
El destino de Truman Capote cambió de forma radical al decidir investigar el brutal crimen de la familia Clutter en Kansas. Ese hecho, ocurrido en el pequeño pueblo de Holcomb el 15 de noviembre de 1959, impactó a toda la comunidad y más tarde marcaría el inicio de un nuevo estilo en la literatura y el periodismo estadounidenses.
El asesinato de Herbert William Clutter, su esposa Bonnie y sus hijos Nancy y Kenyon, llevó a la justicia a dos ex convictos y, años después, proporcionó el material que daría origen a uno de los libros más relevantes del siglo XX.
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La noche en que Perry Smith y Richard Hickcock irrumpieron en la granja de los Clutter, la tragedia se desató de manera despiadada. Herbert, de cuarenta y ocho años y figura respetada en la región, fue atado y degollado en el sótano, rematado con un disparo de escopeta. Su esposa, amordazada, recibió un tiro en la sien mientras permanecía en la cama.

El hijo menor, Kenyon, de quince años, murió por un disparo en el rostro, mientras que su hermana Nancy, de dieciséis, fue ejecutada de un tiro detrás del oído, sin que las súplicas lograran conmover a los agresores. El desprecio de los asesinos por las víctimas se expresaba en comentarios como el de Smith a Hickcock: “Me gustaría ver cómo va a hacer el embalsamador para rellenar ese agujero”.
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Lejos de obtener la fortuna prometida por un conocido de la cárcel, Smith y Hickcock huyeron solo con prismáticos, una radio portátil y cuarenta dólares. La policía inició la investigación en un contexto donde asesinatos como ese, cometido contra una familia entera y sin motivo aparente, resultaban inusuales.
Las primeras sospechas recayeron sobre personas de otros lares, porque en Holcomb nadie imaginaba a un conocido capaz de tanta violencia. La resolución del caso llegó gracias a la confesión de Floyd Wells, el recluso que había divulgado la existencia, supuestamente, de una caja fuerte con diez mil dólares en la granja de los Clutter. Tras identificar a los sospechosos, la policía localizó y arrestó a Smith y Hickcock en México, quienes fueron sentenciados a muerte y ejecutados en 1965.
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Ese crimen, que en principio pudo haber pasado inadvertido en las páginas policiales, cobró notoriedad y tuvo un impacto nacional por varios factores: la conmoción social, el seguimiento mediático y, sobre todo, la intervención de Truman Capote, quien supo ver el potencial narrativo detrás de los hechos.
La noticia se publicó como un texto breve en The New York Times, con el título “Granjero acaudalado y tres familiares asesinados”. El propio autor explicó más tarde que el caso no le llamó mucho la atención: “Uno lee sobre asesinatos múltiples muchas veces a lo largo del año…”. Sin embargo, aquella noticia acabaría modificando su vida y la historia del periodismo.
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El interés de Capote por el caso creció a partir de otras coberturas mediáticas, como un pequeño texto publicado en la revista Time titulado “In Cold Blood – A sangre fría”. El impulso definitivo provino de William Shawn, editor jefe de The New Yorker, quien vislumbró la posibilidad de realizar una investigación minuciosa y transmitir cómo un crimen así había sacudido una comunidad tradicionalmente apacible.

Convocó a Capote, por entonces, un escritor ya conocido. Antes de embarcarse en el viaje, Capote analizó dos posibles temas para reportaje y consultó a su amiga Slim Keith, cuya sugerencia fue tajante: debía ir a Kansas a investigar los asesinatos. La segunda propuesta fue rechazada.
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Otra acompañante fundamental de Capote fue Harper Lee, quien acababa de lograr renombre con su libro Matar a un ruiseñor. La autora prestó apoyo crucial en la aproximación a los habitantes de Holcomb, facilitando entrevistas y creando lazos de confianza que Capote no lograba conseguir.
“Resolvió acompañarme en el papel de asistente de investigación”, recordó Capote, aunque también reconoció, en parte, que la ayuda fue mayor de lo que inicialmente admitía.
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La reconstrucción de los hechos y sus consecuencias demandó a Capote casi seis años de trabajo, viviendo largas temporadas en Kansas y entrevistando a las figuras clave, incluidos los propios asesinos. El autor, que llegó a desarrollar un vínculo profundo, especialmente con Smith, explicó en entrevistas cómo logró describir la vida rural y sus protagonistas con mucho detalle, al tiempo que mostraba el comportamiento de los habitantes del “Estados Unidos profundo” durante los tiempos de la Guerra Fría.
Publicó todo lo que recogió en su investigación en The New Yorker : hasta la ejecución de los asesinos que presenció como testigo. Luego el libro A sangre fría revolucionó el género del reportaje literario. Capote definiría su logro como “la novela de no ficción” y expondría: “Me parecía que el periodismo, el reportaje, podía ser encausado hacia una nueva y seria forma de arte”. La obra combinó el rigor de la investigación factual con la profundidad psicológica de la ficción, influenciando a generaciones y desmoronando los límites tradicionales entre periodismo y literatura.
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El autor de A sangre fría se llamaba en realidad Truman Streckfus Parsons, creció sin la presencia de su padre y bajo el cuidado intermitente de su madre, a quien describiría como interesada en otras cosas más que él. El apellido Capote llegó gracias al segundo esposo de su madre, un cubano al que Truman siempre recordó con afecto. Dotado de un coeficiente intelectual sobresaliente, el joven abandonó la célebre escuela Trinity para incorporarse a The New Yorker como el reportero más joven. Su imagen, reconocible por su físico delicado, cabello rojizo y voz singular, pronto se convirtió en una figura inseparable de la vida literaria y social neoyorquina.
El talento de Capote resultó tan precoz como reconocido: a los veintitrés años publicó su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, donde empezó a cultivar el entrecruzamiento de memoria, experiencia y ficción. Se integró rápidamente en los círculos más selectos, trabando amistades con personalidades como Marilyn Monroe, Marlon Brando, Montgomery Clift y Tennessee Williams. Su relación sentimental más estable fue con el actor Jack Dunphy, a quien conoció en 1948 y con quien compartió gran parte de su vida.
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En 1958, Capote y Dunphy vivieron en distintas ciudades europeas, incluido un largo periodo en Taormina, Sicilia, así como pasaron tiempo en Roma y París. Fue en esa época cuando Capote ideó y escribió Desayuno en Tiffany’s, novela que retrata a la alta sociedad a través de una joven y enigmática protagonista, más tarde inmortalizada por Audrey Hepburn en el cine.

Tras el éxito de A sangre fría, Capote se propuso un nuevo desafío: retratar implacablemente a la elite neoyorquina que lo había acogido. Así surgió Plegarias atendidas, inspirada en una cita de Santa Teresa de Jesús. Esa novela, que narraba secretos y miserias de personajes fácilmente identificables, ocasionó un escándalo mayúsculo. Una de las personas retratadas, aún bajo seudónimo, terminó por suicidarse tras el reconocimiento público. La alta sociedad jamás perdonó a Capote.
El rechazo y la marginación social marcaron el declive de Capote. Salvo por la publicación de Música para camaleones en 1980, el escritor se apartó casi por completo de la producción literaria. Sus apariciones se limitaron a conferencias que, con frecuencia, debieron ser suspendidas por su estado de ebriedad o por episodios incoherentes. El propio Capote resumió su condición de modo inequívoco: “Soy un alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio”.
La adicción al alcohol y las drogas agravó los conflictos emocionales que arrastraba desde la infancia, sobre todo los referidos a su madre, quien también padeció problemas similares y se suicidó a los cuarenta y nueve años. En sus últimos años, Capote alternó entre internaciones en hospitales de Nueva York, Suiza y Miami. Su médico, Bertram Newmann, intentó advertirle sobre el peligro: “Si se endereza, tiene muchos años, muchos, por delante. Pero si va a seguir por ese camino, es mejor que se pegue un tiro en la boca”.

El día de su muerte, 25 de agosto de 1984, Capote se encontraba en la residencia de Los Ángeles de Joanna Carson, ex esposa de Johnny Carson. En la mañana, mostró debilidad y agotamiento, pasando varias horas conversando sobre su madre. Aunque no había bebido ese día, los exámenes post mortem revelaron la presencia de múltiples medicamentos, como Valium, Dilantin, Codeína y Tylenol, además de otras drogas opiáceas. Capote pidió explícitamente a Carson que no solicitara asistencia médica: “Si te importo, no hagas nada. Dejáme ir”.
Ese mediodía había muerto el autor de A sangre fría, una historia que comenzó a escribirse con los asesinatos de la familia Clutter, ocurridos hace 66 años.
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