
Fue como si estallara un gigantesco hormiguero y sus túneles, en las entrañas de la tierra, se derrumbaran casi en cadena, pero no era un hormiguero sino una mina de hulla y quienes murieron en esos túneles fueron 1099 hombres, en lo que fue el peor catástrofe de la minería europea. Ocurrió el 10 de marzo de 1906 en la mina de Courrières, en el norte de Francia y las frías estadísticas establecen que, en cuanto a número de muertes, fue el segundo desastre de la historia de explotación minera en el mundo, solo superado por la explosión de la mina de carbón Benxihu, en China, el 26 de abril de 1942, que se cobró la vida de 1549 mineros.
La comparación de la mina explotada por la Compagnie des mines de houille de Courrières, donde se produjo la tragedia, con un enorme hormiguero no es caprichosa. Sus túneles se ramificaban en forma laberíntica entre los pueblos de Méricourt, donde hubo 404 muertos; Sallaumines, donde se contaron 304 víctimas fatales; Billy-Montigny, con 114; y Noyelles-sous-Lens, donde los muertos fueron 102. Cuando ocurrió el desastre, los socavones venían siendo explotados desde hacía más de medio siglo y los trabajos de extracción se realizaban en profundidades que iban de los 326 a los 340 metros.
Cómo fue la tragedia
Era sábado y se trabajaba a pleno cuando, a las 6.34 de la mañana, se produjo la explosión. La primera imagen de la catástrofe fue la jaula del elevador subterráneo del túnel tres que salió volando por el aire y destruyó las obras de la bocamina. En la superficie, la onda expansiva destruyó ventanas e hizo volar los techos de las construcciones más cercanas. En el interior de la mina, destruyó 110 kilómetros de galerías, donde en ese momento había 1700 mineros trabajando, de los cuales sólo lograron sobrevivir unos 600. Muchos de ellos tenían menos de 18 años y entre los muertos después se contarían 200 chicos cuyas edades iban de los 13 a los 17 años.

Las tareas de rescate, con las escasas previsiones y recursos de seguridad que eran comunes en la minería de principios del Siglo XX, demoraron en iniciarse y muchos de los sobrevivientes debieron salir de la mina por sus propios medios, a pesar de las heridas y las quemaduras que habían sufrido.
Al día siguiente, uno de los periódicos locales informaba: “En Courrières la población está aterrorizada. Una multitud está esperando en silencio las noticias, que están empeorando cada vez más, porque el trabajo de rescate es peligroso y difícil. Los mineros rescatados dan descripciones terroríficas y la apariencia de los heridos y los cadáveres es horrible, algunos de los cuerpos recuperados están recocidos y con la carne deforme”. Contaba también que la mayoría de las víctimas habían muerto por asfixia o por el “desmoronamiento de las galerías”. Por entonces, la estimación de fallecidos ascendía a 1219 personas, una cifra que disminuiría con el correr de los días, porque hubo mineros que demoraron varios días en ser rescatados o salir por sus propios medios.
Codicia criminal
La información oficial que brindó en un primer momento la compañía decía que la explosión había sido causada por un incendio que se produjo en uno de los túneles de Méricourt apenas unos minutos antes, lo que no dio tiempo para evacuar. Era una burda mentira, porque pronto se supo que había fuego en el fondo de ese túnel desde varios días antes y que los jefes y los ingenieros hicieron edificar barreras para sofocarlo, pero no suspendieron las tareas de explotación, pese a los reclamos de los trabajadores. Apenas iniciado el incendio, Pierre Simon, uno de los delegados de los mineros, había exigido a las autoridades de la compañía que nadie bajara a los túneles hasta que el fuego estuviera totalmente extinguido, pero los ingenieros se negaron a suspender el trabajo. A los mineros no les quedó otra alternativa que bajar, presionados por la amenaza cierta de ser despedidos si no lo hacían. Fue la acumulación de gases la que hizo combustión con el incendio que persistía y provocó la explosión fatal.

El número de muertos se potenció porque la compañía decidió suspender las tareas de rescate tres días después de la explosión, debido a la muerte de 16 rescatistas, y también hizo tapiar una parte de la mina con un muro para terminar de sofocar el incendio y preservar el yacimiento. Más tarde, los propietarios de la Compagnie des mines de houille de Courrières fueron acusados haber ignorado la seguridad de los mineros para proteger la infraestructura, sobre todo al tomar la decisión de amurallar las galerías y de invertir el flujo de ventilación de aire para extraer el humo y sofocar el incendio en lugar de ayudar facilitando el trabajo de los rescatistas enviándoles aire fresco.
A eso se sumó el total desprecio con que trataron a las familias de las víctimas y la precaria atención médica que brindaron a los heridos. Ningún responsable de la compañía, como tampoco ningún funcionario estatal, les dio información durante tres días ni tampoco permitieron que reconocieran los cuerpos que iban siendo sacados de la mina. Recién el 13 de marzo, cuando se suspendió el rescate, los mostraron para que los identificaran. Por el estado que presentaban algunos de los cadáveres, más de doscientos quedaron como NN.
La situación estalló ese mismo día, cuando se realizaron los primeros entierros en una fosa común en Billy-Montigny. La lúgubre ceremonia se desarrolló bajo una feroz tormenta de nieve que no impidió que se reunieran allí unas 15.000 personas. El detonante lo provocó la aparición del director de la mina, que fue recibido con abucheos y gritos de “¡asesino!” y debió retirarse raudamente cuando vio que la multitud podía pasar de las palabras a los golpes. La ceremonia de los entierros se convirtió entonces en una enorme asamblea popular que llamó a una huelga general que fue tomada por los sindicatos.

No fueron solo los mineros de Courrières quienes se negaron a trabajar, sino que la huelga se extendió a todas las minas de Francia e incluso en algunas de Bélgica. En pocos días, el número de huelguistas llegó a 60.000, que no solo dejaron de trabajar, sino que montaron guardias para impedir ser reemplazados por rompehuelgas. La única respuesta que les dio el gobierno francés fue la represión. El ministro del interior, Georges Clemenceau, ordenó la movilización de 30.000 efectivos militares para sofocar las protestas y detener a sus líderes.
Los 14 fantasmas
Ni siquiera así pudieron detener las huelgas y las protestas, que arreciaron. El 30 de marzo, 17 días después de que los rescatistas suspendieran su trabajo, cuando 13 mineros a los que se creía muertos, surgieron como fantasmas del interior de la mina. Se los llamó “les rescapés”, los sobrevivientes. Con su aparición quedó claro que, si no se hubieran suspendido las tareas de rescate, quizás muchos otros mineros se podrían haber salvado muchas más vidas.

Para salir vivieron una verdadera odisea, después de vagar a través de kilómetros de túneles en medio de una oscuridad total. Si no murieron de hambre fue porque sacrificaron un caballo que encontraron milagrosamente dentro de una de la galería y fueron racionando su carne. El último sobreviviente fue encontrado el 4 de abril gracias a un grupo de socorristas portugueses que se ofreció a bajar a la mina con aparatos respiradores, un recurso que la seguridad de la compañía minera jamás había para ahorrar costos. El último sobreviviente de los 14 “rescapés” se llamaba Honoré Couplet y falleció en 1977, poco después de cumplir 91 años.
En 2006, cuando se cumplieron los cien años de la catástrofe de Courrières la Comunidad de Lens-Levin organizó una travesía denominada “parcours des rescapés” (ruta de los sobrevivientes) entre la necrópolis de Méricourt, donde se encuentra la fosa común en la que yacen 272 mineros no identificados, y el emplazamiento del antiguo pozo 2 de Billy-Montigny, por donde 13 de los 14 sobrevivientes lograron escapar a la tragedia. También en el año del centenario, el servicio postal francés lanzó una estampilla de 0,53 euros en homenaje a las víctimas del desastre.
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