El Yeti, conocido como el abominable hombre de las nieves, ocupó un lugar central en el folclore del Himalaya desde hace siglos. Su leyenda, transmitida a través de relatos locales y testimonios de expedicionarios, se convirtió en símbolo de misterio e identidad cultural, y mantuvo la atención internacional incluso en la actualidad.
El mito tiene raíces muy antiguas. En el año 326 a. C., durante la expedición de Alejandro Magno al subcontinente indio, se documentó el interés del conquistador por ver a la criatura, aunque los habitantes de la región aseguraron que el Yeti no sobrevivió fuera de las altas montañas.
Con el paso de los siglos, la figura del Yeti se integró a la mitología budista y surgieron variantes como el Meh-teh –considerado el arquetipo principal–, el pequeño Teh-Ima y el gigantesco Dzu-teh. En los relatos regionales, se trató de un espíritu glaciar, protector de cazadores o una presencia que advirtió sobre los riesgos de adentrarse en territorios inhóspitos, y reforzó su función moral en la tradición oral.

La entrada del Yeti en el imaginario occidental se consolidó en el siglo XX. Uno de los episodios más relevantes fue la Expedición Británica de Reconocimiento al monte Everest en 1921, cuyos integrantes reportaron grandes huellas en la nieve. Charles Howard-Bury, director de la expedición, atribuyó las marcas a un lobo, mientras que los guías locales aseguraron que pertenecían al mítico metoh-kangmi, traducido como “hombre-oso-muñeco de nieve”.
En ese sentido, el periodista Henry Newman divulgó la historia y modificó la traducción, y acuñó la expresión “abominable hombre de las nieves”, término que pronto se popularizó y posicionó al Yeti en la prensa internacional.
El interés creció en 1951, cuando los exploradores Eric Shipton y Michael Ward registraron una serie de huellas inusuales con marcas de garras, que se extendieron por dos kilómetros sobre la nieve a más de 4.500 metros de altitud.
Las imágenes tomadas por Shipton mostraron huellas mayores que una bota humana, que se convirtieron en íconos de la búsqueda del Yeti. Además, según describió HistoryExtra, los relatos de excursionistas alimentaron la fascinación, impulsaron el surgimiento de la criptozoología y consolidaron la relación entre el mito y la cultura popular.

La repercusión internacional del Yeti tuvo consecuencias oficiales. En 1959, autoridades de Nepal establecieron un reglamento para organizar expediciones en busca de la criatura. El permiso tenía un costo de 5.000 rupias y las normas exigieron que, en caso de ser hallado, el Yeti solo podía ser fotografiado o capturado con vida, excepto en defensa propia. Además, cualquier registro se entregaba a las autoridades.
Asimismo, el turismo vinculado al mito generó ingresos relevantes para la economía local, y transformó la leyenda en un fenómeno sociocultural y comercial.
En el siglo XX, diferentes exploradores intentaron encontrar pruebas físicas que respaldaran la existencia del Yeti. En los años cincuenta, una expedición financiada por el empresario estadounidense Tom Slick localizó en un monasterio de Pangboche una supuesta mano momificada del Yeti. El explorador Peter Byrne obtuvo uno de sus dedos y, con la ayuda del actor James Stewart, lo sustrajo del país y lo ocultó en su equipaje.
En 1960, el escalador Sir Edmund Hillary obtuvo un presunto cuero cabelludo de Yeti de un monasterio en Khumjung, pero análisis posteriores revelaron que pertenecía a un serow, un animal de la región, y pruebas de ADN determinaron que la mano era humana.

Expertos propusieron explicaciones racionales para los avistamientos y huellas atribuidas al Yeti. Michael Ward, médico de la expedición de 1951, sugirió que las marcas se debían a movimientos de rocas y al derretimiento de la nieve, o a la morfología particular del pie humano en comunidades montañesas.
En 1986, el físico Anthony Wooldridge afirmó que fotografió un Yeti, pero la supuesta criatura resultó ser una formación rocosa. Por su parte, el montañista Reinhold Messner, tras varias expediciones, concluyó que el Yeti correspondía a osos autóctonos del Himalaya.
Testimonios orales de residentes del Himalaya continuaron aportando relatos. Ang Tsering Sherpa narró la experiencia de su padre y explicó: “Los yetis no son tan grandes. Tienen aproximadamente el tamaño de niños de siete años. Pero son muy fuertes”.
Y añadió: “El Yeti puede hacer que las personas no caminen. Luego se las come”. Estos relatos reforzaron el carácter sobrenatural y místico del Yeti en la cosmovisión local.

En el siglo XXI, la ciencia investigó muestras atribuidas al Yeti. En 2013, el genetista Bryan Sykes impulsó una campaña global para analizar restos de pelos. Dos de las muestras, provenientes de la India y Bután, coincidieron con el ADN de un oso polar prehistórico extinto hace más de 40.000 años.
Sykes planteó que la leyenda pudo originarse en un híbrido de especies de oso. Messner y otros expertos sostienen que diversas variedades de oso, como el azul tibetano o el pardo del Himalaya, explican muchos de los supuestos avistamientos.
En 2017, el conservacionista Daniel C. Taylor publicó Yeti: La ecología de un misterio, donde concluyó que las huellas y la persistencia del mito correspondían al oso negro asiático, de acuerdo a la documentacion recopilada por HistoryExtra.
La atracción por el Yeti sobrevivió a fraudes, engaños e investigaciones científicas que desmontaron supuestas pruebas. Celebraciones, expediciones y hasta montajes publicitarios, como la conferencia de 2011 en Rusia, demostraron el magnetismo inagotable de la criatura.
La criptozoología convirtió al Yeti en uno de sus emblemas junto a otros críptidos famosos, y su figura permaneció en la cultura popular, el turismo y la iconografía global.
A pesar de la ausencia de evidencia definitiva, la creencia en el Yeti resistió en la imaginación colectiva. Para numerosos seguidores, representa el atractivo de lo desconocido y la esperanza de que aún existan misterios auténticos en nuestro planeta, más allá de las explicaciones racionales.
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