
La puerta de hierro de Auschwitz lucía una inscripción que era una burla cruel: “Arbeit macht frei” (el trabajo libera, en castellano). Aquella mañana, Eva Kor Mozes tenía apenas diez años, una mano aferrada con fuerza a la de su hermana gemela Miriam. La multitud de judíos recién llegados se apretujaba en el andén, confundida, rodeada de gritos y de la mirada vacía de hombres de uniforme. Eva Kor sobrevivió a los experimentos de Josef Mengele en Auschwitz y dedicó su vida a una militancia: el perdón.
La separación fue tan rápida y brutal como un hachazo. A la madre, a los padres, a los hermanos mayores, los empujaron a una fila distinta. “Solo gemelas”, decía un soldado, como si de repente fueran valiosas. Eran especímenes para la investigación. Eva y Miriam se encontraron rodando por una maquinaria de horror cuyo engranaje era la ciencia corrompida por el odio nazi.
Sobrevivir a Auschwitz
El primer recuerdo de Eva en las barracas de niños es el hambre. Un hambre que ni la desesperación lograba adormecer.

Pero para Josef Mengele, el destino de las gemelas Mozes era otro. “Gemelas, gemelas”, repetían los kapos de Auschwitz, y ellas sabían que eso significaba la vida, fuera lo que eso implicara. Así pasaron de la fila de la muerte a la del laboratorio. Allí, los niños se convertían en piezas de catálogo. Las inyectaban, las medían, les sacaban sangre. A veces, solo quedaba el consuelo de una mirada compartida entre hermanas, una mano fría apretando otra igual de fría.
Las palabras de Eva resuenan aún hoy en las salas vacías del museo que compró y dirigió hasta el fin de sus días, en Terre Haute, Indiana: “Sobrevivir era una rebelión. Cada día que el sol salía y yo seguía viva era una victoria sobre Mengele.”
Por las noches, en Auschwitz, Eva y Miriam se abrazaban bajo las mantas raídas, el cuerpo de una entrelazado con el de la otra como si pudieran fusionarse y así negarle al mundo la lógica del exterminio.

Experimentos nazis con las hermanas Kor
A veces, los médicos traían a las gemelas a una sala blanca, con bisturís relucientes y agujas largas. Las obligaban a desnudarse, a someterse a inyecciones misteriosas. Nunca preguntaban, nunca contestaban. Los niños que desaparecían después de ciertas pruebas no volvían nunca.
“Había doscientas gemelas en nuestro barracón. Cuando terminó la guerra, quedábamos cien. De cada mil niños, al final de la liberación quedaban solo unas doscientas personas.” El dato lo repetía Eva.
Cuando las tropas soviéticas irrumpieron en Auschwitz en enero de 1945, el aire olía a ceniza y podredumbre. Eva y Miriam se buscaron entre el tumulto, abrazadas, incapaces de llorar. No sabían qué era el mundo más allá de los alambres de púas y la humillación rutinaria. Sabían solo que estaban vivas y que juntas habían derrotado, por un día más, el proyecto de destrucción total.
La libertad fue un vértigo. Ni madre, ni padre, ni casa. Eva y Miriam atravesaron más de un continente antes de encontrar refugio en Israel primero, y después, Estados Unidos. Eva se casó con otro sobreviviente, fundó una familia, pero no había exilio capaz de desterrar las pesadillas.
Años más tarde, frente a una sala de universitarios silenciosos en una pequeña ciudad de Indiana, Eva levantó la voz: “Un día, entendí que si no podía perdonar, iba a seguir siendo una prisionera de Auschwitz toda mi vida.” El perdón para muchos era traición. Para Eva era el único modo de tomar por asalto el destino.

Eva Kor, después de Auschwitz
Durante años, Eva Kor vivió acosada por la culpa del sobreviviente. Miles de veces debió justificarse ante otros judíos y sobrevivientes que la acusaban de entregar la dignidad a los verdugos.
Una mañana, Eva simuló escribir una carta al “Doctor Mengele”. Era su ejercicio de control, un modo de forzar la memoria hasta convertirla en otra cosa. Al principio, la mano tembló. “Te perdono, no porque lo merezcas, sino porque mi vida tiene que ser mía”.
A veces, los niños que visitaban su CANDLES Holocaust Museum and Education Center en Indiana le pedían una explicación. —¿Cómo se perdona a quien hizo tanto daño, señora Kor?—. Ella sonreía, ladeando la cabeza con melancolía.
—El odio es un veneno que uno se toma esperando que el otro muera. Yo sobreviví a Auschwitz, no dejaré que me destruya el odio.
Esa militancia por el perdón la convirtió en una figura controvertida. Recorrió escuelas, universidades, congresos. En todas partes sostenía el mismo mensaje esencial: “El perdón no absuelve el crimen, libera a la víctima.”

En el Museo CANDLES —cuyo nombre proviene de Children of Auschwitz Nazi Deadly Lab Experiments Survivors— Eva se encargó de recitar los nombres de las gemelas perdidas. Uno a uno, como incantaciones para que no los tragara el olvido.
Perdonar el horror
Quiso regresar a Auschwitz con sobrevivientes y niños de todo el mundo. En muchas ocasiones, la escena se repetía: Eva, pequeña, vibrante, se plantaba frente a las ruinas de los crematorios. Su voz no titubeaba. —Aquí aprendí lo peor y lo mejor del ser humano. Sobre todo, aprendí a decidir que nadie tiene el poder de dictar mi futuro—.
Nadie salía igual tras oír a Eva contar el terror de las experimentaciones. Detallaba los procedimientos, las inyecciones, la amenaza perpetua. Mostraba las cicatrices visibles y las otras, cuando el pasado aparece en sueños.
A lo largo de los años, miles de cartas llegaron al pequeño museo en Terre Haute. Algunas firmadas por descendientes de nazis, otras por personas que jamás pisaron Europa. Todas le suplicaban lo mismo: una fórmula secreta para sobrevivir al peso de la violencia. Eva respondía siempre con una única receta: “Puedes elegir tu respuesta. Incluso en medio del horror, puedes elegir quién quieres ser.”
Su muerte en 2019 la sorprendió en uno de esos viajes de retorno a Auschwitz. Tenía ochenta y cinco años. Algunos medios internacionales titularon: “Muere Eva Kor, la sobreviviente de Mengele que predicó el perdón.” Las imágenes de sus últimos días muestran a una mujer sonriente, frágil pero luminosa bajo el cielo polaco, rodeada de alumnos que prendían velas en memoria de los niños perdidos.

A escasos metros de donde sobrevivió al exterminio, Eva Kor decidió posar con los brazos extendidos. Cuando uno de los jóvenes le preguntó si no albergaba odio, ella replicó con su tono firme:
—Odiar es perder dos veces. Yo elijo la vida y elijo la paz.
A lo largo de décadas, Eva recogió testimonios de otras “niñas Mengele”. Exhibía ante las cámaras las escasas muñecas que le quedaban de la infancia, los brazaletes numerados, los retratos desvaídos en blanco y negro. Cada objeto llevaba una historia de resistencia, de pérdida y de ese triunfo mínimo de decidir el perdón.
Su activismo no conoció fronteras. Viajó a Europa, a Israel, a América Latina, donde su historia sirvió de testimonio y antídoto frente al olvido y la repetición del odio.
No aceptó ser tratada como heroína: “Sobreviví por azar. Viví para liberarme. Para mí, la verdadera rebelión es rehusar la venganza.”
En una ocasión, una sobreviviente abrazó a Eva después de escuchar su testimonio en un congreso. —Gracias por convertir el miedo en algo vivible—, le susurró. Apenas perceptible, Eva asintió. Debajo de su chaqueta llevaba, cosido en la tela, el número que le asignaron en Auschwitz. Nunca se lo quitó. “El perdón no cambia el pasado, pero puede cambiar el futuro”, solía decir.
En la penumbra rojiza de un crepúsculo en Indiana, bajo la bóveda de un museo fundado como una ofrenda a la memoria de los suyos, Eva Kor mostraba a los niños una pequeña prenda de lana deshilachada. —Esto fue lo único mío que sobrevivió a Auschwitz. Yo sobreviví también.
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