
Creó un dispositivo que revolucionó la medicina cardiovascular, que ayudó a salvar millones de vidas y, años después, terminó salvando la suya. La historia de Julio Palmaz es la de un médico argentino que enfrentó el escepticismo, ganó una batalla legal que se prolongó por casi una década y cambió para siempre la forma de tratar la enfermedad cardiovascular.
Palmaz inventó nada menos que el stent expandible, cuya patente fue aprobada el 15 de agosto de 1988 después de muchas controversias. Nació y creció en La Plata, ciudad donde su padre trabajó de colectivero y de la que conserva recuerdos imborrables. Hincha de Estudiantes y defensor de la educación pública, emigró hace más de cuatro décadas a Estados Unidos.
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La carrera de Palmaz comenzó en el Hospital Interzonal General de Agudos Gral. San Martín de la ciudad de La Plata. Luego fue jefe de Procedimientos Especiales en el Hospital de la Administración de Veteranos de Martínez, California. Luego se mudó a San Antonio, Texas, donde vive, y fue jefe de Angiografía y Procedimientos Especiales del Departamento de Radiología de la Universidad de Texas Health Sciencie Center, hasta 1999, y como jefe de Investigación Cardiovascular hasta el 2005.
El revolucionario dispositivo que permite mantener abiertas las arterias coronarias y ha sido implantado, de acuerdo a sus estimaciones, a más de 40 millones de personas desde que fue autorizada su utilización a principios de la década de 1990.
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El camino hacia la invención del stent comenzó en 1978, cuando Palmaz conoció en persona al doctor Andreas Grüntzig poco después de que este realizara su primera angioplastia. La charla con Grüntzig fue determinante: “Grüntzig presentó el problema: explicó las grandes posibilidades y también las limitaciones que tenía el método de angioplastia por globo”, relató hace unos años Palmaz.
La inquietud por hallar una solución lo llevó a buscar oportunidades fuera de Argentina, motivación reforzada por la falta de recursos y medios en el país. “Después de estudiar y pasar mis boards me fui a Texas exclusivamente para desarrollar el stent. Ahí tenía más tiempo, laboratorios y medios para hacerlo”, explicó.
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El proceso para materializar el stent no estuvo exento de desafíos. La idea nació en 1978 y su patente llegó recién en agosto de 1985, tras años de trabajo solitario. “Eran trabajos en mi garage”, recuerda con humor, aludiendo a los clásicos relatos de inventores estadounidenses. El apoyo de su familia resultó fundamental, aunque no exento de anécdotas: “Mi hija protestaba porque le usaba los lápices de colores para hacer mis primeros geeks, para tejer en los stents”, rememora Palmaz.

En 1988 obtuvo la patente del stent expandible, dispositivo que fue aprobado para su uso médico a principios de la década siguiente por la FDA (Administración de Medicamentos y Alimentos de los Estados Unidos). El nombre definitivo de su invento tiene una historia peculiar. “Yo no lo llamé stent al principio sino Value Expandable Intraluminate Graft. Graft porque le da la idea de que uno ponía un material sintético dentro del cuerpo humano”, relató. Un editor de la American Journal of Roentgenology sugirió la palabra stent, término que fue incorporado a la terminología médica a partir de entonces.
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El origen de la palabra stent se remonta a la historia de Charles Stent (1807-1885), un dentista británico que había inventado una mezcla de ceras para mantener los tejidos en su lugar durante la cicatrización. A partir de entonces se convirtió en un concepto generalizado y se comenzó a utilizar esa denominación para cualquier dispositivo que sirviera para lograr la cicatrización en su lugar.
El médico explicó alguna vez cómo había sido el derrotero de su invento: “Fue un proceso muy lento. Yo nunca pensé que iba a tener el impacto que tuvo. Nunca pensé que el stent iba a ser una plataforma para otras cosas. Pensé que iba a ser algo especial pero no de un uso tan generalizado”. Y agregó. “La primera dificultad que tuve fue el rechazo. Fue algo disruptivo. A muchas personas les resultaba repulsiva la idea de poner un metal implantable en las arterias coronarias. Había otras modalidades competitivas que no funcionaban”.
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Luego del debate médico llegó la instancia judicial. “El problema de aceptación pasó a ser de plagio. La competencia desleal modificaba el stent un poco y lo consideraba su propia invención. Terminé en las cortes peleando por mi patente. Eso llevó un proceso de entre 12 a 14 años hasta que se gané los juicios”.
El impacto mundial de su creación fue inmediato. “A partir de 1994, cuando el stent fue aprobado, la tasa de crecimiento de la cardiología intervencionista aumentó al doble y el número de todos los recursos humanos y técnicos también proliferaron más allá de lo que uno podría haber imaginado”, destacó el médico.
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Hoy, el stent se utiliza en alrededor de tres millones de pacientes al año en todo el mundo, posicionándose entre las diez patentes más importantes de la historia según relevantes organismos estadounidenses y abriendo las puertas a que Palmaz sea el primer argentino incorporado al Salón de la Fama de los Inventores en ese país.
En términos de investigación y desarrollo, Palmaz no se ha detenido. Tras la aprobación del stent original, pasó a acumular más de 300 patentes. En su laboratorio llamado Palmaz Scientific, continuó buscando mejorar los materiales de los stents, aspirando a lograr una pureza y compatibilidad aún mayores: “Estudiamos materiales lo más posible a la perfección desde el punto de vista físico-químico para mejorar las propiedades y hacer los stents más compatibles con lo que hoy se considera pureza. Las drogas, por ejemplo, siguen ese curso. Se supone que sean 99,9% puras. En cambio, los materiales de los stents no lo son. Nosotros estamos persiguiendo la idea de la pureza farmacológica del stent”, había dicho en una entrevista publicada en Clarín.
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Palmaz es egresado de la Universidad de La Plata. Y ha reivindicado el valor de la educación pública: “Para mí, el sistema educativo fue excelente en mis años. Me sentí muy bien preparado cuando me fui a los Estados Unidos. No puedo decir que pasé todos los exámenes de reválidas sin estudiar, pero la base de conocimiento que yo tenía era excelente”.

El contacto con otros nombres importantes de la Medicina argentina, como René Favaloro, también formó parte de su historia. Palmaz recordó: “Lo conocí personalmente a comienzos de los años 70, cuando él recién había llegado de los Estados Unidos. Fue un pionero: creó el bypass, un paso fundamental, uno de los primeros en la terapéutica definitiva para la enfermedad cardiovascular. Eran los ‘70, época de las grandes cirugías. Hoy tratamos de hacer medicina mínimamente invasiva”.
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Si bien Palmaz es reconocido globalmente como inventor, el equipo y el esfuerzo colectivo que llevaron al éxito del stent ocupan un lugar central en su discurso. “Yo fui la punta de la lanza, pero no significa que fui una parte importante en el esfuerzo. Hubo miles de personas con gran inspiración que fueron los que llevaron al stent al uso que tiene hoy”, expresó.
Sobre el futuro de la cardiología intervencionista, el médico mantiene la perspectiva de quien reconoce la complejidad de la materia: “La batalla contra la enfermedad cardiovascular, el asesino público número uno, no está ganada. Lo que estamos haciendo es progreso en sobrevida: ahora, los pacientes tienen 70 y 80 años cuando antes tenían entre 50 y 60. Hoy los pacientes son más frágiles, pero no significa que haya menos, en realidad hay cada vez más”.
Como paciente al que lo colocaron tres stents y creador del dispositivo, Palmaz, que en diciembre de 2025 cumplirá 80 años, conoce todos los ángulos del tratamiento. Consultado sobre recomendaciones para quienes reciben un stent, remarcó la importancia de la educación y el autocuidado: “El paciente tiene que invertir en su propia salud educándose, cómo hacer un estilo de vida saludable. Debería estar interesado en sus niveles de colesterol y glucemia, hacer ejercicios, luchar contra el sobrepeso, ver al doctor seguido y ser parte de la lucha”.
Palabra más que autorizada de médico-aunque dice que está retirado- y de paciente que colecciona autos de la marca Porsche.
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