Este 30 de abril se cumplen 36 años del fallecimiento de Guy Williams, el actor que encarnó a uno de los héroes más emblemáticos de la televisión mundial: El Zorro. Su muerte, lejos de los estudios de Hollywood y del bullicio de la fama, ocurrió en soledad, en un departamento del barrio de Recoleta, en Buenos Aires, ciudad que lo adoptó como un ídolo cultural y sentimental. El cuerpo de Williams fue hallado el 6 de mayo de 1989, pero los peritajes indicaron que había fallecido el 30 de abril, víctima de un aneurisma cerebral. Tenía 65 años.
En Argentina, donde la serie “El Zorro” se convirtió en un clásico de todos los tiempos, su figura permanece grabada en el inconsciente colectivo. Las repeticiones de la serie siguen liderando el rating, como ocurrió en 2022 cuando El Trece volvió a emitir el programa, y la legendaria serie se convirtió en el ciclo más visto de las mañanas de la televisión. Y aunque su legado televisivo aún perdura, su vida personal —y especialmente sus últimos años— estuvieron marcados por el retiro, el silencio y las contradicciones.
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De héroe enmascarado a figura internacional
Guy Williams, nacido Armando Joseph Catalano el 14 de enero de 1924 en Nueva York, comenzó su carrera como modelo antes de incursionar en la actuación. Fue elegido por Walt Disney en persona para interpretar a Diego de la Vega, un aristócrata californiano que se transforma en el justiciero El Zorro, defensor de los débiles ante la opresión de los poderosos. “Guy estaba en una forma increíble, con una cara que solo Dios puede darte”, explicó el historiador Geoffrey Mark en Woman’s World.
La serie fue un éxito rotundo entre 1957 y 1959, y contó además con cuatro especiales en 1960. Sin embargo, problemas legales entre Disney y la cadena ABC terminaron abruptamente con el proyecto, dejando a Williams atado a un contrato que le impedía trabajar en otras producciones, aunque siguió cobrando su sueldo.
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A pesar de que luego interpretó otros personajes importantes —como Will Cartwright en Bonanza y el profesor John Robinson en Perdidos en el espacio (1965–1968)—, nunca logró igualar el fenómeno popular que generó con El Zorro. Él mismo se refirió a esta situación en Longview Daily News: “Cuando no soy el Zorro, soy Diego. Es como trabajar en una película que nunca terminas”.
La serie “El Zorro” se emitió por primera vez en Argentina en 1968 y fue tal el éxito que en 1973 se organizó una visita del actor al país. Lo que parecía una gira promocional se convirtió en un suceso cultural. En su llegada al aeropuerto de Ezeiza, fue recibido por miles de fanáticos.
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Ese furor lo impulsó a regresar ese mismo año acompañado por Henry Calvin, el actor que interpretó al entrañable Sargento García, con quien realizó una gira de espectáculos por distintas ciudades del país. Poco después, Guy Williams comenzó a ver a Argentina como algo más que un destino profesional.

El amor que lo hizo quedarse
En enero de 1978, conoció a Araceli Lizaso, una actriz argentina 30 años menor que se convirtió en su gran amor. Ella contó que en su primer encuentro se vieron y se quedaron con la mirada clavada y que fue “de película”. Tras aquel encuentro, comenzaron una relación que los llevó a vivir juntos en Potrero de los Funes, San Luis, donde Guy quedó fascinado con el paisaje y decidió establecerse.
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Durante un tiempo, se presentó en funciones en vivo junto a Fernando Lúpiz, quien interpretaba al Capitán Monasterio, dentro del Circo Real Madrid, donde fue ovacionado por nuevas generaciones de fanáticos. También intentó relanzar su carrera con una película, “El Zorro vivo o muerto”, con producción de Palito Ortega, pero el proyecto se canceló. Decepcionado, Williams regresó a los Estados Unidos brevemente, aunque poco después volvió a Buenos Aires para quedarse definitivamente.

En 1983, durante una visita a Los Ángeles para grabar un programa, sufrió una embolia. A partir de allí, decidió no volver más a los Estados Unidos, olvidarse para siempre de la actuación y dedicarse a pleno a cuidar su salud. Se volvió una figura discreta, lejos de los medios, y frecuentaba con regularidad el tradicional café La Biela, en Recoleta.
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Al momento de su muerte, estaba separado de Araceli Lizaso y vivía solo. El 30 de abril de 1989, falleció a causa de un aneurisma cerebral. Como sus vecinos no lo veían desde hacía días, alertaron a la policía, que forzó la entrada a su departamento y lo halló sin vida. Su cuerpo fue encontrado el 6 de mayo, pero llevaba muerto seis días.

La despedida solitaria
El funeral fue íntimo, casi desolador. Mirtha Legrand, quien fue una de las dos únicas personas que asistieron, junto a Fernando Lúpiz, recordó en su programa: “Yo fui al entierro. Éramos dos personas. Me impresionó, porque sobre el ataúd le habían puesto la bandera de los Estados Unidos”.
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Este relato provocó la reacción de Araceli Lizaso quien desmintió que el actor estuviera en la ruina: “Quieren mostrarlo como la historia del Mono Gatica, a quien adoro. Pero Guy no estaba pobre, no estaba solo. Su muerte fue un accidente en una época donde no había comunicación”. En una entrevista radial, Lizaso reveló: “Quedó en que me iba a llamar, pero no me llamó... Me había alejado de Guy en 1984, porque su exmujer no le daba los papeles. Me casé con otro casi por rebeldía, pero me vino a buscar”.

El último deseo: una despedida entre montañas y océano
Gracias a gestiones de Fernando Lúpiz ante la Asociación Argentina de Actores, sus restos fueron alojados temporalmente en el panteón de la entidad en el cementerio de La Chacarita. Solo dos años después, su hijo mayor retiró las cenizas y cumplió el deseo del actor: esparcirlas sobre las montañas de California y el océano Pacífico, los dos paisajes que más había amado.
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Hoy, más de tres décadas después, Guy Williams sigue presente en la televisión, en la memoria y en los corazones de los argentinos. El actor ha conseguido esquivar el olvido. Los corazones de millones de argentinos de todas las edades llevan la Z marcada en su corazón. La historia del hombre detrás del antifaz negro demuestra que la fama puede ser efímera, pero el amor de un pueblo es inmortal.
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