
Si hay apellidos que se han convertido en sinónimos de un oficio, Pinkerton sin duda lo es de “detective privado” desde hace más de un siglo y medio. Fundada a principios de la década de 1850, la suya fue – y es - una de las primeras agencias de detectives del mundo, pionera de las investigaciones privadas en los Estados Unidos. Con el correr de los años, las hazañas de sus primeros agentes se han convertido casi en leyenda: fueron los primeros en proteger a los trenes que atravesaban el territorio norteamericano de los asaltos de los bandidos a caballo, participaron como infiltrados y espías durante la Guerra Civil, frustraron un atentado contra la vida del presidente Abraham Lincoln y varios de ellos vinieron a la Argentina persiguiendo a Butch Cassidy, Sundance Kid y Etta Place en su huida hacia Cholila. También fue la primera agencia en contratar a una detective mujer, la joven viuda Kate Warne, cuya vida es una leyenda por sí misma.
Pese a la fama de la agencia que bautizó con su nombre y convirtió en emblema de defensa de la ley – o, en realidad, de los intereses de aquellos poderosos para quienes estaban hechas las leyes -, es poco sabido que su fundador, el escocés Allan Pinkerton, llegó a los Estados Unidos para escapar de la persecución de otros poderosos, los de su tierra, y que se convirtió en el primer detective norteamericano casi por casualidad.
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Nacido en un suburbio marginal de Glasgow el 25 de agosto de 1819, Allan Pinkerton era hijo de un policía que perdió la vida en cumplimiento del deber. Al quedar huérfano de padre, a los ocho años dejó la escuela para trabajar como aprendiz de tonelero y conseguir unos chelines que ayudaran a su madre, Alice, a parar la olla. En poco tiempo aprendió el oficio y también a defender sus intereses como trabajador sumándose al cartismo, un movimiento radical que bregaba por los derechos civiles y expresaba la agitación obrera que había generado la Revolución Industrial en el Reino Unido.
Corrían tiempos en que los trabajadores que luchaban por sus reivindicaciones eran considerados delincuentes y perseguidos como tales, por lo que Pinkerton quedó pronto en la mira de la policía, que puso precio a su cabeza. Sin trabajo y casi acorralado, en 1842 se embarcó con su esposa hacia los Estados Unidos en busca de mejores horizontes. Tenía poco más de treinta años.
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De tonelero a policía
El matrimonio se asentó en Dundee, cerca de Chicago, y allí Allan pudo retomar su antiguo oficio e instaló una pequeña fábrica de toneles para abastecer a los granjeros de la zona. Le iba bien porque sus productos eran buenos y casi no tenía competencia, pero en 1847 un hecho casual cambió el rumbo de su vida. Se había adentrado en el bosque para buscar madera cuando descubrió el refugio de una banda de ladrones que las autoridades buscaban sin suerte desde hacía años.
Gracias a su aviso, la policía pudo rodear el lugar y capturarlos. Meses después, sus vecinos le pidieron que los ayudara a desenmascarar a un estafador que estaba pasando billetes falsos y Pinkerton montó una trampa que permitió mandarlo a la cárcel.
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Esas dos victorias contra el delito le brindaron cierta fama y la policía de Chicago le propuso incorporarse a sus filas, no como agente sino como investigador. Durante un año repartió su tiempo entre su taller de toneles y la resolución de casos, hasta que a fines de 1848 lo nombraron sheriff local, un cargo electoral. Sus vecinos confiaban en él, no solo por su capacidad de investigación y sus buenos puños – las grescas en las movilizaciones carlistas lo habían hecho un hábil peleador – sino también por su honradez. Resolvía los robos y otro tipo de crímenes con facilidad y demostraba una aguda inteligencia. Entre los otros policías se decía que era capaz de descubrir a quien mentía solo con una mirada.
Uno de los mayores problemas delictivos de la época era el robo de trenes y Pinkerton resolvió dos o tres con relativa rapidez y pudo capturar a los ladrones. Eso aumentó su fama de investigador eficaz y también le permitió codearse con empresarios poderosos. Se convirtió en amigo y hombre de confianza del presidente del Rock Island y el Ferrocarril Central de Illinois, George Mc Clellan, y del abogado de la compañía, Abraham Lincoln, un hombre que dividía su tiempo entre la práctica legal y la política. Solían comer los tres juntos por lo menos una vez por semana.
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La agencia propia
Esos y muchos otros contactos con el mundo empresario lo animaron a asociarse con el abogado de Chicago Edward Rucker y dar el gran salto: fundar una agencia de detectives propia, un hecho que no tenía antecedentes en los Estados Unidos. Era en realidad, una policía privada al servicio de políticos y empresarios, que investigaba robos, casos de corrupción, proporcionaba seguridad y, llegado el caso, también era capaz de perseguir a líderes de los trabajadores y reprimir huelgas. Reclutó a sus detectives en las filas policiales, seduciéndolos con sueldos mucho mayores que los que les pagaba el Estado. La relación de la agencia con el mundo policial quedaba claro desde el nombre con que la bautizó, North-Western Police Agency, que luego cambió por Pinkerton Agency, a la que también incorporó a su hermano Robert.
Uno de los primeros casos que resolvió la Agencia fue una estafa en los Correos de Chicago. Contratado por la empresa, decidió investigar en persona y se hizo pasar por un empleado nuevo de la oficina principal para rastrear la desaparición de cartas con cheques bancarios por valor de miles de dólares. No tardó mucho en descubrir al culpable, el sobrino del propio administrador que lo había contratado. El hombre, para salvar el buen nombre de su familia, quiso sobornar a Pinkerton para que tapara el asunto, pero en lugar de hacerlo el detective lo denunció a él también ante la dirección de la compañía. Eso le ganó fama de incorruptible. Gracias a ese prestigio, la agencia consiguió un contrato con las seis compañías de ferrocarril más importantes del Medio Oeste para vigilar sus vagones y estaciones.
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Además, los correos lo contrataron de manera permanente para que investigara robos y sustracciones en vehículos postales y estafetas. Pinkerton no se limitaba a hacer su trabajo, también lo perfeccionaba de manera constante: su agencia fue pionero en introducir técnicas científicas para relevar las escenas de los crímenes y en tener un laboratorio forense. Creó, además, el primer archivo de delincuentes, con fotografías y descripción de sus señas particulares, al que llamó ingeniosamente “la galería de pícaros”, y desarrolló varias técnicas de investigación que todavía hoy se utilizan, como el seguimiento de sospechosos y la creación de falsas identidades para infiltrarse o realizar misiones de espionaje.
Cuando estalló la Guerra de Secesión, Pinkerton sirvió como jefe del Servicio de Inteligencia de la Unión de 1861 a 1862. A sus órdenes, los agentes de su agencia se hicieron pasar por soldados o simpatizantes Confederados, para conseguir información militar secreta.
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Lincoln y la mujer detective
Entre sus innovaciones, también fue pionero en la contratación de mujeres detectives. La primera fue una joven viuda de 23 años llamada Kate Warne y lo hizo con cierta resistencia. Cuando la mujer le ofreció sus servicios, Allan le contestó que ese era un trabajo de hombres, pero la insistencia de Kate terminó por convencerlo con un argumento que lo sorprendió: le dijo que ella, por su condición de mujer, podía investigar y descubrir secretos en muchos lugares donde los hombres no tenían acceso y con personas que no se abrirían ante ellos. Le explicó también que podría ganarse la confianza de las esposas y novias de los sospechosos para sacarles información, y que los hombres suelen volverse fanfarrones y hablar de más ante una mujer para impresionarla, si ésta tiene la habilidad de fomentarles la jactancia. “Dio razones excelentes por las que podría ser de utilidad, de modo que decidí al menos intentarlo”, dejo escrito Pinkerton en sus memorias.
Kate demostró pronto no solo podía trabajar a la par de los hombres sino que era capaz de sacarles ventaja. Lo demostró acabadamente cuando la agencia frustró un atentado contra Abraham Lincoln, recién electo presidente, durante el viaje a Washington para asumir el cargo. En ese caso, Pinkerton y Kate trabajaron codo a codo infiltrándose entre los simpatizantes de la Confederación en Baltimore, donde se planeaba el ataque. Encubierta bajo las falsas identidades de Mrs. Cherry y Mrs. Barley, Kate descubrió que un grupo pretendía asesinar al presidente mientras viajaba en el tren hacia Washington. Pinkerton consiguió que Lincoln se disfrazara para hacerse pasar por un anciano discapacitado.
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Recién entonces lo llevaron hasta el tren, pero no al vagón que venía utilizando, sino a un coche cama contratado por Kate Warne para viajar con su supuesto “hermano inválido”. El vagón estaba separado por una cortina de modo que nadie viera quién lo ocupaba. Así engañaron a los conspiradores. Durante el resto del viaje, Kate Warnes no se despegó un minuto de Lincoln. Según un relato que hizo correr después la Agencia Pinkerton, la detective no durmió hasta que llegó con el presidente sano y salvo a Washington DC. Eso dio lugar al histórico slogan de la agencia: “We never sleep” (“Nunca dormimos”).

La fama y la muerte
Después de salvarle la vida al presidente, el prestigio de Pinkerton y su agencia subieron hasta las nubes. En las décadas siguientes expandió sus servicios en el mundo empresarial y su nombre convirtió en sinónimo de la investigación. Ganaba millones de dólares. Para afianzar su nombre, Allan Pinkerton comenzó a publicar también novelas de detectives que se vendían a precios populares y que, se aseguraba, estaban basadas en sus propias aventuras o las de sus agentes. Todas llevaban su firma, aunque desde el principio se sospechó que para escribir la mayoría de ellas utilizó los servicios de “negros literarios”.
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Estaba en el pináculo de la fama cuando, el lunes 16 de junio de 1884, tropezó mientras caminaba por una calle de Chicago, cayó sobre el pavimento, se mordió la lengua en el golpe y sufrió un corte considerable. No le dio importancia a la herida, que se le infectó y le causó la muerte el 1 de julio de 1884, poco antes de cumplir 65 años.
La agencia siguió creciendo bajo la dirección de sus hijos Robert y William. Las contrataciones les seguían lloviendo, pero sus métodos comenzaron a ser cuestionados. Al servicio de los empresarios, la Agencia Pinkerton se convirtió en una fuerza armada contra las jóvenes organizaciones obreras que se estaban desarrollando en Estados Unidos y Canadá. Pronto su imagen quedó seriamente dañada entre las clases populares por proteger a los trabajadores contratados para reemplazar a los huelguistas, los esquiroles, y por reprimir a los tiros a quienes realizaban medidas de fuerza.
Hoy la agencia creada hace casi 175 años por Allan Pinkerton opera a escala global al servicio de las grandes corporaciones. “En Pinkerton, somos expertos en seguridad y gestión de riesgos, y sabemos que el riesgo es inevitable y omnipresente. Eventos aparentemente desconectados pueden tener un efecto dominó en todo el mundo, afectando a empresas de todos los tamaños. Incluso para organizaciones que aún no operan a escala global, siempre surgen amenazas en nuestro mundo cada vez más interconectado (…) Nuestro equipo de expertos se destaca en la evaluación de cada aspecto del riesgo que enfrenta su organización hoy, diseñando la solución más eficaz para sus necesidades y brindándole servicios y soluciones personalizadas”, se puede leer en la presentación de su página web.
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