Rom Houben tenía 19 años cuando un accidente de tráfico cambió su vida. Este joven belga estudiaba ingeniería y, por encima de todo, amaba las artes marciales. Vivía con el deseo ferviente de hacer algo grande, de ser más que solo un estudiante.
Su vida en Bélgica hasta ese momento se desarrollaba entre los pasillos de la universidad, su pasión por los deportes de combate y la idea de alcanzar algo aún mayor. Nada presagiaba que una tarde de 1983, todo eso se desmoronaría.
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Según The Guardian, era un día cualquiera en el que Rom, mientras viajaba en su coche, sufrió un accidente que, en términos médicos, fue devastador. Su corazón dejó de latir durante varios minutos y su cerebro estuvo privado de oxígeno.
El diagnóstico fue tajante: estado vegetativo. Para los médicos, la cuestión parecía clara. No reaccionaba a estímulos, no podía mover ni un dedo, su cerebro ya no mostraba señales de vida. Para ellos, su conciencia estaba “extinguida”. La respuesta fue rotunda: no había esperanzas. Fue diagnosticado en coma irreversible.
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Durante 23 años, la vida de Rom fue una constante lucha contra la invisibilidad. Porque estuvo consciente todo el tiempo.
Todo lo que pasó a su alrededor, las conversaciones, el llanto de su madre, las visitas de los médicos, lo vivió en su interior. Estaba atrapado, pero su mente seguía viva. Solo que nadie lo sabía.
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Sus padres se negaron a creer lo que los médicos les decían. Fina nunca dejó de hablarle, nunca dejó de mirarlo.
“Yo sabía que Rom seguía ahí”, recuerda ella en una entrevista con RTL. En un acto de resistencia, lo cuidaban como si estuviera bien. Lo llevaban a sus vacaciones, lo sentaban en medio de la sala, lo incluían en todos los momentos familiares.
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Incluso en las bodas, aunque no podía moverse, lo sentaban en una silla para que “estuviera en el centro de todo”. La madre de Rom tenía una certeza: su hijo no había muerto, estaba allí, en algún lugar, esperando ser encontrado.
Según Daily Mail, a pesar de lo que sus padres creían, las señales de vida de Rom no fueron percibidas. Mientras que los médicos y expertos se convencían de su estado vegetativo, Fina se dio cuenta de pequeños movimientos. Cuando le pedía que mirara, él levantaba ligeramente la cabeza. Cuando le pedía que girara la cabeza, él lo intentaba.
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El camino hacia la revelación de la verdad comenzó a tomar forma en 2006. Según reseña The Guardian, fue entonces cuando el neurólogo Steven Laureys, director del Coma Science Group de la Universidad de Lieja, decidió investigar más a fondo el caso de Rom.

Laureys se dedicaba a la investigación de pacientes en coma, con el objetivo de descubrir qué sucedía realmente en los cerebros de los diagnosticados como en estado vegetativo.
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Durante años, él había escuchado historias de personas que, como Rom, aparentemente no reaccionaban, pero en el fondo estaban completamente conscientes. Decidió entonces realizar una prueba más exhaustiva.
Utilizando tecnologías avanzadas de escáner cerebral, Laureys descubrió que Rom, a diferencia de lo que se pensaba, no estaba muerto por dentro. Su cerebro seguía funcionando casi de manera normal, y lo más impactante de todo: estaba consciente.
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En un principio, el equipo médico se mostró escéptico, pero Laureys insistió en continuar con el análisis. Finalmente, el descubrimiento fue confirmado cuando Rom logró presionar un botón con el pie para responder a una pregunta: “¿Estás consciente?”. “Sí”, fue su respuesta.
El impacto de este hallazgo fue monumental. El joven había estado “encerrado” en su propio cuerpo durante más de dos décadas, escuchando, sintiendo, pero sin poder comunicarse.
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Según describió tiempo después el propio Rom en entrevista con The Guardian, ese momento fue “un segundo nacimiento”. Había recuperado una forma de interactuar con el mundo. Sin embargo, el sufrimiento que había soportado no podía ser expresado con facilidad. “Gritaba, pero no había sonido”, recordó Rom.
Es que su vida cambió, pero no de inmediato. La rehabilitación fue lenta y dolorosa. Comenzó a usar una pantalla táctil y un teclado adaptado para poder comunicarse. Su cuerpo seguía paralizado, pero la mente, finalmente libre, comenzaba a retomar el control. A pesar de la frustración por los años perdidos, Rom no perdió la esperanza.

A través de la logopedia, pudo aprender a escribir mensajes y compartir sus pensamientos más profundos.
Los años que Rom pasó postrado en su cama fueron los años en que meditaba, viajaba con su mente hacia otros tiempos, imaginaba su vida de otra manera. “Me fui a otro lugar con mis pensamientos, a veces me sentía como si fuera solo mi consciencia y nada más”, relató a The Guardian.
En ese exilio mental, el joven belga encontró una forma de sobrevivir al sufrimiento: se convirtió en un testigo silencioso de su vida. Vio cómo su madre le hablaba de la muerte de su padre.
Oyó las conversaciones de los médicos, pero no podía decir una palabra, no podía mover su cuerpo. Estaba atrapado en el confinamiento de su propio cuerpo, pero su mente se mantenía viva.
Ahora Rom comenzó a escribir un libro sobre su experiencia, una obra en la que busca explorar con humor todo lo vivido durante los años de silencio.

Para su madre, este libro no es solo una forma de dar a conocer la historia de su hijo, sino una muestra del extraordinario ser humano que siempre ha sido, incluso cuando el mundo lo había dado por perdido. “Rom siempre ha tenido ganas de reír, incluso en los momentos más oscuros”, afirmó Fina al medio británico.
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