
Charles Francis Hall vino al mundo lejos del hielo, en una América donde los sueños aún se arrastraban en carretas y el conocimiento era privilegio de pocos.
Su familia se trasladó a Rochester cuando aún era niño. Creció con una educación escasa y una ambición desmedida. Según National Post, en 1840, se mudó a Cincinnati, Ohio, donde se casó, crió hijos y abrió un modesto taller de grabado, especializado en sellos de cera y tarjetas. También publicó un periódico local, el Cincinnati Occasional.
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Llevaba una vida ordinaria, hasta que lo extraordinario tocó su puerta en forma de obsesión: la tragedia de la expedición de Franklin.
En 1845, Sir John Franklin había partido hacia el Ártico con 129 hombres y dos de los barcos más avanzados de la época. Su destino: encontrar el Paso del Noroeste. Nunca regresó.
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“Quizás muchos dirán... ‘¿qué tienes tú que ver con esto?’”, escribió una vez. “Pero me parecía que había sido llamado”.
Él, que no había navegado jamás y no distinguía el norte del sur sin un mapa, llenó cuatro cuadernos con recortes, hizo decenas de cartas a exploradores y se convenció de que aún había supervivientes de la expedición viviendo entre los inuit. Contra toda lógica, se decidió a encontrarlos.
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Según National Post, vendió su imprenta y, con apenas 27 dólares prestados por su esposa, se embarcó como polizón de voluntad en un ballenero que partía rumbo a Baffin Island, en febrero de 1860.
Tenía 39 años, ningún entrenamiento en navegación y un espíritu que parecía impermeable al fracaso.

La travesía no fue sencilla. Su bote fue destruido, su plan de atravesar el “Estrecho de Frobisher” resultó un error: no era un estrecho, sino una bahía.
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Pero Hall no volvió con las manos vacías. Halló restos del intento elisabetano de Sir Martin Frobisher por excavar oro en el siglo XVI. Había descubierto la ubicación exacta de una expedición de hace 300 años. Los mapas del mundo cambiaron por su hallazgo.
Durante dos años vivió en el Ártico, alimentándose con carne cruda y hielo derretido, guiado por una pareja inuit de leyenda: Ebierbing y Tookoolito, llamados Joe y Hannah por los balleneros. Ella había tomado té con la reina Victoria.
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Él conocía el hielo como otros conocen las aceras. Se hicieron inseparables.
Según Dictionary of Canadian Biography, que realizó un informe sobre su vida, cuando volvió a Estados Unidos en 1862, ignoró por completo la Guerra Civil que dividía el país. Su mundo estaba en otra parte. Publicó un libro, Arctic Researches and Life Among the Esquimaux, y comenzó a recaudar fondos para una segunda expedición.
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Llevó a Joe y Hannah por los teatros, vestidos con sus trajes tradicionales, mientras relataba sus aventuras en el norte y vendía su pasión como destino nacional.
En julio de 1864 volvió al Ártico, decidido a llegar por fin a King William Island, el epicentro del misterio Franklin. Se instaló durante años en la región de Roes Welcome Sound, viviendo en condiciones extremas.
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Los inuit, sin embargo, lo frustraban. No querían acompañarlo al destino final. Desesperado, contrató marineros. Uno de ellos lo amenazó con un motín. Hall lo mató de un disparo.
Finalmente, en la primavera de 1869, casi diez años después de su primer viaje, Hall llegó a la isla de Franklin. Encontró más restos, huesos, objetos dispersos, pero ningún sobreviviente.
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Había perseguido un fantasma. Aun así, había demostrado una idea revolucionaria: que un hombre blanco podía sobrevivir en el Ártico si vivía como los inuit. En su capacidad de adaptación, Hall fue precursor de lo que luego haría Vilhjalmur Stefansson.
Pero Hall no estaba satisfecho. Ahora quería más. Quería el Polo Norte.
A su regreso, logró lo impensado: convencer al presidente Ulysses S. Grant y al Congreso de financiar una expedición exclusivamente estadounidense, con un presupuesto de 50 mil dólares. La Polaris Expedition, lanzada en 1871, fue la primera misión al Polo Norte financiada por el gobierno de EEUU.
Sin embargo, el éxito sembró su propia ruina. Hall fue puesto al mando de una tripulación multinacional que no lo respetaba. El capitán del barco, Sidney Budington, y el médico alemán, Emil Bessels, lo despreciaban abiertamente.

Como explicó el historiador Russell Potter a National Geographic, Bessels veía a Hall como un “diletante sin educación”. Y Hall lo llamaba en su diario “el pequeño maestro de danza alemán”.
El Polaris alcanzó el punto más al norte jamás registrado hasta entonces, 82°29’N, y ancló en la costa de Groenlandia, en un sitio que Hall llamó “Thank God Harbor”. Allí ocurrió el desastre.
Según Discovery Uk, el 24 de octubre de 1871, Hall regresó de un viaje en trineo. Bebió una taza de café caliente y en pocas horas se encontraba en cama, delirando, paralizado, acusando a Bessels de envenenarlo. Se negó a recibir atención médica. Empeoró. Murió el 8 de noviembre.
La versión oficial habló de apoplejía. Pero su cuerpo fue enterrado apresuradamente. Los conflictos a bordo se intensificaron. En 1872, el barco encalló.
En plena noche, parte de la tripulación, incluidos inuit, mujeres y niños, quedó atrapada en un témpano de hielo durante seis meses, hasta que un ballenero los rescató cerca de Labrador. La otra mitad sobrevivió gracias a la ayuda inuit en Etah, construyendo refugios con los restos del barco.
El juicio naval exoneró a todos. Pero la sospecha quedó sembrada.
Según Discovery UK, décadas después, el historiador Chauncey C. Loomis decidió resolver el misterio. En 1968, viajó a Groenlandia y exhumó el cuerpo de Hall, conservado por el permafrost. El análisis fue revelador: los tejidos contenían cantidades letales de arsénico, administradas durante las últimas dos semanas de vida.
Los médicos del siglo XIX usaban arsénico en medicinas. Pero las dosis en el cuerpo de Hall no eran terapéuticas. Eran veneno. ¿Quién lo administró? Loomis señaló a Bessels. El único con conocimientos suficientes para envenenar sin dejar rastros.
En 2015, apareció una carta enviada por Hall a la escultora Vinnie Ream el día antes de enfermar. Ream también había mantenido correspondencia con Bessels.
Hall murió dos veces. La primera en 1871, cuando su cuerpo se detuvo. La segunda, en la historia oficial, que lo enterró como un amateur entrometido. Pero lo que dejó es imborrable: redibujó el Ártico, reivindicó el saber indígena, y vivió como pocos lo hicieron: al límite entre el hielo y la obsesión.
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