
Sally Kristen Ride tenía 26 años, había estudiado Física y construido un currículum académico brillante cuando leyó un aviso publicado por la NASA donde buscaba aspirantes para el programa espacial. Era su sueño, porque desde chica había querido ser astronauta. De todos modos, se anotó con pocas esperanzas: era una más entre casi nueve mil candidatos, a lo que se agregaba que hasta entonces ninguna mujer estadounidense había viajado al espacio exterior, pero sus trabajos científicos en el campo de la astrofísica y su excelente estado físico fueron determinantes para que estuviera entre los pocos elegidos. Aún así, cuando ingresó no imaginó que su nombre quedaría en la historia como el de la primera mujer astronauta de los Estados Unidos.
Corría 1978 y luego de los cursos de formación inicial la asignaron como comunicadora de cabina (CapCom) para el segundo y el tercer vuelo del programa Challenger. Era un puesto en tierra, pero en contacto directo con el espacio. No se conformó con eso. Propuso y logró que aceptaran su proyecto para diseñar un brazo robot para el trasbordador espacial, el Shuttle Remote Manipulator System, también conocido como Canadarm, que se podía utilizar para desplegar, maniobrar y capturar cargas en el espacio.

Estaba feliz con sus logros, pero no había entrado a la NASA para eso sino para volar. Le costó cinco años lograrlo, hasta que a principios de 1983 la incluyeron como especialista de la misión STS-7 del transbordador espacial Challenger, que despegaría en junio de ese año. Antes que ella, dos mujeres soviéticas, Valentina Tereshkova, en 1963, y Svetlana Savitskaja, en 1982, habían abierto camino a las mujeres en una carrera espacial que por entonces enfrentaba a las dos grandes potencias de la época.
Nacida en Encino, Los Ángeles, el 26 de mayo de 1951, Sally era hija de Carlo Joyce Anderson y Dale Burdell Ride, un matrimonio de origen noruego. De chica parecía estar destinada a ser como cualquier otra de sus compañeras en la escuela de su barrio, pero dos características que no demoró en mostrar empezaron a forjarle un futuro diferente: una inteligencia que se destacaba y un gran talento para jugar al tenis. Esas dos virtudes combinadas le valieron una beca para estudiar en la escuela secundaria Portola, primero, y en Birmingham High School después. Cuando presentó su candidatura para la Universidad de Stanford la recibieron con los brazos abiertos. Allí cursó la carrera de Física con muy buenas calificaciones, a la vez que, como segunda carrera, estudiaba inglés en Swarthmore College. Luego de licenciarse, hizo varios másters en Física y se especializó en la investigación astrofísica. Estaba en eso cuando leyó el aviso de la NASA que le cambió la vida.

Un vuelo histórico
La tripulación de la misión STS-7 del transbordador Challenger estaba integrada por el comandante Robert L. Crippen, el piloto Frederick H. Hauck y los especialistas de misión John M. Fabian y Norman E. Thagard. Sally era la única mujer del equipo. Permanecieron 17 días en la órbita terrestre, durante los cuales desplegaron dos satélites de comunicaciones y realizaron experimentos farmacéuticos. Fue la primera misión en utilizar el brazo robot diseñado por la propia Ride –que también se encargó de operarlo– para recuperar un viejo satélite.
Cuando el Challenger retornó a la Tierra, Sally fue recibida como una heroína nacional, una calificación que la incomodó porque si algo la había caracterizado hasta entonces –y mantendría después– era su perfil bajo, enemigo de la exposición pública y celoso de su vida privada. A pesar de eso su hazaña desató un fenómeno inédito en los Estados Unidos: miles de niñas y adolescentes se plantearon por primera vez la posibilidad de ser astronautas, un trabajo que parecía estar reservado exclusivamente a los hombres. “Millones de pequeñas niñas la vieron por televisión y se dieron cuenta de que pueden ser astronautas, heroínas, exploradoras y científicas”, dijo en ese momento Gloria Steinem, directora de la prestigiosa revista femenina Ms. Magazine.
Todo eso era Sally Kristen Ride cuando todavía no había cumplido 33 años. Ella misma reconocería años después que, al regresar, no era muy consciente de lo que representaba. El hecho de ser la primera mujer estadounidense en viajar al espacio generó grandes expectativas. Realmente no pensé mucho en eso en ese momento, pero al año siguiente volvió al espacio, en una nueva misión Challenger, con la que sumó un total de 343 horas de vuelo. Se estaba preparando para el tercer viaje al cosmos cuando, el 28 de enero de 1986, se produjo el trágico accidente del trasbordador, que estalló en al aire apenas 73 segundos después de despegar y causó la muerte de sus siete tripulantes.
Eso también significó la suspensión de la misión de la que formaba parte y abortó su tercera ida al espacio. Marcó, también, el final de su carrera como astronauta, ya no volvería a volar. En cambio, por su experiencia en las misiones anteriores, fue incluida en la comisión espacial creada por la NASA para investigar qué había provocado el accidente. Después de participar en la elaboración del informe, trabajó en la Oficina Central de la NASA en Washington y fundó la Oficina de Exploración de la agencia espacial. Fueron sus últimos trabajos antes de renunciar a mediados de 1987.

La astronauta feminista
Sally Ride no tomó sus logros como una victoria personal; por el contrario, los vio como un paso más en la lucha por la igualdad de género. Al renunciar a la NASA ya había hecho pública su adhesión al movimiento feminista, sin el cual –sostenía– no hubiese podido ser astronauta. “Una feminista es cualquiera que apoye los derechos de las mujeres y las prioridades de las mujeres. No podría estar haciendo este trabajo si no apoyara los derechos de las mujeres y las prioridades de las mujeres”, dijo por entonces en una conferencia de la Organización Mundial de Mujeres.
Su próximo paso fue dedicarse a la docencia. Dio clases de Física en la Universidad de California y dirigió el Instituto Espacial de California. También formó parte del Centro Internacional para la Seguridad y el Control de Armamentos de la Universidad de Stanford. En los años siguientes recibió el Premio Jefferson de Servicio Público, el Premio Von Braun, el Eagle Lindbergh, y el premio del NCAA Theodore Roosevelt. Además, fue sumada al Salón de la Fama Nacional de la Mujer y el Salón de la Fama de Astronautas, y también fue distinguida dos veces con la Medalla de Viajes Espaciales de su país.
En 2001 fundó una empresa para programas de entretenimiento sobre ciencias, Sally Ride Science, y realizó publicaciones para centros educativos, enfocadas en la formación de niñas y jóvenes, alentándolas a estudiar disciplinas científicas. Ella misma escribió cinco libros didácticos relacionados con la investigación espacial. Tenía mucho más para dar cuando murió de un cáncer de páncreas el 23 de julio de 2012, a los 61 años.

Heroína nacional
Solo después de la muerte de Sally se hizo pública la relación que mantenía desde hacía más de dos décadas con la psicóloga y académica Tam O’Shaughnessy, su socia en la empresa que habían fundado juntas, Sally Ride Science. Según Bear Ride, la hermana de Sally, la primera mujer estadounidense en conquistar el espacio no mantuvo oculta esa relación por temor a los prejuicios, sino por la discreción con que manejó siempre su vida privada. “La mayoría de la gente no sabía que Sally tenía una relación amorosa maravillosa con Tam O’Shaughnessy durante 27 años. Sally nunca ocultó su relación con Tam. Eran socias, socias comerciales en Sally Ride Science, escribieron libros juntas y Sally es muy cercana. Los amigos, por supuesto, sabían de su amor. Consideramos a Tam un miembro de nuestra familia”, escribió Bear en el comunicado familiar por su muerte.
Se la despidió como lo que había sido: una mujer que hizo historia. “Como la primera mujer estadounidense en viajar al espacio, Sally fue una heroína nacional y un poderoso modelo a seguir”, dijo el presidente Barack Obama en un discurso en su honor.
Aunque quizás el mejor homenaje que haya recibido Sally Ride sea el que le prodigaron los guionistas de la serie postapocalíptica The last of us. En un diálogo del último capítulo de la primera temporada una amiga le pregunta a Ellie –la protagonista adolescente encarnada por la actriz Bella Ramsey– qué le habría gustado ser de no haber ocurrido la invasión zombie. “Astronauta, como Sally Ride”, responde.
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