
En la madrugada del 30 de julio de 1945, el U.S.S. Indianapolis se hundió en el Pacífico tras ser alcanzado por torpedos japoneses, en lo que se considera la tragedia naval más mortífera en la historia de Estados Unidos.
Durante décadas, la cultura popular, impulsada por la película Tiburón, ha difundido la idea de que estos animales fueron los principales responsables de la masacre que siguió al naufragio. No obstante, la realidad de lo ocurrido fue más compleja y trágica.
National Geographic informó que la historia del Indianapolis va más allá del ataque animal: se trata de un episodio de sufrimiento extremo, errores humanos y consecuencias devastadoras para los sobrevivientes y su capitán.
Breve historia y misión secreta del U.S.S. Indianapolis
El U.S.S. Indianapolis, apodado “Indy”, ya tenía un historial destacado antes de su trágico final. Había recibido diez estrellas de combate y había servido como buque de Estado del presidente Franklin D. Roosevelt.
En marzo de 1945, pocos meses antes del naufragio, un piloto kamikaze japonés impactó la nave durante una operación en Okinawa, perforando el casco y obligándola a regresar a California para reparaciones.

Una vez reparado, el Indianapolis fue asignado a una misión de alta confidencialidad: transportar componentes de la bomba atómica que luego sería lanzada sobre Hiroshima. El historiador Seth Paridon, citado por National Geographic, señaló que la nave fue elegida precisamente porque estaba disponible tras el ataque kamikaze, describiéndolo como “un giro del destino”.
El 16 de julio de 1945, zarpó hacia la isla de Tinian, bajo estricto silencio radial. La tripulación desconocía el contenido de la carga, aunque el capitán Charles Butler McVay tenía indicios de su importancia. El 26 de julio, entregaron el cargamento e iniciaron el viaje de regreso, sin saber que se avecinaba una catástrofe.
Detalles del hundimiento: ataque japonés y consecuencias inmediatas
Durante la madrugada del 30 de julio, mientras el Indianapolis navegaba desde Guam, fue detectado por un submarino japonés. El comandante Mochitsura Hashimoto ordenó el lanzamiento de dos torpedos que impactaron en el casco. Paridon describió el suceso como “grandes explosiones” que mataron a numerosos tripulantes al instante y causaron graves heridas a otros.
La nave se hundió en solo doce minutos. De los 1.195 hombres a bordo, cientos desaparecieron de inmediato. Los sobrevivientes, muchos heridos, quemados y cubiertos de petróleo, quedaron a la deriva durante cinco noches y cuatro días, enfrentando condiciones extremas.
El mito del ataque de tiburones: origen, exageraciones y testimonios
La imagen de tiburones devorando náufragos del Indianapolis ganó notoriedad por el monólogo de Robert Shaw en Tiburón. Sin embargo, National Geographic aclara que esta versión distorsiona los hechos. Aunque se trató del episodio con mayor número de ataques de tiburones registrados, la cifra de muertes atribuibles a estos animales ha sido exagerada.

Paridon, subdirector del Museo de las Fuerzas Armadas de Mississippi, explicó que los tiburones —principalmente puntas blancas oceánicas y tiburones tigre— fueron atraídos por el ruido y los cuerpos. “¿Comieron algunos cadáveres? Absolutamente. ¿Mordieron a algunos sobrevivientes? Sin duda”, afirmó, aunque precisó que “no fue en la medida que el mito sugiere”.
El capitán McVay comentó que solo se sintió “un poco molesto” por un tiburón que ahuyentaba a los peces, mientras que el médico Lewis Haynes, citado por la Naval History and Heritage Command, afirmó haber visto solo un tiburón sin presenciar ataques directos.
La documentalista Sara Vladic, coautora del libro Indianapolis, entrevistó a 107 sobrevivientes y sus familias, concluyendo que “la historia humana es lo que se pierde entre tanto enfoque en los tiburones”. Según Vladic, los sobrevivientes rechazaban que se redujera la tragedia a un ataque animal, ya que “muchos más hombres murieron por muchas más causas”.
Verdaderos horrores sufridos
Los náufragos enfrentaron condiciones extremas. Sin alimentos ni agua potable, expuestos al sol y con heridas abiertas, muchos murieron por deshidratación, agotamiento, violencia y suicidios. Algunos bebieron agua de mar, lo que provocó intoxicaciones y alucinaciones colectivas.
El médico Haynes relató que “era sorprendente cómo todos veían lo mismo”, refiriéndose a visiones de islas donde creían encontrar refugio. Él mismo luchó contra las alucinaciones, aunque mantenía momentos de lucidez. Una de las más trágicas ilusiones fue creer que el barco seguía cerca bajo el agua; varios intentaron nadar hacia él y se ahogaron, según Vladic.
Rescate accidental y cifras finales de víctimas y sobrevivientes

A diferencia de lo mostrado en Tiburón, el Indianapolis sí envió señales de socorro tras el ataque. La coautora Lynn Vincent explicó a National Geographic que la misión secreta ya había concluido, por lo que no existía razón para mantener el silencio. Las señales, sin embargo, no se procesaron adecuadamente y no se organizó ninguna búsqueda.
El rescate ocurrió de manera fortuita el 2 de agosto, cuando el teniente Wilbur Gwinn, en una patrulla aérea, detectó manchas de petróleo y restos. Al acercarse, vio grupos de hombres flotando y pidió asistencia. El teniente Adrian Marks acudió en un hidroavión y, al ver la demora de los barcos de rescate, aterrizó en mar abierto —maniobra prohibida— y subió a varios sobrevivientes, incluso atándolos a las alas con cuerdas de paracaídas.
La noche del 3 de agosto, llegaron los barcos de rescate. De los 1.195 tripulantes, murieron 879 y sobrevivieron solo 316.
Consecuencias para el capitán McVay y un legado determinante
El capitán Charles Butler McVay fue sometido a un consejo de guerra en diciembre de 1945 por presunta negligencia. Según Paridon, las normas navales exigían zigzaguear en zonas con submarinos enemigos, pero McVay no lo hizo porque no se le advirtió de amenazas en la ruta.
Durante el juicio, el comandante Hashimoto testificó que ninguna maniobra habría evitado el ataque. Pese a ello, McVay fue hallado culpable. La sentencia no se revocó hasta 1996, tras décadas de presión de los sobrevivientes, según Vincent. El capitán no vivió para ver su nombre limpio: se suicidó el 6 de noviembre de 1968. Paridon describió su muerte como “la última y definitiva tragedia”.

Muchos sobrevivientes nunca hablaron de su experiencia, ni siquiera con sus familias. Vladic contó a National Geographic que varios hijos conocieron la historia solo después de ver Tiburón. Aunque la película ayudó a difundir el hecho, también distorsionó la comprensión pública al centrarse en los tiburones.
El legado del Indianapolis, según Paridon, está en su papel decisivo en el fin de la guerra y en la resistencia de su tripulación. Hoy solo sobrevive un tripulante: Harold Bray, de 98 años. Vladic subrayó que las familias están decididas a preservar la memoria del barco y su tripulación, mucho después de que el último testigo haya partido.
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