
Hasta el día de su muerte, ocurrida muchos años después de la tragedia, George Sodder recordó dos hechos a los que en su momento no les dio importancia pero que luego, a la luz de los hechos, parecieron anticipar la destrucción de su familia. El primero databa de los últimos meses de 1945, cuando un productor de seguros -un inmigrante italiano, reconocido simpatizante fascista de Mussolini– lo visitó en su casa de Fayetteville, Virginia Occidental, para ofrecerle una póliza contra incendios. Sodder, que también era italiano pero detestaba al ya finado Duce, rechazó la oferta. Entonces, despechado, el vendedor pronunció una frase amenazante:
-Su casa se convertirá en humo y sus hijos serán destruidos, y usted pagará por sus sucias opiniones sobre Mussolini – le dijo.
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El segundo hecho ocurrió la Nochebuena de ese mismo año, pocas horas antes de que se desatara el infierno que cambió para siempre su vida, cuando sonó el teléfono y atendió Jennie, su mujer, creyendo que se trataba de una más entre las muchas llamadas de buenos deseos para las fiestas. Sin embargo, del otro lado de la línea, alguien preguntó por una persona desconocida. Número equivocado, respondió Jennie, que antes de colgar escuchó risas.
Hasta la navidad de 1945, los Sodder eran un ejemplo típico de la familia de clase media norteamericana que venía cumpliendo sus sueños. George había nacido como Giorgio Soddu en Tula, Cerdeña, en 1895 y llegado a los Estados Unidos a los 13 años junto con su hermano mayor. Como muchos inmigrantes europeos, al llegar cambió su nombre por uno que sonara más “americano” para poder integrarse mejor. Trabajó de muchas cosas hasta que consiguió empleo como chofer de camiones en Smithers, Virginia Occidental. Joven empeñoso y decidido, no tardó en tener su compañía de transportes. Era pequeña, pero era de él.
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Todo parecía encajar como anillo al dedo en su vida, porque por entonces conoció a Jennie Cipriani, una joven y atractiva italiana que había llegado al país con sus padres a la tierna edad de tres años. Se casaron, fueron felices, comieron perdices y empezaron a tener hijos, uno detrás del otro, en una amplia casa de madera que compraron en las afueras de Fayetteville, un pueblo con una numerosa comunidad italiana que se dividió al estallar la Segunda Guerra Mundial. Había muchos simpatizantes de Mussolini, como el vendedor de seguros, y también gente que, como George, manifestaba abiertamente sus posiciones antifascistas. Mientras tanto, la familia seguía creciendo. Para 1945, George y Jennie tenían nueve hijos: John, nacido en 1922; Joseph, en 1924; Mary Ann, en 1926; George junior, en 1929; Maurice Antonio, en 1931; Martha Lee, en 1933; Louis Erico, en 1935; Jennie Irene, en 1937; Betty Dolly, en 1940, y Sylvia, que llegó al mundo en 1943.
Los Sodder se preparaban ese año para celebrar una feliz navidad a todo trapo. Sobraban los motivos para festejar: todos gozaban de buena salud, la familia tenía una situación económica desahogada, el tirano fascista ya no oprimía a Italia, la guerra acababa de terminar y, aunque todavía seguía en el Ejército, el joven Joseph ya no corría el riesgo de morir en el campo de batalla.
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Así estaban las cosas la noche del 24 de diciembre de 1945, cuando la familia celebraba sin imaginar que apenas unas horas después su casa quedaría envuelta en llamas, cinco de los chicos desaparecerían para siempre y se convertirían en protagonistas de uno de los misterios más inquietantes de la historia de los Estados Unidos, un enigma que 80 años después sigue sin respuesta.

Tres sobresaltos y un incendio
La celebración de la Nochebuena terminó temprano en la casa de los Sodder. Los más chicos lograron que les permitieran abrir los regalos antes de medianoche. La mayor parte los había traído esa tarde Marion, la mayor de las hermanas mujeres, que trabajaba en el centro de Fayetteville. George y sus hijos John y George Junior estaban cansados después de trabajar todo el día, de modo que se fueron a acostar temprano. Jennie se quedó un rato más con los más chicos, que querían estirar la velada, pero los mandó dormir a todos cuando el reloj todavía no había marcado las doce. Ella misma subió a acostarse con la más chica, Sylvia, en brazos, y la dejó dormida en la cuna que estaba en el dormitorio matrimonial del primer piso. Solo Marion se quedó en la sala, semidormida en un sillón.
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Jennie estaba por dormirse cuando escuchó el teléfono. Bajó rápido y atendió la llamada de una mujer que preguntaba por un desconocido. Se molestó un poco, no por la llamada, sino porque las luces de la sala seguían encendidas y la puerta de calle estaba entreabierta. También vio a Marion dormida en el sillón, pero decidió no despertarla. Apagó las luces, cerró la puerta y volvió a subir. No se preocupó por la puerta abierta: en esos tiempos en pueblos como Fayetteville nadie cerraba con llave. Se despertó de nuevo, sobresaltada, cerca de la una de la madrugada al escuchar un ruido extraño: después contó que era como si algo hubiera caído sobre el techo de la casa y rodado por él. Se mantuvo alerta un rato, pero la casa quedó en silencio y volvió a dormirse.
No habían dado a las dos cuando se despertó de nuevo al sentir olor a quemado. Apenas abrió los ojos vio llamas y despertó a George. Tomó a la pequeña Sylvia en brazos y bajó corriendo la escalera, mientras George les gritaba a los chicos para despertarlos. En el primer piso dormían John y George junior; en el segundo, en una buhardilla, tenían su dormitorio Maurice, Martha, Louis, Jennie Irene y Betty, los más chicos. No pudieron subir a rescatarlos porque las llamas ya habían tomado la escalera que llevaba a lo más alto de la casa. Finalmente, impotentes y desesperados, el padre y los dos hijos mayores escaparon para no morir quemados y se reunieron con Jennie, Sylvia y Marion, que ya estaban afuera.
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Desesperado, el padre corrió en busca de una escalera que mantenía apoyada al costado de la casa, pero no la encontraron. Había desaparecido. George y sus hijos mayores intentaron también poner en marcha los dos camiones que estaban estacionados frente a la casa para alcanzar las ventanas, pero ninguno de ellos funcionaba: otro hecho sin explicación, porque los habían usado esa misma tarde. Marion corrió entonces a la casa de un vecino para llamar al Departamento de Bomberos de Fayetteville, pero nadie respondió. Otro vecino, testigo del incendio, condujo a la ciudad para intentar localizar al jefe de Bomberos.
Mientras tanto, un grupo de vecinos se fue congregando cerca de la casa. Era imposible ayudar y no tenían con qué apagar el fuego. La estructura de madera se consumió en poco más de media hora. Los bomberos llegaron recién a las ocho de la mañana, cuando la estructura había quedado reducida a cenizas.
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¿Muertos o vivos?
El agua del autobomba solo sirvió para apagar los pequeños focos de fuego que quedaban para que los bomberos pudieran registrar entre los restos de la casa para encontrar los cadáveres de Maurice, Martha, Louis, Jennie Irene y Betty, a quienes todos daban por muertos. Fue entonces que comenzó el misterio: no encontraron nada, ni siquiera un hueso calcinado. La causa del incendio era por entonces otro enigma. La policía la atribuyó a una falla del cableado eléctrico, pero George no quedó conforme con esa explicación porque la compañía eléctrica había inspeccionado la instalación apenas una semana antes. Por otra parte, la compañía telefónica informó que la línea del teléfono había sido cortada de manera intencional desde afuera de la casa.
Antes de que terminara el año la oficina del forense de Fayetteville emitió cinco certificados de defunción atribuyendo las causas de muerte de los cinco chicos a “incendio o asfixia”. Eso sin revisar los restos de los supuestos muertos, porque seguían sin aparecer. Frente a todos estos hechos –o la falta de ellos- George y Jennie Sodder comenzaron a preguntarse si sus hijos, en realidad, no estarían vivos. Intentaron que la policía investigara, pero las autoridades de Fayetteville dieron por cerrado el caso. Entonces pidieron la intervención del FBI, pero tampoco la lograron porque la agencia les respondió que se trataba de un asunto local que no tenía interés federal.
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El paso siguiente fue contratar a un equipo de detectives privados. Averiguaron entonces que si los chicos habían muerto en el incendio era imposible que no hubiera restos: para que se desintegraran los huesos deberían haber estado a más de 2.000 grados centígrados por al menos dos horas, una temperatura que no pudo haberse generado ni siquiera en el peor momento del incendio.
Después de muchas gestiones, porque la policía había ordenado no trabajar en el lugar del incendio, los Sodder lograron que les permitieran realizar una investigación con peritos privados, pagados con sus propios fondos. Habían pasado cuatro años y en las excavaciones que realizaron los investigadores se encontraron monedas antiguas, un diccionario quemado y algunos huesos. Las pericias determinaron que esos restos óseos no pertenecían a ninguno de los hijos desaparecidos. “Los huesos humanos constan de cuatro vértebras lumbares pertenecientes a un solo individuo. Dado que los recesos transversales están fusionados, la edad de este individuo al morir debería haber sido de 16 o 17 años. El límite superior de edad debe ser de unos 22 años, ya que los centros, que normalmente se fusionan a los 23, aún no están fusionados. Sobre esta base, los huesos muestran una mayor maduración esquelética de lo que cabría esperar de un niño de 14 años”, decía el informe.
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¿Dónde están los cinco?
Mientras tanto, las versiones sobre la intencionalidad del incendio o un posible rapto de los cinco chicos se multiplicaban. La policía nunca investigó al vendedor de seguros que había amenazado a Sodder, ni tampoco siguió otras pistas, como la posible participación de los hechos de la mafia italiana o una red de trata de niños. George y Jennie colocaron la pancarta publicitaria a lo largo de la Ruta 16, la más cercana a Fayetteville, y distribuyeron folletos en los que ofrecían una recompensa de entre 5.000 y 10.000 dólares por información que condujera a la recuperación de sus hijos.
Surgieron nuevas pistas, pero ninguna llevó a ningún lado. Hubo quienes dijeron que vieron a los niños salir de la casa en el momento del incendio, pero las versiones se contradecían entre sí. Una mujer aseguró a los cinco hermanos en un auto, junto a una pareja, esa misma madrugada. Otra persona dijo que dos parejas se habían alojado en un hotel de Charleston, a 700 kilómetros de Fayetteville, con cinco chicos muy parecidos a los Sodder. Otros informantes ubicaron a los chicos en Nueva York, en Texas y en Florida, pero las policías de esas ciudades no los pudieron encontrar.

George y Jennie nunca dejaron de buscar a sus hijos. En 1967 –22 años después del incendio-, viajó a Houston después de recibir la carta de una mujer que aseguraba que Louis Sodder, borracho, le había revelado su verdadera identidad. Con ayuda de la policía local, encontraron al supuesto Louis, que negó enfáticamente ser el hijo desaparecido. Al año siguiente, llegó la última pista: una sobre dirigido a Jennie desde de Kentucky con la foto en blanco y negro de un joven muy parecido a Louis en su interior. En el dorso de la imagen alguien había escrito una frase difícil de descifrar:
“Louis Sodder. I love brother Frankie. Ilil boys. A901132 o 35″
Los Sodder contrataron a un detective privado para que entrevistara al joven, pero el investigador no lo pudo encontrar. Estableció, en cambio, un dato inquietante: los números al final del texto era los de dos códigos postales de la ciudad de Palermo, Sicilia, en Italia, cuna de la Mafia.
George Sodder murió en 1968, a los 74 años. Jennie lo sobrevivió 21 años, durante los cuales no dejó de buscar infructuosamente a sus cinco hijos desaparecidos. Cuando se cumplen ocho décadas del incendio de Fayetteville, el destino final de Maurice, Martha, Louis, Jennie Irene y Betty Sodder sigue siendo un enigma.
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