
Las mesas pulidas de la escuela de Chiquinquirá en Colombia, en el año 1967, exhibían cada mañana el mismo ritual: niños vestidos con uniformes prolijos, cuadernos inmaculados y, en uno de los recreos, panes tibios envueltos en el papel de los desayunos escolares. El aroma del trigo llenaba los pasillos.
El 25 de noviembre de ese año, la ciudad se despertó entre la niebla. Nadie podía prever que ese sería el día en que un veneno furtivo se colaría en el corazón de la ciudad. Más de 100 cuerpos, la mayoría de niños, terminaron sin vida solo unas horas después de haber comido un pan “envenenado”.
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Veneno en las calles
La cotidianidad —las campanas de la iglesia, el bullicio de los alumnos, el olor al maíz que asaba una vendedora ambulante— se quebró con los primeros quejidos de los niños. En la pequeña escuelita pública, la histeria se propagó como incendio. Algunos alumnos se estremecieron, sus mejillas se cubrieron de sudor frío. Otros apenas alcanzaron a balbucear palabras incomprensibles. Una maestra, recuerda:
—Corrían hacia la sala de profesores, llevaban las manos al estómago y gritaban: “Me duele, profe, me arde aquí”.
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El reloj apenas marcaba las 9 de la mañana. El primer niño se desplomó en el patio, la cabeza delgada golpeó las baldosas. Las docentes intentaron inútilmente calmar el caos. Un eco de arcadas y quejidos subió por los pasillos, infestando de horror los oídos de los sobrevivientes.
“Los chicos gritaban que les dolía el estómago y caían, uno tras otro, al piso. Alguien pensó que era un virus. Nadie sospechó del pan”, rememora un testigo.
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La tragedia inesperada se diseminó en unos minutos. Veinte, treinta, cincuenta niños, la cifra crecía con cada llamada desesperada al pequeño hospital municipal, cuyo personal, desbordado, improvisó camillas con tableros de madera y esperó ambulancias que jamás alcanzaron a llegar a tiempo.
El pan que se llevó la inocencia
En el depósito de la panadería Nutivara de Aurelio Fajardo, un lote de pan aguardaba para el reparto matinal. Allí, junto al mostrador, el panadero, repasaba la lista de provisiones: harina, azúcar, manteca.
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El proceso de preparación fue rutinario. Una masa batida al ritmo de la tradición, panes alineados en la bandeja, hornos encendidos desde el amanecer. Ningún aroma extraño, ningún indicio de que las hogazas escondían un peligro letal.
El joven Joaquín Merchán fue el encargado de comenzar a realizar la producción de los panes e incluso le manifestó a Aurelio Fajardo, dueño de la panadería, quela harina tenía un olor extraño y algo fuerte,a lo que este le habría dicho que no inventara excusas para no trabajar
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Pero entre los ingredientes habituales se deslizó algo invisible y mortal. La harina utilizada aquel día estaba contaminada con un pesticida agrícola, paratión, una sustancia tóxica cuya dosis letal, incluso en minúsculas cantidades, podía provocar la muerte en pocos minutos.
La tragedia comenzó la noche del viernes 24 de noviembre, cuando unos transportadores iban a entregar varios bultos de harina comprados por la panadería Nutibara en camión de carga. De acuerdo con algunas versiones, antes de partir hacia el municipio boyacense desde la ciudad de Bogotá, unos hombres, que conocían al camionero le pidieron llevar dos cajas con unos frascos de vidrio adentro hasta un almacén de insumos agropecuarios.
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El vehículo tomó la ruta de Ubaté - Chiquinquirá, la cual no estaba pavimentada, por lo que algunos movimientos del camión hicieron que el contenido de uno de los frascos que se encontraba en las cajas se derramara sobre la harina que iba a ser entregada. Los envases contenían Folidol, nombre comercial del Paratión, un insecticida organofosforado utilizado para controlar las plagas en los cultivos.

La ola letal y la ciudad acorralada
En cuestión de horas, decenas de alumnos y profesores entraron en convulsiones, los ojos desorbitados y la piel empapada en sudor. “Vi cómo mi hijo se desmayaba, le salía espuma por la boca. Pensé que no lo volvería a ver”, recordaría después una madre entre sollozos en la radio local.
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Chiquinquirá se convirtió en un epicentro de dolor y confusión. Los muertos, apilados, superaban la capacidad de la morgue.
El propio presidente de Colombia, en un mensaje urgente, exigió la investigación inmediata del caso y envió refuerzos médicos desde Bogotá. Pronto, la prensa nacional e internacional llegó, y el nombre del pueblo, más conocido por su virgen, se asoció para siempre al horror del pan envenenado.
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Las primeras hipótesis
El rumor nació casi tan rápido como la tragedia. ¿Accidente de la panadería? ¿Error de los proveedores? ¿O un acto deliberado de “enemigos” políticos? En una época en que la violencia partidista salpicaba hasta los escenarios más insólitos, ninguna hipótesis parecía del todo increíble .
La investigación policial se centró de inmediato en la cadena de distribución. El panadero Aurelio Fajardo, un hombre sencillo y afable para la comunidad, fue detenido.

Los peritos revisaron las bolsas, encontraron rastros evidentes del pesticida en las muestras tomadas del almacén.
El enigma de cómo exactamente el “veneno” llegó a mezclarse con la harina nunca fue resuelto del todo. Otros, como el fiscal encargado, insistían en que se trató de un accidente trágico, agravado por una cadena de descuidos fatales.
El alcance: cifras de horror
Los periódicos internacionales hablaron de setenta y ocho muertos, la mitad menores de edad. Otros elevaron la cifra hasta cerca de cien. Los sobrevivientes —más de ciento cuarenta— quedaron con secuelas neurológicas, respiratorias y psicológicas.
“No era una noticia local: era un escándalo mundial. Nunca creímos que aquí pudiera pasar algo así, todos nos conocíamos, había confianza”, le narró un periodista del The New York Times al corresponsal local.

La radio repitió durante días los nombres de las víctimas, una letanía condenada a perderse en la memoria nacional. Cientos de familias velaron a sus hijos en silencio. Las campanas doblaron tanto por los pequeños como por una inocencia colectiva que ya no volvería.
El ayuntamiento prometió cambios. Sistemas de control, supervisión de víveres, mayores filtros en las licitaciones públicas. Pero la sensación en el pueblo, recogida por una periodista en años recientes, era de resignación:
—Luego de la tragedia, durante meses nadie quiso comer pan. Era como un símbolo maldito.
Ecos y silencios
Una multitud desbordó la plaza el día del entierro colectivo. Las escenas de dolor se repitieron en las portadas de los diarios y en los relatos de cronistas que buscaban algún atisbo de sentido.
A veces —dice una de las crónicas—, algún niño pregunta a su abuela por qué hay tantas lápidas pequeñas alineadas junto al muro. Ella, en voz baja, responde: “Fue el pan”.
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