“Tengo sida. Salí y tiráselo a los perros. Eso es lo que quieren”. Apenas recobró la conciencia en su habitación del hotel Ritz de París después de un desmayo, Rock Hudson llamó a su publicista francesa y amiga Yanou Collart y le pidió que escribiera esas dos palabras en un escueto y contundente comunicado de prensa. Era el 22 de julio de 1985 y una legión de periodistas, fotógrafos y curiosos había montado guardia en la puerta del viejo palacio de 5 estrellas. La misma por la que que doce años después Lady Di y su novio Dodi Al Fayed atravesaron para matarse, a bordo de su Mercedes Benz, en el Túnel del Alma instantes después.
Las preguntas de los reporteros eran recurrentes: ¿está enfermo? ¿murió? ¿lo van a internar? El mismo Hudson despejó las dudas. Su estado de salud era pésimo. Estaba grave. Además de HIV -enfermedad mortal entonces-, tenía un cáncer de hígado que ya no se podía operar. El final era inevitable y estaba próximo.
Pagó 250 mil dólares para que un avión de Air France lo llevara, como único pasajero, hasta Los Ángeles, donde lo esperaba un helicóptero que lo transbordó al hospital UCLA. Allí lo recibió su médico, Michael Gottlieb: –Rock, ¿debemos decir públicamente que tenés sida? –le preguntó, dudando de que la confesión hecha en París hubiera sido creída. –Si creés que ayudará en algo, sí. Adelante.
El 30 de julio de 1985, Burt Lancaster, uno de los pocos amigos que le quedaban (en esos años la sola palabra sida espantaba), leyó el último mensaje de Rock: “Estoy harto de sostener una vida que no es la mía. No estoy feliz por tener sida, pero si estas palabras pueden ayudar a otros, al menos sabré que mi desgracia tiene un valor positivo”.
Murió apenas dos meses después, el 2 de octubre, a los 59 años, luego de batallar contra lo entonces imposible: vencer a ese flagelo detectado en 1981 que llamaron La Peste Rosa, lo atribuyeron sólo a la comunidad homosexual de San Francisco, y que hasta hoy ha matado a unos treinta millones sin distinción de sexo ni edad.

Pero la muerte de Rock Hudson fue, sobre todo para la vasta cofradía de los cinéfilos, un doble estremecimiento: el adiós de un ídolo, y la comprobación de que lo imposible… sucede.
Porque Roy Harold Scherer Jr. –tal su verdadero nombre–, nacido el 17 de noviembre de 1925 en Winnetka, un pueblo de Illinois, era en las pantallas y en la oscuridad de miles de salas de medio mundo no menos que un moderno dios griego –¡un metro 96 de altura sobre el nivel del mar!–, sonriente, pícaro, seductor, galán cien por mil %, y el ideal perfecto de un género inolvidable: la comedia romántica norteamericana de las décadas 50 y 60, con una pareja modelada a medida: la eternamente rubia de ojos celestes y sonrisa imbatible Doris Day…
Los juntó (1959) el director Michael Gordon en Confidencias de medianoche, y siguieron Pijama para dos (1961), Su juego favorito (1963), No me mandes flores (1964)… siempre con el mismo y más que eficaz esquema para multitudes: una módica batalla de sexos que termina en loco y feliz amor… con un tercer personaje clave: el perfecto comediante Tony Kendall.

Sin embargo, no todo el camino fue de rosas. Rock pasó por la Marina de los Estados Unidos en la Segunda Gran Guerra, se instaló en Los Ángeles, pero antes de 1949, cuando un productor de los estudios Universal advirtió que era un diamante en bruto, fue cartero, camionero, taxista, y rebotó en decenas de castings…
Ya descubierto, el diamante en bruto, la mina de oro sin excavar, soportó agotadoras clases de actuación, baile, canto, esgrima, box, equitación, porque más allá de su cara y su porte, Madre Natura no lo había dotado de talento para enfrentar las cámaras. Era sólo lo que en aquellos años, en cualquier esquina de Buenos Aires, llamaríamos "un muchacho muy pintón". O, en clave arrabalera y envidiosa, "¡Qué facha carga ese h… de …!".
Pero, sin llegar a ser un gran actor, hizo cincuenta films: desde Escuadrón de combate (1948) hasta Embajador en Oriente Medio (1984), y cabalgó por todos los géneros: guerra, western, policial, drama, tragedia, espionaje, dirigido por grandes –Raoul Walsh, Anthony Mann, George Stevens, Howard Hawks–, y al lado de la Constelación Mayor: James Stewart, Lauren Bacall, James Dean, Liz Taylor, Ernest Borgnine, Julie Andrews, Mia Farrow, Tony Curtis, Robert Mitchum… (¿es necesario seguir?)
Ah, y una única nominación al Oscar: reparto, por Gigante (1956). Pero el diablo agitó su cola en 1954: la prensa llamada amarilla –”que a veces dice la verdad”, según Rodolfo Walsh, empezó a deslizar rumores sobre la homosexualidad de Rock: en esos años y en ese negocio –donde no se dejó vicio ni escándalo sin cultivar–, ¡alarma roja!

Y solución desesperada: el 9 de noviembre de 1955, en una boda secreta, se casó –obligado– con Phyllis Gates, su secretaria. Un bombón para las dos máximas columnistas de chismes de Hollywood: Louella Parsons y Hedda Hopper (ésta, una canalla al servicio de Randolph Hearst y del FBI, que denunció por comunistas y arruinó la vida y las carreras de grandes talentos: entre ellos, el brillante guionista Dalton Trumbo, luego reinvindicado).
La luna de miel fue en Jamaica. Pero dos años después –¿demasiado tiempo por exceso de ingenuidad?–, Phyllis descubrió la verdad: un amigo de los que nunca faltan le susurró que Rock se acostó con un hombre, en Italia, mientras filmaban Adiós a las armas, sobre la novela de Ernest Hemingway.

El divorcio, como la boda, fue en silencio, cuatro años después. Y Phillys no tardó tanto en escribir el libro Mi esposo: Rock Hudson. Relato en el que describió “un martirio de mentiras, llamadas masculinas extrañas, violencia marital, ausencia”. Y esta confesión: “Yo estaba muy enamorada. Pensé que Rock sería un esposo maravilloso. Era encantador, su carrera estaba al rojo vivo… ¿cuántas mujeres le habrían dicho no?” Ella no volvió a casarse, y murió el 14 de enero de 2006.
Al cumplirse tres décadas del final de Rock apareció en escena Lee Garlington, por entonces un corredor de Bolsa jubilado, de 77 años, diciendo “Él era un amor, y yo lo adoraba. Estuvimos unidos desde 1962 hasta 1965. Cuando lo conocí, yo estaba muy nervioso, pero él me ofreció una cerveza… ¡y entonces sucedió! Pasé la noche con él y me fui a las seis de la mañana. Rock nunca me pidió que mantuviera lo nuestro en secreto, pero un día entró un fan y nos encontró durmiendo juntos. Desde entonces empezamos a ser más cautelosos. Íbamos juntos a los estrenos de los films, pero siempre con compañía femenina. Tiempo después supe que dijo: ‘Mi madre y Lee fueron las únicas personas a las que realmente amé’”.

Lentamente, por miedo al contagio –no se sabía entonces cómo se transmitía–, sus amigos se alejaron. Pero Liz Taylor –acaso la estrella que más lo quiso– fue a verlo al hospital donde pasó la etapa crítica antes de morir en su mansión de Beverly Hills, sin temor, vestida y maquillada como para enfrentar las cámaras, ¡y lo besó en la boca!
Aun hoy, cuando la batalla contra el sida está casi ganada si se siguen las instrucciones correctas a rajatabla, el mundo no podrá olvidar las últimas fotos de ese hombrón de Illinois que parecía indestructible, y al que el virus convirtió en un espectro. Que sin embargo, aun se atrevía a sonreír… por eso que llaman dignidad. La dignidad de un hombre valiente.
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