
El teléfono suena de medianoche en el modesto bungalow de una actriz olvidada. En este barrio de Los Ángeles, nadie sospecha nada. Susan Cabot, la mujer que alguna vez deslumbró bajo las luces de Hollywood, yace muerta. La estrella del cine de serie B fue asesinada de forma brutal por su hijo, en un crimen que aún hoy parece extraído de un guion imposible.
Las primeras notas policiales llegan a la redacción como si fueran parte de una mala broma. Una mujer, pequeña y tímida, famosa por su entrega en series de culto como “The Wasp Woman”, atacada a golpes con una pesa en su dormitorio. Pero tras la sangre y el escándalo, la historia de Susan Cabot es mucho más que un brutal suceso de crónica roja. Ella arrastró consigo el eco de amores prohibidos, de reyes que no podían pronunciar su nombre y de niños nacidos a la sombra del secreto. En su cama confluyeron la intriga política de Jordania y los tentáculos de la CIA.
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El amor clandestino con el rey
Casi nadie recuerda hoy los ojos de Hussein I de Jordania brillando sobre las alfombras de palacio, ni la manera en que el monarca se embarcó en una aventura clandestina con una joven actriz judía, cuyos sueños de fama se mezclaban con el deseo de encontrar un refugio lejos del abuso.
El romance se estrelló contra las reglas inamovibles del trono de Jordania. En los hoteles de Nueva York y las suites anónimas de Londres, la pareja tejió una intimidad cargada de miedo, pasión y lealtad.
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—Si alguien supiera que estamos juntos, perdería todo —solía advertirle Hussein, su voz entrecortada por el deber.
—Te amo igual —contestaba Susan, sosteniéndole la mano en la penumbra.
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Fueron seis años de encuentros furtivos y teléfonos mudos. Nunca hubo fotos ni pruebas. Solo ese muchacho rubio que nacería en 1964, fruto de una promesa rota y un exilio sentimental.
Un hijo lejos del trono jordano
El hijo ilegítimo del rey de Jordania jamás conocería la paz. Timothy Scott Roman —registrado bajo un falso apellido— creció apartado del mundo, privado de un padre, acosado por dudas y diagnósticos médicos insólitos. Le detectaron enanismo pituitario, por lo que su madre, obsesionada con protegerlo, tejió una telaraña de médicos, tratamientos hormonales experimentales y visitas a consultorios que solo lograban aumentar su aislamiento.
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En las escuelas de Los Ángeles, Timothy era blanco de burlas y discriminación. Nunca tuvo amigos, pero sí una madre que, entre sus brazos, mezclaba ternura y terror.

—Hay algo más ahí fuera que no nos dejan tener —susurraba Susan en las noches más oscuras, convencida de que los tentáculos de la política jordana seguían vigilando la casa que compartían.
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Con la fortuna menguada y el favor de los estudios evaporado tras sus años en la American Releasing Corporation, la actriz sobrevivía con pequeños trabajos y esa ansiedad inconfesable de quien se sabe vigilado, perseguido incluso tras la retirada de los focos.
La caída de Susan Cabot
Susan Cabot se volvía impredecible, refugiándose durante días entre cortinas cerradas, convencida de que agentes extranjeros la espiaban, de que su teléfono era intervenido, de que el mundo, de alguna manera, conspiraba para arrebatarle a su hijo.
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Un periodista de Los Angeles Times llegó a describir su presencia como “desvanecida, cargando el peso de un pasado imposible de descifrar”.
Los archivos del caso policial describen una escena de horror íntimo. Aquella noche de diciembre de 1986, Susan y Timothy compartieron una cena en la cocina, según consta en la declaración judicial. El chico, de apenas veintidós años, apenas salía de la casa. Ambos discutieron —el motivo, hasta hoy lleno de sombras—. De repente, los ruidos crecieron.
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—¡Déjame en paz! —gritó Susan, asustada.
—No soporto más tus gritos —respondió Timothy.
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El forcejeo terminó en un estallido brutal. Un golpe seco. Una barra de pesas enterró toda la rabia acumulada por años de culpa y abandono. Susan Cabot murió en forma instantánea.
La noche de la tragedia
La prensa no tardó en disfrazar la tragedia con los arquetipos de la excentricidad de las estrellas venidas a menos. “La reina de la ciencia ficción asesinada por su monstruo doméstico”. En la sala de audiencias, la historia se volvió aún más oscura.
El abogado de Timothy insistió en que el muchacho sufría graves trastornos mentales derivados de los tratamientos hormonales, de la vida de encierro y las presiones insoportables de una madre perseguida por fantasmas y secretos. “No saben lo que fue crecer con el peso de una identidad prohibida, sabiendo que tu padre es un rey lejano y tu madre una actriz despreciada”, argumentó en la sala. El jurado, perturbado, escuchó en silencio las patologías psiquiátricas que se apilaban junto a las recetas médicas y las cartas de amor clandestinas.
La mirada pública se volcó por un instante hacia el legado maldito de Susan Cabot. ¿Quién era ella antes del horror? Nacida como Harriet Shapiro en Lower East Side de Nueva York, descendía de una familia judía azotada por la pobreza y el abandono paternal. El cine la tentó como una vía de escape tan vertiginosa como ilusoria. Tenía solo diecisiete años cuando Universal Pictures la fichó para papeles secundarios. Su belleza atípica —ojos enormes y clavículas marcadas— no se correspondía con los cánones de la época, pero le regaló papeles memorables en películas como “The Viking Women and the Sea Serpent”.
El ascenso terminó siendo su condena. La industria le lanzó promesas de gloria, pero pronto la encasilló en producciones menores. Las revistas la olvidaron y los agentes dejaron de llamarla. Hollywood la exilió a los márgenes de sus producciones. Solo entonces, en los pasillos de un hotel de lujo, apareció Hussein I.

Las primeras visitas de Hussein fueron discretas, camufladas entre excusas diplomáticas. Los rumores, sin embargo, circulaban por los reservados clubes del Upper East Side. Era el tiempo de la Guerra Fría, y la CIA vigilaba los pasos de ambos. Un romance entre un rey de Oriente Medio y una artista estadounidense activa en círculos progresistas era suficiente para encender alarmas.
Una actriz entre Jordania y la CIA
El clima de paranoia crecía. “Pensé que podrían matarme o hacerme desaparecer”, confesó Susan a una periodista, un año antes de morir. “Nadie sabe los riesgos de estar enamorada de un rey cuando no eres digna para su linaje”, dejó escrito en un diario privado.
La historia de Timothy es quizá la más trágica de todas. Criado en la incertidumbre, sobreprotegido y a la vez solo, padeció el estigma de no pertenecer. La identidad de su padre era un secreto a voces, negado por la familia real jordana y nunca confirmado oficialmente por el gobierno de ese país.
Cuando la policía investigó las pertenencias de la difunta actriz, halló cartas en árabe, fotos quemadas y una cadena de oro con el emblema de la familia real de Jordania. No hubo comunicados, ni funerales públicos ni mensajes de pésame del otro lado del Atlántico. Sobre la tumba de Susan Cabot solo reposan dos nombres borrados y la memoria de una vida arrasada.

En la corte, llegaron las confesiones. “Nunca quise lastimar a mi madre, nunca quise matarla”, repitió una y otra vez —voz baja, los ojos anegados— en un testimonio que heló la sala. El jurado decidió no considerarlo un asesino: fue sentenciado solo por homicidio involuntario y salió en libertad bajo fianza.
Los periodistas de Vanity Fair y Los Angeles Times especularon sobre llamadas a puertas cerradas en embajadas, sobre arreglos diplomáticos y transferencias discretas de fondos. La CIA jamás se pronunció sobre el caso.
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