
En el oscuro mundo de la mafia siciliana, la brutalidad de Salvatore “Totó” Riina no conocía límites. Su apodo, “La Bestia”, no era una mera exageración. Entre los actos más atroces que ejecutó, uno destaca por su inhumana crueldad: el secuestro y asesinato de Giuseppe Di Matteo, el hijo de un mafioso arrepentido.
Giuseppe Di Matteo tenía solo diez años cuando fue secuestrado el 23 de noviembre de 1993. El motivo de su captura era claro: su padre, Santino Di Matteo, había decidido cooperar con las autoridades italianas, proporcionando información clave sobre los crímenes de la Cosa Nostra. Santino había sido uno de los conspiradores en el asesinato del juez Giovanni Falcone, y su testimonio amenazaba con desmantelar parte de la organización criminal que Riina había construido con sangre y terror.
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Giuseppe fue mantenido cautivo durante casi dos años, un período de angustia insoportable tanto para el niño como para su familia. Encerrado en un búnker subterráneo, Giuseppe soportó el confinamiento mientras su padre, Santino, se mantenía firme en su decisión de colaborar con la justicia, a pesar de las amenazas y el dolor de saber que su hijo estaba en manos de hombres sin piedad.
El 23 de noviembre de 1993, el adolescente, que soñaba con convertirse en jinete profesional, fue brutalmente estrangulado. Su asesino, Nino Gioé, también implicado en el asesinato de Falcone, llevó a cabo la orden de Riina. Pero la crueldad no terminó ahí. El cuerpo de Giuseppe fue disuelto en ácido, un intento grotesco de borrar cualquier rastro de su existencia y enviar un mensaje claro a todos aquellos que consideraban traicionar a la mafia.
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Giovanni Brusca, conocido como “u Verru” (“El cerdo”), fue quien dio la orden final: “Líbrate del cachorro”. Este acto final de brutalidad se inscribió en la larga lista de crímenes de Brusca, un hombre que, como Riina, encarnaba la violencia desenfrenada de la mafia siciliana.
La caída del Jefe de Jefes
El 15 de enero de 1993, a las 9 de la mañana, Palermo fue el escenario de un acontecimiento histórico para toda Italia.
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Un hombre de baja estatura, con un traje marrón algo raído y una camisa blanca a cuadros, viajaba en el asiento trasero de un coche conducido por su chofer. A simple vista, parecía un hombre común, pero su verdadera identidad era conocida por pocos y temida por muchos. El hombre era Salvatore “Totó” Riina, el capo de la mafia siciliana más buscado de Italia, y su captura marcaría el fin de una era de terror y violencia.
El operativo, llevado a cabo por un comando de los Carabineros bajo el mando del Capitán Sergio De Caprio, conocido solo como “Capitán Último”, era el resultado de años de meticulosa investigación y vigilancia. “Riina Salvatore, usted está siendo detenido por los Carabineros”, declaró el Capitán Último, encapuchado, al detener el coche en una calle de Palermo. A pesar de que Riina intentó escabullirse, su treta no funcionó. “Se equivoca, soy un contador que va hacia su trabajo”, respondió Riina, mostrando un documento de identidad falso. Pero Último no se dejó engañar y ordenó: “Riina Salvatore, baje”.
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El chofer, Salvatore Biondino, permaneció inmóvil con las manos sobre el volante, mientras Riina bajaba del coche con un gesto de resignación apenas perceptible. Fue esposado inmediatamente por otro carabinero encapuchado. Riina, conocido también como “La Bestia” o “El Retaco” por su baja estatura, medía solo un metro con cincuenta y ocho centímetros, pero su presencia imponía respeto y temor. Era el “Jefe de Jefes” (Capi di tutti i capi), el líder indiscutible de la Cosa Nostra, acusado de más de cien asesinatos, cuarenta de los cuales había perpetrado con sus propias manos.
Una máquina de terror y extorsión
Salvatore Riina, nacido el 16 de noviembre de 1930 en Corleone, una pequeña localidad cerca de Palermo, había vivido una infancia marcada por la pobreza. Desde joven, rechazó el destino de miseria de su familia campesina y buscó un camino en el mundo del crimen. A los 18 años, se unió a la mafia como soldado de Luciano Liggio, jefe del clan Corleonesi. A lo largo de las décadas, Riina ascendió en las filas de la mafia, utilizando la violencia y el asesinato para consolidar su poder.
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En 1969, Salvatore “Totó” Riina fue arrestado por primera vez junto a su jefe Luciano Liggio. Este arresto se produjo en medio de una violenta campaña de asesinatos que los Corleonesi llevaban a cabo para consolidar su poder dentro de la Cosa Nostra. Riina y Liggio fueron juzgados por una serie de asesinatos cometidos a principios de la década, pero lograron evitar condenas gracias a la intimidación de jurados y testigos, un testimonio de la influencia y el poder que ya ejercían dentro de la organización criminal.

La absolución de 1969 no puso fin a sus problemas con la justicia. Obligados a huir y pasar a la clandestinidad debido a nuevas acusaciones de asesinatos, incluidos los de carabineros, Riina y Liggio continuaron su carrera delictiva. La capacidad de manipular el sistema judicial y evadir la justicia cimentó aún más la reputación de Riina como un mafioso astuto y despiadado, lo que le permitió seguir ascendiendo en las filas de la mafia, estableciéndose finalmente como el líder indiscutible de los Corleonesi tras el arresto de Liggio en 1974.
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Bajo su mando, la Cosa Nostra se transformó en una máquina de terror y extorsión. Riina eliminó sistemáticamente a sus rivales, incluidos los jefes mafiosos Stefano Bontade y Salvatore Inzerillo, consolidando su dominio en Sicilia. Con su ascenso al poder, se convirtió en el jefe de “La Cúpula”, el organismo máximo de la Cosa Nostra, desde donde dirigió una campaña de violencia que incluía asesinatos de jueces, políticos y cualquier persona que se interpusiera en su camino.
La brutalidad de Riina no conocía límites. Bajo su liderazgo, la Cosa Nostra expandió sus actividades desde el tráfico de drogas hasta la extorsión y los secuestros. El nombre de “La Bestia” resonaba en toda Italia. Los años ochenta fueron particularmente sangrientos, con cientos de muertos en guerras mafiosas. Riina no solo ordenaba asesinatos, sino que a menudo participaba en ellos personalmente. Su política de comprar a políticos, jueces y policías, y asesinar a aquellos que no podía corromper, le permitió operar con impunidad durante muchos años.
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Sin embargo, el asesinato de los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino en 1992 fue un punto de inflexión. Estos atentados, ordenados por Riina, no solo despertaron la indignación pública, sino que también fortalecieron la determinación del Estado italiano para acabar con la mafia. Los Carabineros formaron un grupo especial secreto llamado “Crimor”, bajo el mando del Capitán Último, cuya misión era capturar a Riina.
La guerra de “La Bestia” contra el Estado
En los años noventa, la justicia italiana decidió enfrentarse con determinación a la Cosa Nostra. Los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino se convirtieron en los principales arquitectos de esta ofensiva contra la mafia siciliana. Falcone y Borsellino, amigos y colegas comprometidos con la causa, comenzaron a hacer grandes avances en sus investigaciones, logrando importantes detenciones y condenas de varios mafiosos de alto rango. Su trabajo no solo los puso en la mira de la mafia, sino que también los convirtió en símbolos de esperanza para un país cansado de la violencia y la corrupción. Sin embargo, sus esfuerzos trajeron consigo constantes amenazas de muerte y una vigilancia constante sobre sus vidas. Ambos sabían que estaban arriesgando todo, pero su convicción de justicia los mantenía firmes.
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El 23 de mayo de 1992, la mafia llevó a cabo uno de sus actos más atroces. Giovanni Falcone, su esposa Francesca Morvillo, y tres guardaespaldas murieron cuando una bomba, colocada bajo la autopista que une Palermo con su aeropuerto, explotó al paso de su convoy. La explosión fue tan poderosa que dejó un cráter en la carretera y destrozó los vehículos. El ataque fue orquestado por Giovanni Brusca, uno de los hombres de Riina. Casi dos meses después, el 19 de julio de 1992, Paolo Borsellino y cinco de sus guardaespaldas fueron asesinados con un coche bomba mientras visitaban la casa de su madre en Palermo. Estos atentados, perpetrados con brutal precisión, pretendían no solo eliminar a dos de los enemigos más formidables de la mafia, sino también enviar un mensaje de terror a cualquier otro funcionario del estado que osara desafiar a La Cosa Nostra. Sin embargo, estos asesinatos no intimidaron a las autoridades; por el contrario, encendieron una ola de indignación pública que culminó en una intensificación de los esfuerzos para desmantelar la organización criminal de Riina.
La operación que llevó a la captura de Riina comenzó con la detención de Baldassare Di Maggio, un mafioso que proporcionó información clave sobre la ubicación de Riina. Di Maggio reveló que Riina se ocultaba en una casa en Via Bernini 54, Palermo. Tras semanas de vigilancia, los Carabineros actuaron. El 15 de enero de 1993, a las 8:55 AM, Riina salió de la casa y abordó el coche que lo esperaba. Dos cuadras más adelante, fue interceptado por el comando de “Crimor”. Sin ofrecer resistencia, fue detenido, poniendo fin a sus días en libertad.
Salvatore “Totó” Riina murió en la cárcel, donde cumplía varias condenas a prisión perpetua, el 17 de noviembre de 2017. Tenía 87 años. Su legado, sin embargo, sigue siendo un recordatorio del poder destructivo de la Cosa Nostra y de la brutalidad de un hombre que no se detuvo ante nada para obtener y mantener el poder
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