
A finales del siglo XIX, en la ciudad de Nápoles, sur de Italia, la pizza se preparaba y vendía en la calle como un plato simple, popular entre las clases humildes. En 1889, durante una visita oficial a Nápoles, la reina Margarita de Saboya manifestó interés por conocer la comida típica de la región, por lo que se organizó un almuerzo especial, que llevó al cocinero local Raffaele Esposito a crear un emblema nacional.
Según la información publicada por National Geographic, la pizza era vista en aquel tiempo como un plato sin prestigio entre las élites italianas. Muchos despreciaban esta comida por asociarla al uso de los restos o sobrantes, combinados de forma improvisada sobre una base de masa y consumidos por quienes no disponían de recursos para desperdiciar comida.
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La receta cambiaba según los ingredientes disponibles en cada casa. Con el tiempo, la variedad de recetas continuó y los restaurantes comenzaron a personalizar sus propias versiones, identificadas con el nombre del local.

En 1889, Italia apenas había concluido su proceso de unificación. Persistían diferencias culturales y políticas entre regiones del norte y del sur, que dificultaban la integración nacional. La monarquía buscó acercarse al pueblo meridional a través de actos públicos y visitas. La participación de la reina Margarita tenía como objetivo reducir tensiones y mostrar cercanía al pueblo napolitano.
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El papel de Raffaele Esposito fue decisivo en este episodio. Ante el pedido real, descartó ingredientes que consideró poco refinados y preparó tres versiones del plato. Una de ellas consistía en una pizza con tomate, mozzarella y albahaca.
La reina expresó su satisfacción y agradecimiento a través de una carta dirigida al cocinero, quien bautizó la variedad como “pizza Margarita” en su honor.
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Según mencionó National Geographic, existen debates históricos sobre la autenticidad de la carta enviada por Margarita y sobre la veracidad del relato. Sin embargo, el episodio se consolidó en el imaginario colectivo como un hecho simbólico que ayudó a reconciliar diferencias regionales en Italia y contribuyó a la identificación de la pizza como emblema nacional.
Luego de este hecho, la pizza inició su expansión fuera de Nápoles. La migración desde el sur hacia el norte, asociada a la búsqueda de empleo en nuevas ciudades, permitió que la receta se difundiera en toda Italia.
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El plato también acompañó a los numerosos inmigrantes italianos que viajaron, a principios del siglo XX, a ciudades de América como Nueva York, Buenos Aires y São Paulo, donde se adaptó a otros gustos pero conservó sus ingredientes básicos.

De acuerdo con los registros recogidos por National Geographic, el consumo y la popularidad de la pizza aumentaron de forma global en la década de 1950. El plato pasó a ser un producto habitual en restaurantes, en lugares tan distintos como Europa, América y Asia.
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Actualmente, millones de pizzas se venden a diario en los cinco continentes. En 2017, la UNESCO reconoció la pizza napolitana y la labor de los pizzaioli que la elaboran como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Más allá de los detalles históricos y de los posibles matices del relato, este episodio permite comprender cómo una comida sencilla, asociada a la pobreza y a la creatividad popular, se transformó, por la acción de una reina y un cocinero, en un símbolo universal y nacional. Las circunstancias políticas de la época, la búsqueda de identidad en una Italia recién unificada y la presencia de la monarquía facilitaron este proceso de resignificación.
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El caso de la pizza Margarita refleja la capacidad de un plato humilde para integrar a diferentes sectores de la sociedad, superar prejuicios y adquirir prestigio. La historia, aunque parcialmente discutida por los investigadores, continúa inspirando relatos, debates y celebraciones en Italia y en todo el mundo, consolidándose como ejemplo de transformación cultural y gastronómica.
Hoy, la pizza Margarita representa no solo una tradición, sino la unión de historia, cultura y gastronomía italiana, y subraya el modo en que gestos personales y decisiones políticas pueden influir en la identidad de un país. Su evolución desde la marginalidad hasta la cima de la cultura popular muestra el valor de la adaptación y la transmisión de saberes sencillos, que logran trascender fronteras y generaciones.
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