la fiesta psicodélica que encendió a toda una generación: así nació el “Verano del Amor”
El 14 de enero de 1967, un parque de San Francisco se llenó de flores, música y energía compartida, y en ese instante nació un movimiento capaz de transformar la manera en que una generación pensaba, vivía y soñaba

La siniestra historia de la única mujer ejecutada en Países Bajos por colaborar con los nazis: ¿fue la entregadora de Ana Frank?
Ans van Dijk era judía y tenía 42 años cuando fue fusilada en Ámsterdam la mañana del 14 de enero de 1948. Detenida por los nazis en abril de 1943, durante los siguientes dos años entregó a por lo menos 145 personas, incluidos miembros de su propia familia

El día que un arquero se quedó esperando el inicio de un partido que se había suspendido y no le avisaron
Sam Bartram, legendario portero del Charlton Athletic, vivió un insólito episodio en la Navidad de 1937 al quedarse solo en el campo sin saber que el encuentro había sido suspendido por la niebla




