
Cada 31 de julio el mundo recuerda a Franz Liszt, quien murió en 1886, y dejó mucho más que una obra admirada. Fue el primer músico capaz de enfervorizar a una sala de concierto como nunca antes. Un fenómeno social que la historia bautizó como Lisztomanía. Genio incomparable del piano, Liszt supo deslumbrar en su época, con virtuosismo y mucha actitud.
Nacido en Raiding en 1811, entonces parte del Reino de Hungría, creció entre acordes y partituras bajo la influencia de su padre, Adam Liszt, amante de la música y miembro de la Sociedad Dilettante. Muy pronto, Franz mostró un oído agudo y, a los ocho años, ya componía y ofrecía conciertos. Su reputación de niño prodigio lo llevó a presentarse en la Casa de Esterházy -familia noble húngara- y, poco después, a recorrer Europa junto a su familia, dando conciertos y ganando su primer dinero.

Los tiempos felices tuvieron corta duración. La vida lo enfrentó muy temprano a una tragedia: la muerte de su padre, su guía, quien contrajo tifus en 1827. Liszt, apenas adolescente, quedó solo con su madre en París. Tuvo que ganarse la vida dando lecciones de piano, mientras recorría la ciudad de una punta a la otra. Su vida sentimental, plagada de desencantos —como su amor frustrado por Caroline de Saint-Cricq— lo sumió en una crisis religiosa y personal. Estas pérdidas, no obstante, fueron transformadoras e impactaron de lleno en su obra.
<b>Caroline y los amores imposibles</b>
La vida amorosa de Liszt fue tan intensa como su música. Su juventud estuvo marcada por el romance con Caroline de Saint-Cricq, su primer amor. Era una joven aristócrata a quien el pianista le daba clases. La relación terminó por presión familiar y quedó devastado. Años más tarde Liszt se enamoró perdidamente de Carolyne zu Sayn-Wittgenstein, una princesa que pretendía casarse con él, pero todavía tenía marido. La pareja luchó durante más de una década para obtener la nulidad eclesiástica. Creyeron que estaban a punto de lograrlo, cuando el Vaticano denegó el permiso a último momento. Nunca pudieron oficializar su unión. Esa relación tormentosa, según estudiosos, inspiró una de sus composiciones más bellas y melancólicas: “Sueño de Amor”.
Liszt también vivió un vínculo apasionado con Marie d’Agoult, la mujer con la que tuvo la relación más estable. Con ella hizo grandes viajes por Europa y tuvo tres hijos, entre ellos Cosima, quien más tarde se casaría con Richard Wagner. Sin embargo, nunca le fue fiel a Marie, quien siempre sospechaba de sus andanzas con otras mujeres y rumores como el encuentro en el departamento de Chopin con la esposa de un amigo.
<b>Éxtasis y fanatismo en la Europa del siglo XIX</b>
Cuando Franz Liszt se transformó en concertista estrella, Europa fue testigo de un fenómeno social inédito. La Lisztomanía, término acuñado por Heinrich Heine, anticipó en más de un siglo el desenfreno colectivo similar como el provocado por Los Beatles.
Liszt subía al escenario sin partitura, con el piano dispuesto de perfil para que el público pudiera observar todos sus movimientos y dramatismo. Su interpretación era electrizante: la cabellera larga, el sudor, los gestos que acompañaban las atmósferas. La audiencia reaccionaba con una devoción que superaba todas las formas anteriores de admiración artística. Con las emociones desbordadas, el público entraba en un trance colectivo. Las mujeres caían en llanto, se desmayaban o luchaban por conservar alguna reliquia del concierto: brazaletes hechos con cuerdas rotas, colillas de cigarrillo que él tiraba al suelo fragmentos de ropa, pañuelos usados, té sin terminar, mechones de pelo como amuleto. Era como una suerte de Midas. Las fans se peleaban por cualquier objeto tocado por él. Los hombres, lejos de la indiferencia, arrastraban su carruaje cuando aparecía en las calles. Era una celebridad.

Renovación, últimos años y legado
Luego de los años de éxtasis y giras interminables, Liszt buscó el sosiego y el trabajo creador. Dejó de lado las giras para dedicarse a la composición y la docencia, marcando el rumbo de la música europea desde Weimar, Budapest y Roma. También su salud comenzó a deteriorarse: una caída por las escaleras en un hotel de Weimar, el asma y una ceguera lo fueron alejando del público, pero nunca lo privaron de la creatividad.
Liszt fue —además de músico— un viajero incansable. En sus últimos años de vida recorría por tierra unos 6500 kilómetros al año. Supo convertir los contrastes de Hungría, las soledades suizas o el bullicio romano en melodías de un virtuosismo insuperable. Las Rapsodias Húngaras, Sueño de amor o su Estudio trascendental número cinco, aún desafían a intérpretes de todo el mundo.
Sin partituras
Liszt interpretaba de memoria, destacaba el piano en escena y transformó cada recital en un acontecimiento emocional. Liszt fue el primero en presentarse solo en el escenario, tocando exclusivamente obras para piano. Cambió rituales y creó nuevas formas de conectar con el público. Elevó al intérprete a figura central, modificando para siempre la experiencia del concierto. Conectó la técnica más exigente con la expresión emocional más pura, y puso en el centro del escenario el magnetismo del virtuosismo individual.
La figura de Franz Liszt encarna el nacimiento del artista moderno y la comunión entre intérprete, obra y público. Inventó la experiencia colectiva del concierto y anticipó el fanatismo musical que solo mucho después contagiaría al mundo.
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