
El sábado 5 de mayo de 1945 amaneció cálido y soleado en Bly, Oregón, y el reverendo Archie Mitchell decidió que era el momento de cumplir una promesa que venía postergando, la de llevar a algunos de los chicos de la escuela dominical a hacer un picnic en el Bosque Nacional Fremont.
Era un típico día primaveral y además había razones para celebrar. La caída de Berlín, unos días antes, preanunciaba el final de la guerra. Por suerte, esa guerra tremenda no había llegado al territorio de los Estados Unidos, pero había muchos jóvenes norteamericanos combatiendo en Europa y el Pacífico que pronto podrían volver a sus casas.
Después de subir al auto la canasta con sándwiches y bebidas que había preparado su esposa Elsie, de 26 años y embarazada de seis meses, el matrimonio paso a recoger a los chicos por sus casas. Uno por uno, fueron subiendo al vehículo Edward Engen, de 13 años; Jay Gifford, también de 13; Sherman Shoemaker, de 11; y los hermano Dick y Joan Patzke, de 14 y 13.

Fueron cantando canciones de la Iglesia hasta que el auto se detuvo en un lugar de la montaña Gearhart. Elsie y los chicos salieron del auto para buscar un lugar adecuado para desplegar el mantel, mientras el reverendo terminaba de estacionar y bajaba las cosas.
El hombre estaba en eso cuando escuchó una fuerte explosión y unos gritos desgarradores, al tiempo que una llamarada se elevaba a unos cincuenta metros. Corrió y encontró a su mujer y los chicos desparramados junto a un objeto que se estaba incendiando. Edward, Jay, Dick y Sherman estaban quemados y muertos; su esposa Elsie y Joan estaba un poco más lejos, también heridas, pero todavía se movían. Morirían poco después en el hospital. En los cuerpos de todos también se encontró metralla.
El reverendo Mitchell no supo hasta mucho después que su mujer y los chicos se habían convertido en las únicas bajas civiles en territorio estadounidense de la Segunda Guerra Mundial, víctimas del primer ataque intercontinental de la historia, realizado con un arma simple pero letal creada por el ejército japonés: el globo aerostático Fu-Go, cargado con dos bombas, una incendiaria y la otra explosiva.
Elsie y los chicos habían descubierto el globo desinflado en el suelo y empezaron a revisarlo para ver de qué se trataba, con tanta mala suerte que al moverlo activaron las bombas que no habían estallado.

El que los mató no era el único globo Fu-Go en llegar desde Japón a los Estados Unidos, pero casi nadie conocía su existencia porque la prensa, en tiempos de censura por la guerra, nunca había publicado nada.
Recién 15 días después, y precisamente debido a esas muertes, se advertiría a la población que si alguien veía uno de esos globos no se acercara e informara a la policía, porque eran peligrosos.
Para entonces unos trescientos de los casi 9.000 lanzados por los japoneses desde las costas de Honshu habían llegado a territorio estadounidense, pero sin causar víctimas por lo que habían pasado casi inadvertidos.
Los globos bomba
El proyecto de un globo bomba fue desarrollado por el Laboratorio de Investigación 9 del Ejército Imperial Japonés, encargado de crear armas especiales. Después de muchos prototipos, tuvieron el arma ideal.
Se trataba de una serie de globos hechos de papel, que medían unos 10 metros de diámetro y 20 metros de altura. Se desplazaban gracias al hidrógeno que contenían en su interior y aprovechando las corrientes de aire que llegaban a través del Pacífico directamente hasta Estados Unidos.
En su interior llevaban una serie de tubos rellenos de pólvora, además de un dispositivo de activación que se encargaba de hacer que las bombas estallaran cuando los sensores confirmaban que tocaban el suelo.
Eran capaces de alcanzar los 12 kilómetros de altura y recorrer distancias superiores a los 6.500 kilómetros.

“Los japoneses tenían un amplio conocimiento de las corrientes de aire que surcaban el océano Pacífico, además de la geografía de vastas zonas de bosques que tenía Estados Unidos en su costa oeste”, explica en una entrevista de 2020 con la BBC de Londres el historiador Ross Coen, autor de “Fu-Go: la historia curiosa de los globos japoneses que intentaron bombardear Estados Unidos”, publicado por la Universidad de Nebraska.
Su objetivo, según documentos desclasificados del ejército estadounidense, era provocar incendios forestales que generaran pánico en la población.
“El ejército japonés los llamó ‘Fu-Go’.’Fu’ son las primeras letras de la palabra japonesa ‘fusen’ que significa ‘globo’ y ‘Go’ es el código que tenían, agregado como sufijo, todos los prototipos diseñados en el laboratorio donde se creó este artefacto”, detalla Coen.
Y agrega que “fueron los precursores de los cohetes interoceánicos que ahora tienen algunos países. Nadie pudo predecir ese tipo de ataque, que en muchos casos fue fallido pero que efectivamente terminó matando a esas seis personas en Oregón”.
El ataque intercontinental
La Armada Imperial Japonesa empezó a lanzar globos en noviembre de 1944 y siguió haciéndolo hasta abril de 1945 porque la corriente de vientos alisios que debía llevarlos hasta Estados Unidos alcanza su máxima velocidad entre esos meses.
Aunque esta decisión incrementaba las probabilidades de que los Fu-Go se adentraran en territorio estadounidense, también implicaba que llegarían a su objetivo en época de lluvias y que la efectividad de las bombas incendiarias se vería reducida, especialmente a la hora de provocar incendios forestales.
De los 9 000 globos estimados que se lanzaron, se calcula que sólo unos mil terminaron alcanzando las costas de los Estados Unidos. Algunos se adentraron muchísimo en el país y llegaron a alcanzar puntos tan al este como Michigan, pero la inmensa mayoría no explotaron o cayeron en el océano o sobre zonas despobladas.
“Los japoneses no estaban locos. Durante varios meses enviaron miles de globos, con la expectativa de que al menos el 10 por ciento lograra el objetivo de llegar a suelo estadounidense”, dice Coen.

Una vez que el artefacto caía al suelo, ardía por varios minutos y posteriormente explotaba. Los expertos militares estadounidenses comprobaron su potencial para provocar incendios forestales, pero durante los primeros tiempos también temieron que, además, se tratara de un arma biológica, aunque después lo descartaron.
Al principio no pensaron siquiera que los globos llegaban desde Japón, atravesando el Pacífico, sino que creyeron que eran lanzados desde el interior del país por comandos enemigos y bien por japoneses que vivían desde hacía tiempo en los Estados Unidos, lo que provocó una mayor vigilancia de ese sector de la población y un endurecimiento de las condiciones en los campos de concentración donde estaban recluidos aquellos a los que se consideraba potencialmente peligrosos.
Solo cuando un grupo de geólogos analizó la arena que tenían los sacos de lastre llegaron a la increíble conclusión de que venían del otro lado del océano.
En términos militares, el ataque japonés con globos bomba fue un fracaso. Más allá de las seis muertes que uno de ellos provocó en Oregón, los daños materiales se limitaron a dos pequeños incendios y un corte en el suministro eléctrico de la central de Hanford, en Washington, alcanzada por uno de ellos.
Tres meses después de lanzar el último globo, Japón se rindió luego de sufrir en Hiroshima y Nagasaki dos ataques con un arma mucho más poderosa que los globos: la bomba atómica.

Hallazgos durante años
Todos los registros japoneses sobre el programa Fu-Go fueron destruidos en cumplimiento de una directiva del Ejército Imperial emitida el 15 de agosto de 1945, el día en que Japón anunció su rendición.
Pero, aún con la guerra terminada, los hallazgos de globos bomba en los Estados Unidos y en Canadá siguieron durante años.
En octubre de 2014, la Marina canadiense detonó uno de ellos, encontrado cerca de la localidad de Lumby, y el último caso data de octubre de 2019, cuando un cazador dio con los restos de uno de estos artefactos entre un montón de madera quemada en medio de un bosque en la Columbia Británica, también en Canadá.
Hoy, muchos museos de guerra en los Estados Unidos y Canadá conservan fragmentos de Fu-Go, incluidos el Museo Nacional del Aire y el Espacio y el Museo de Guerra Canadiense. También, Un pino cercano al sitio donde explotó el globo bomba de Oregón tiene cicatrices provocadas por la metralla en su tronco.
En cuanto a la memoria de sus seis únicas víctimas fatales, en 1950 se construyó un monumento, el Monumento Mitchell, en el lugar de la explosión, y el área recreativa Mitchell circundante fue incluida en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 2003.
En 1987, un grupo de mujeres japonesas involucradas en la producción de Fu-Go como colegialas entregaron 1000 grullas de papel a las familias de las víctimas como símbolo de paz y curación, y se plantaron seis cerezos en el lugar donde murieron Elsie Mitchell y los cinco chicos de la escuela dominical.
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