En la última sala del Museo Luigi Rolando de Anatomía Humana, en Turín, Italia, una urna de vidrio descansa entre las tibias de un esqueleto. Contiene el cerebro de Carlo Giacomini, científico que vivió en el siglo XIX y pidió que su órgano fuera resguardado y exhibido. Lo hizo con una técnica de preservación que él mismo desarrolló y perfeccionó. Así, sus restos se encuentran en el mismo museo donde él investigó durante años.
Según los registros del Museo Luigi Rolando, Giacomini ideó un método nuevo para evitar el deterioro rápido del cerebro. La técnica implicaba usar compuestos como cloruro de zinc, glicerina y ácido nítrico. El propio museo expone más de 800 cerebros humanos preparados con este proceso. Entre ellos hay ejemplares marcados como “cerebros de criminales”.
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De acuerdo con fuentes históricas recogidas por Atlas Obscura, los trabajos de Giacomini se desarrollaron en una época de debates sobre la relación entre cerebro y conducta. En ese tiempo, teorías como la frenología y el positivismo criminológico ganaban fuerza. Estas sostenían que la forma del cráneo o del cerebro determinaba la inclinación a ciertas conductas. Cesare Lombroso, colega italiano de Giacomini, aseguraba que la criminalidad se heredaba y era identificable en los órganos.
Lombroso recurrió a Giacomini para obtener cerebros que sirvieran de evidencia para sus postulados. Los órganos provenían de hospitales o cárceles, según la documentación difundida en el sitio web oficial del museo. El problema era mantener el cerebro en condiciones para su análisis. Por esa razón, Giacomini desarrolló su método químico detallado. Como señala Giacomo Giacobini, director científico actual del museo, la preparación permitía observaciones fiables y evitaba deformaciones.
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Sin embargo, las investigaciones de Giacomini no confirmaron las tesis de Lombroso. De acuerdo con Nature, Giacomini concluyó que no había diferencias anatómicas claras entre el cerebro de personas con historial delictivo y el de personas sin ese antecedente. Sus hallazgos, no obstante, fueron ignorados en su época. Parte de la comunidad científica intentó deslegitimarlo, acusándolo falsamente de rechazar la teoría de la evolución.
El método de Giacomini se utilizó de manera limitada en Italia y perdió vigencia cuando surgieron tecnologías como la angiografía digital. Tras la Segunda Guerra Mundial, la comunidad científica descartó las ideas de Lombroso por su relación con el racismo científico, según explicó a Atlas Obscura la historiadora Cristiane Augusto. Poco a poco, la perspectiva de Giacomini ganó fuerza.
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Hoy, la neurocriminología analiza si ciertas áreas cerebrales influyen en la impulsividad o el control de la ira. Adrian Raine, autor de The Anatomy of Violence, sostiene que algunas alteraciones cerebrales pueden aumentar la propensión a la violencia. Sin embargo, Giorgio Gristina y Jaime Arlandis, del Champalimaud Center, consideran que el cerebro cambia con el entorno y que no existen destinos biológicos inmutables.
El legado de Carlo Giacomini, conservado en una vitrina en Turín, representa un punto de inflexión en la historia de la neurociencia. Su trabajo continúa generando debate sobre la influencia de la biología y el ambiente en la conducta. El museo que exhibe su cerebro mantiene viva la pregunta sobre la verdadera naturaleza de las personas.
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