
Ese 30 de abril de 1863 tan solo 62 legionarios liderados por el capitán Jean Danjou debían hacer frente a un ejército mexicano. Se habían atrincherado en la hacienda de Camarón, cerca de Palo Verde, en el estado de Veracruz, para esperar el embate de esa marea humana de 850 jinetes e infantes que los tenían rodeados. El jefe mexicano ordenó a uno de los suyos adelantarse con bandera blanca. La lógica obligaba a intimarles rendición, y a cambio se les perdonaría la vida. “Ni hablar de rendirse”, gritó Danjou, secundado por dos tenientes. “Tenemos cartuchos”. Cada soldado disponía de 60. Su capitán les había hecho jurar no rendirse.
Danjou contaba entonces con 35 años recién cumplidos, era veterano de las guerras en Algeria, Crimea, Italia y Marruecos. En un accidente con un mosquete, había perdido la mano izquierda y él mismo diseñó una ortopédica de madera que le sirvió para mantenerse en el servicio activo del ejército.

El combate comenzó a las 8 de la mañana y Danjou murió en uno de los ataques de un disparo en el pecho. Al mediodía los mexicanos ofrecieron otra vez la rendición. “¡Váyanse a la mierda!” fue la respuesta, y para las 5 de la tarde, luego de una feroz arremetida a bayoneta calada, los atacantes sólo hallaron a 5 legionarios que, ya sin balas, les hicieron frente con lo que tenían a mano, y los mexicanos decidieron perdonarles la vida. Ese día 33 legionarios quedaron en el campo de batalla, otros 31 fueron heridos, muchos de los cuales morirían en las siguientes horas.
Ese era el espíritu de la Legión Extranjera.
La primera legión se había formado en 1831. Luis Felipe I de Francia transformó las tropas al mando del destituido rey Carlos X, en la Legión Extranjera Francesa el 10 de marzo de 1831. El primer batallón se formó con soldados suizos y con infantes del regimiento Hohenlohe, también de extranjeros. Otros dos batallones fueron integrados por suizos y alemanes; el cuarto por españoles y portugueses, el quinto de italianos y sardos, el sexto conformado por belgas y el séptimo por polacos. En 1835 se creó la Nueva Legión Extranjera Francesa.
Se transformó en una unidad militar tradicional en Europa, que combatiría en diversos puntos del globo. En un principio, fue destinada a cuidar los intereses coloniales franceses, a proteger los dominios de ultramar, tanto en el norte de Africa como las existentes en el Caribe, América del Sur y océano Pacífico.

Se reclutaba a hombres solteros de entre 18 y 40 años con los que suscribía un contrato por tres años. Por entonces, deambulaban por Europa soldados experimentados, fogueados en los campos de batalla, muchos de los cuales buscaban destino y fortuna. El reclutamiento fue una forma que encontró Francia para controlar a los extranjeros que residían en el país y reunirlos en una sola unidad militar.
La Legión Extranjera les abrió la posibilidad de enrolarse, ya sea con su nombre verdadero o con una identidad ficticia. Para muchos significó un borrón y cuenta nueva. Se aceptaban aventureros, criminales, prófugos de la justicia, refugiados políticos, desempleados o los que sentían que habían fracasado en todo lo que habían emprendido.

Eran sometidos a un durísimo entrenamiento para transformarlos en una unidad de elite. Los jefes percibieron que los enganchados estaban demasiado carentes de orden, disciplina y obediencia. Precisamente “valor y disciplina”, fue uno de los primeros preceptos de la Legión Extranjera, aunque su lema fue “Legio Patria Nostra” (La Legión, Nuestra Patria). Esa fue la motivación que unió a soldados de más de un centenar de nacionalidades, cada cual con sus costumbres y culturas. Era fundamental, para lograr un espíritu de cuerpo, inculcar que la Legión era la patria.
Por 1832 había cerca de 6000 efectivos que hablaban francés, pero que terminaron creando su propio idioma, mezclando palabras de distintos países. Lucían el uniforme de infantería del ejército francés, que se fue adaptando a las condiciones del terreno y del clima de los países donde operaban. Debían recitar de memoria los siete artículos del código de honor de la unidad.

Las duras condiciones de vida cuartelera llevaron a muchos a desertar o a caer en procesos depresivos, que podían terminar en el suicidio. Los oficiales repartían generosas raciones de alcohol que ayudaba a olvidar y a soportar ese estilo de vida.
Su bautismo de fuego fue el 27 de abril de 1832. Por entonces las grandes potencias, como Gran Bretaña y Francia, se habían lanzado a la conquista del norte de Africa aprovechando la crisis económica y política del imperio otomano. Usando como pretexto un conflicto diplomático, derivado de lo que Francia interpretó como una afrenta del gobernante Hussein Dey hacia el cónsul francés, el país galo se apoderó de Argelia en 1830.
Ese 27 de abril el tercer batallón de suizos y alemanes se enfrentaron con argelinos que intentaron apoderarse de un puente abandonado en Bordj el Kantara, un oasis situado en los alrededores de Argel, donde había un puente que los franceses denominaron Maison Carré. Nunca los habían visto pelear y la temeridad que allí demostraron se haría característica de ese cuerpo.
El 24 de julio del año siguiente recibieron su primera bandera de manos del hijo del rey, que tenía la inscripción: “Del rey de Francia para la Legión Extranjera”.

La Legión se transformó en un cuerpo de soldados extremadamente valientes, donde el matar o morir eran sus dos únicas opciones. Cuando el jeque Bouamama con sus 8000 jinetes pretendió el 16 de abril de 1882 emboscar a 300 legionarios, aprovechando una tormenta de arena, éstos formaron en cuadro, y el resultado fue el de 2000 bereberes muertos y miles que se rindieron. Los legionarios solo sufrieron 42 muertos y 31 heridos.
Cuando no combatían, se dedicaban a construir. Por 1860 levantaron la fortaleza de Sidi Bel Abbés, la casa madre de la Legión, que entonces se usó como un gran campo de entrenamiento, enclavado en las implacables arenas del desierto.
Pronto ampliarían su radio de acción. Pelearon en la Guerra de Crimea, librada entre 1853 y 1856; estuvieron en la campaña de unificación italiana donde en la batalla de Solferino, el 24 de junio de 1859, fueron partícipes de la victoria junto a los ejércitos franceses y sardos sobre el imperio austríaco. Cruzaron el Atlántico y combatieron en la segunda intervención francesa en México entre 1863 y 1866, en la guerra franco-prusiana de 1870 y 1871, se batieron en el norte de Vietnam, entonces llamado Protectorado de Tonkin; estuvieron en las dos guerra mundiales; fueron batidos en la batalla de Dien Bien Phu, en 1954, que significaría para Francia la pérdida de Indochina y el surgimiento de Vietnam del Norte y Vietnam del Sur. Y la lista sigue hasta el presente.

Cuando el combate de la hacienda de Camarón terminó, hallaron en el campo de batalla la mano de madera de Danjou. Se transformó en la reliquia más importante de la Legión, que se atesora en el museo de Aubage, en Marsella y se la exhibe en los aniversarios de la batalla. Para el legionario que le toca portarla, es el más alto honor al que puede aspirar. Ni más ni menos que llevar la reliquia de un valiente.
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