En Brooklyn sobrevive un ícono que se niega a desaparecer: el legendario Spook-a-Rama. Es la última experiencia de terror clásico que aún late en el histórico distrito, un vestigio de aquella época dorada en la que los parques de diversiones competían por estremecer a sus visitantes con la propuesta más escalofriante. Quienes se acercan hoy pueden reconocer su acceso de inmediato, custodiado por una fachada gótica y esculturas fantasmagóricas que invitan a entrar en un viaje directo al pasado.
De acuerdo con el portal Atlas Obscura, hace un siglo Brooklyn se destacaba por concentrar una competitiva oferta de mansiones y recorridos de terror en parques como Steeplechase Park, Luna Park y Dreamland. Las primeras versiones ofrecían fantasmas mecánicos, criaturas góticas y relatos de ultratumba, y competían directamente por la atención de los neoyorquinos.
Según Laff In The Dark, un sitio especializado en este tipo de atracciones, la afluencia gastaba sumas importantes en experimentar miedo en una época en que el entretenimiento visual era mucho más simple: el cine en blanco y negro constituía la alternativa principal.

El Spook-a-Rama fue inaugurado en 1955 en los predios de Deno’s Wonder Wheel Amusement Park, justo en la sombra de la famosa Wonder Wheel. Fred Garms, propietario del parque en ese momento, desarrolló el concepto inspirándose en el auge de las películas de monstruos de la posguerra. El nombre del recorrido juega con la fusión “spook” (fantasma) y la tecnología Cinerama, muy popular en esa década.
Al momento de su apertura, la atracción era publicitada como “el recorrido más largo de Coney Island”, con una extensión original de un cuarto de milla y una duración de 10 minutos. La construcción y ambientación de Spook-a-Rama se debe al trabajo del artesano italiano Dan Casola.
De acuerdo con Charles Denson, referente del Coney Island History Project, Casola trabajó casi en el anonimato desde un taller escondido tras la atracción. Allí diseñó criaturas, tablas pintadas y esculturas automáticas para varias atracciones del parque.
La dedicación de Casola llevó, incluso, a que su familia le acercara las comidas a su taller, para que él pudiera concentrarse en perfeccionar cada detalle de los mecanismos.
Entre sus creaciones más recordadas destaca “Cy”, una enorme cabeza de cíclope convertida en símbolo del lugar hasta que sufrió daños durante el paso del huracán Sandy. El Coney Island History Project rescató la escultura y la exhibió en diferentes galerías del país.
Según testimonios reunidos por Denson, los artesanos de Coney Island se apoyaban mutuamente a pesar de la competencia entre parques. La comunidad funcionaba como un grupo unido de creadores y operarios que compartían materiales reciclados y conocimientos técnicos.

Muchos de los antiguos trenes y figuras de las mansiones sustituidas reaparecían en nuevas atracciones, y en ocasiones una sola escultura pasaba por varias manos antes de asentarse en una ubicación definitiva.
De acuerdo con las investigaciones de Andrew McConnell Scott, profesor de inglés en la Universidad de Buffalo, el concepto de “dark carnival” tuvo su origen al debilitarse los grandes circos ambulantes tras la Gran Depresión. Fue entonces cuando los estadounidenses comenzaron a percibir los ferias y circos, lugares pensados para la diversión, como espacios que podían inspirar temor.
Elementos comunes como los payasos dejaron de asociarse solo con el humor y pasaron a inspirar fobias. Scott sostiene que la popularidad de la figura del payaso siniestro tiene una raíz cultural, reforzada por la literatura, el cine y la propia evolución de los parques de diversiones.

A pesar de la fama de los payasos aterradores, Spook-a-Rama actualmente no utiliza ese recurso en su recorrido. Su ambientación, sin embargo, sigue centrada en personajes clásicos del terror: esqueletos mecánicos, gárgolas, autómatas con forma de animales, e incluso un personaje que simula electrocución mientras suena una sirena.
El recorrido mezcla sustos sonoros con estímulos sencillos, como ráfagas de aire frío y cuerdas que rozan el rostro de quienes avanzan en los pequeños vagones.
La tradición de los recorridos de terror permitía, además, que las personas vivieran experiencias poco habituales en la sociedad de la época.
Según Denson, las antiguas mansiones encantadas de Coney Island ofrecían la excusa perfecta para que las parejas de jóvenes se tomaran de la mano o se abrazaran, conductas que, fuera de ese contexto, se consideraban inapropiadas en público durante la llamada Edad Dorada.
Una foto tomada por la reconocida fotógrafa Diane Arbus en 1961 documenta el interior de Spook-a-Rama en su estado original. La imagen muestra el clásico “pretzel track” en S, además de algunos de los autómatas y decoraciones presentes en ese momento.

La captura de Arbus pertenece actualmente al Museo Metropolitano de Arte y ha inspirado ensayos y relatos, como los escritos por la novelista Francine Prose, quien rememora cómo estas experiencias infantiles fueron la primera evidencia de que incluso los adultos no siempre podían proteger a sus hijos de todo.
Al pasar los años, la presencia de atracciones como Spook-a-Rama se redujo y fueron cediendo terreno a montañas rusas descomunales y a la tecnología de vértigo que hoy domina los parques. Sin embargo, esta reliquia permanece en pie como una cápsula del tiempo: un recordatorio de aquella era artesanal en la que el sobresalto era simple, directo y compartido entre generaciones enteras de visitantes.
El recorrido recuerda a los visitantes que los parques de diversiones siguen mostrando lados desconocidos hasta de quienes más conocemos. El legado de Spook-a-Rama demuestra que una buena historia de terror perdura, aún en medio de la modernidad y el bullicio de la ciudad.
Hoy, Spook-a-Rama se mantiene como uno de los pocos ejemplos en el mundo donde la tradición y la autenticidad se imponen al paso del tiempo.
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