
-I have a dream (Yo tengo un sueño).
Empezó con estas cuatro palabras que se grabaron para siempre en la historia. Martin Luther King, en aquel caluroso verano de 1963, se había puesto a la cabeza de la colosal Marcha sobre Washington: las 250 mil personas que llegaron hasta al pie del Lincoln Memorial oyeron el más conmovedor de sus discursos.
A diferencia de Malcolm X y su discurso: “Los negros al poder, porque sólo un poder puede matar a otro poder”. A diferencia de los Panteras Negras y sus proclamas “¡Muerte a los blancos!”. A diferencia de los Musulmanes de color y su sectarismo. A diferencia de toda reivindicación racial a costa de sangre derramada, trepado en las escalinatas del Monumento a Lincoln, él se inspiró en Gandhi
Hijo de un ministro bautista, nació en Atlanta, Georgia, el 15 de enero de 1929. Martin estudió teología en la Universidad de Boston, y en 1954, ya pastor bautista como su padre, se hizo cargo de una iglesia en Montgomery, Alabama. En uno de los más crueles corazones del racismo. Y dispuesto a darles batallas… sin armas de fuego. Había agregado el “Luther” a su nombre como homenaje a Martin Lutero (1483-1546), el teólogo y fraile católico que revolucionó a la Iglesia con su Reforma: ataque frontal contra la corrupción interna que la socavaba.
Desde sus 20 años vivió obsesionado por una causa: los derechos civiles de los negros. De su raza.
No le faltaron enemigos: le sobraron. Para las organizaciones negras violentas, el Black Power armado, era el Tío Tom. El “negro manso y obediente” de la novela La Cabaña del Tío Tom, de la escritora Harriet Beecher Stowe, publicada el 20 de marzo de 1852. Pero era un mote injusto y sesgado. La novela, un alegato contra el monstruoso crimen de la esclavitud, presentaba a dos hombres de color: el de la casa y el del campo. El primero, sí, era sumiso, obediente y resignado al látigo. Pero el segundo era un hombre dispuesto a todo para terminar con ese cáncer. Un hombre como Martin Luther King.
Que en 1964 recibió el premio Nobel de la Paz.
Justamente por su elección del modo de luchar. A lo Gandhi. A lo Nelson Mandela.
Y ese mismo año, como eco del Nobel, el presidente Lyndon Johnson, sucesor de John Kennedy desde el trágico magnicidio de Dallas, Texas, 22 de noviembre, 1963, promulgó la Ley de Derechos Civiles. Consagración de la igualdad de todos los ciudadanos sin distinción de color.
Un triunfo de Martin que despertó más odio entre los negros radicales adictos al maoísmo, el comunismo, la anarquía, el fanatismo religioso. Un odio que empezó a fundir la bala que lo mataría.

Cada uno de sus pasos, preso o libre, fue la afirmación de sus ideas y sus principios. Es difícil soslayar, por ejemplo, su célebre Carta desde la Prisión de Birmingham, de 1963, publicada por la revista francesa Esprit un año después. O sus obras La Fuerza de Amar, 1965, El Clarín de la Conciencia, 1968, y sobre todo la esencial Por qué no podemos esperar: un pasional recuerdo de los sucesos del verano del 63: la histórica marcha sobre Washington.
Recordemos algo de ese discurso en el Lincoln Memorial:
“Hace cien años, un gran americano, bajo cuya sombra simbólica nos encontramos hoy, firmó la Proclama de la Emancipación. Este trascendental decreto apareció como un gran fanal de esperanza para millones de esclavos marcados con el fuego de una flagrante injusticia. Llegó como el amanecer jubiloso de la larga noche de su cautiverio. Pero cien años después, la América de color sigue sin ser libre”.

“¡Yo tengo un sueño hoy! Yo tengo el sueño de que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados, y que la gloria del Señor será revelada y toda la carne la verá al unísono. Esta es nuestra esperanza”
Hasta hoy, y acaso por siempre, el discurso que empezó con aquel I have a dream está considerado como una obra maestra de la oratoria.
En uno de sus párrafos dijo: “Sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán algún día en una nación donde no se les juzgará por el color de su piel sino por las cualidades de su carácter”.

Pasado más de medio siglo, en 2018 su nieta Yolanda Renee King -entonces 9 años- recordó sus palabras no como protesta contra la segregación: contra las armas. Los millones de armas en manos de millones de norteamericanos, y la perpetua tentación que explota cada tanto: el demencial y mortal ataque con armas en las escuelas.
Una precoz King, que heredó de su abuelo la voluntad de lucha, dijo en Washington: “Mi abuelo tuvo el sueño de que sus cuatro nietos no serían juzgados por el color de su piel, sino por su personalidad. Yo tengo el sueño de que ya es suficiente. ¡Pido un mundo sin armas! Difundan la palabra. Donde sea que estén. ¡En toda la nación! Vamos a ser una gran generación…”.
En 1964, un año después del discurso de Martin Luther King, la humilde costurera negra Rosa Parks, subió a un autobús y se negó a sentarse en la parte trasera, destinada a los negros:
–Estoy muy cansada –dijo.
Fue a parar a la cárcel. Pero Martin organizó y se puso a la cabeza de un boicot de más de un año contra la segregación en los autobuses municipales. Ninguna persona de color, en ese largo y tenso año, volvió a tomar uno. Caminaron, viajaron en bicicleta, los que tenían auto cargaron a cuantos pudieron, y por supuesto, crujieron las arcas: sólo entraban los centavos de los blancos.

Antes, en 1960 se sumó a una sentada de protesta de estudiantes de color en Birmingham, Alabama, para desplegar una vasta campaña nacional por la causa de los derechos civiles de sus hermanos.
Cayó preso. Pero fue liberado gracias a la intervención de un político en camino hacia la presidencia. Sí: John Fitzgerald Kennedy. Y la campaña no fue en vano: Martin logró para su raza la igualdad de acceso a los comedores, las bibliotecas y los lugares de estacionamiento.
El 4 de abril de 1968 se convirtió en el funesto y trágico día en que el fanático segregacionista James Earl Ray mató de un balazo en la garganta a Martin Luther King mientras éste, desde el balcón del Lorraine Motel (Memphis, Tennessee), defendía los derechos de los basureros de color de esa ciudad, en huelga por mejor salario y mejor trato: a diferencia de los basureros blancos, no cobraban cuando el clima hacía imposible trabajar.

Sus últimas palabras fueron un pedido al músico Ben Branch:
–Bren, prepárate a tocar Precious Lord, Take My Hand (Señor, toma mi mano). Tócala de la manera más hermosa.
El asesino, prófugo, fue capturado en el aeropuerto Heathrow de Londres, listo para huir a Canadá con un pasaporte falso.
Juzgado en la misma ciudad del crimen, se declaró culpable para evitar la pena de muerte. Fue condenado a 99 años de prisión.
Martin tenía apenas 39 años. Estaba Casado con Coretta Scott (1927–2006) con quien tuvieron cuatro hijos: Yolanda, Martin Luther III, Dexter y Bernice. No pudo ver su sueño cumplido, pero permitió que millones soñaran.
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