El Stonewall Inn en Nueva York (REUTERS)
El Stonewall Inn en Nueva York (REUTERS)

El Stonewall Inn fue la sede de un levantamiento que hace 51 años cambió la historia. Una redada policial, alguien que, por primera vez, en lugar de bajar la cabeza pegó un grito e instigó a los demás a reaccionar. Luego, lo impensado: una revuelta, la voluntad de no dejarse avasallar y tres noches que cambiaron la historia. El lugar que se dedicaba a lo clandestino se convirtió en el centro de una revolución, en un monumento del Orgullo LGTBI+. Una catedral clandestina, sórdida, oscura pero que provocó la salida a la luz de millones de personas.

No tenía destino de posteridad. Podía haber sido un bar más, un tugurio más, un negocio con mejor o peor suerte según el año que transcurriera y cómo lo llevaba adelante quien se encargaba de él. Su historia está rodeada de mitos y de versiones construidas retrospectivamente, a la luz de hechos posteriores.

Muchos insisten que el nombre tuvo origen en The Stone Wall, las memorias de la escritora Mary Casal; un texto clave de la literatura lésbica de la década del treinta. Sin embargo son escasas las pruebas que permiten afirmarlo.

También se puede leer en infinidad de textos que hablan del célebre bar que en los años treinta su dueña fue una prominente lesbiana apodada Bonnie. Eso tampoco parece tener asidero. El dueño, durante décadas, fue Vincent Bonavia y de la deformación de su apellido parece surgir el Bonnie, que alguna vez integró el nombre oficial del establecimiento: Bonnie’s Stonewall Inn se llamó por años.

Su ubicación actual fue la segunda del Stonewall. Cuando fue re inaugurado en Christopher Street, un enorme y pesado cartel vertical con letras de neón pretendió llamar la atención de los transeúntes. Fue salón de té, restaurante, café. Nunca pareció tener demasiado éxito hasta que en 1967 se produjo un cambio de dueños. Dejó la actividad diurna y no todos podían ingresar a él.

De alguna manera, funcionaba como club privado en cuanto al ingreso exclusivo para socios. “Disculpe, sólo para miembros”, se excusaba el portero cuando advertía que heterosexuales querían ingresar. Pero su principal tarea era otra, debía filtrar a los policías encubiertos que pretendían entrar.

En los papeles era un Club de Botella. Cada uno llevaba su botella y la tomaba con los demás que tenían membresía. Pero eso era todo una ficción. El Stonewall era un club gay en el corazón del Village neoyorquino.

La revuelta de Stonewall (AP)
La revuelta de Stonewall (AP)

El Stonewall se convirtió en un éxito desde la primera noche. Algunos adjudicaron eso a su ubicación, frente a la Plaza Sheridan y en medio de Greenwich Village. La zona tenía mucha actividad. En la misma cuadra estaba el Village Voice, la revista fundada entre otros por Norman Mailer, la librería Eight Street, epicentro de la literatura Beat y el bar The Lion’s Head frecuentado por intelectuales como James Baldwin, Frank McCourt o Gore Vidal.

Pero el secreto del suceso se alojaba en el salón del fondo del local. Allí se bailaba. Y era el único bar en todo Nueva York en el que los gays podían bailar entre sí. En muchos de los otros lugares que funcionaban en la ciudad ni siquiera podían hablar entre ellos ni mirarse prolongadamente. Todo se trataba de un mudo juego de miradas furtivas. Eso, por ejemplo, ocurrió en un bar llamado Julius que quedaba a una cuadra del Stonewall.

La música la aportaba una rockola. Del Jukebox salían los hits bailables de la época y muchas de las canciones que eran escuchadas en la comunidad.

Uno de los dueños, el que tuvo la idea y lo gerenciaba, era un joven de 26 años con afición por la comida. Tanto es así que eso se trasladó a su apodo. Lo conocían como Fat Tony. Pero lo importante estaba en su apellido, Lauria. Era hijo de un capo mafia, integrante del Clan Genovese.

Su padre y los otros jefes mafiosos no vieron con buenos ojos que Fat Tony montara un bar para homosexuales. Su padre, en particular, esperaba otra cosa de él; lo había enviado a los mejores colegios católicos privados. Dentro de los negocios de “La Familia” ese era uno de los que menos prestigio tenía. Sin embargo, a las pocas semanas la visión mutó de manera radical: ese bar de mala muerte estaba proporcionando interesantes recursos. La conexión de la mafia con los bares para homosexuales no era una novedad. Había comenzado en la década del treinta en su afán de la mafia de no dejar negocio ilegal por transitar, como si fuera obligatorio para ellos abarcar todo el abanico de lo clandestino.

Los mafiosos estaban exultantes. Recuperaron la inversión en la primera noche: eso no significa tampoco que la esa velada inaugural haya concurrido una multitud: la inversión inicial había sido mínima. Durante dos años y medio todo fue ganancia para los hampones. Desde su apertura hasta la noche que del 28 de junio de 1969 en el cual ingresaría en la historia.

Los disturbios en Stonewall motivaron a la organización y lucha por los derechos LGBT (Foto: instagram stonewall inn)
Los disturbios en Stonewall motivaron a la organización y lucha por los derechos LGBT (Foto: instagram stonewall inn)

El precio que debían pagar era de 1.200 dólares semanales a la policía. La recaudación era puntual y el pago se realizaba sin protestar. Era la mejor manera de seguir trabajando sin inconvenientes. Ese era uno de los rasgos distintivos del Stonewall, una de sus fortalezas: nadie era molestado, ni corría riesgo de ser detenido una vez que atravesaba su puerta de ingreso. Las razzias, por lo general, se programaban. Se hacía al principio de la noche (para no afectar la recaudación) y eran llevados a la comisaría los que estaban vestidos con ropas de otro sexo (la regla era extraña y precisa: los hombres debían portar al menos tres prendas masculinas para evitar ser detenidos).

El bar era de un sordidez definitiva. La oscuridad ocultaba la suciedad y las deficiencias edilicias. La principal inversión de Fat Tony había sido varias latas de pintura negra: todas las paredes y la vidriera pintadas de ese color: a mayor oscuridad, menos imperfecciones. No había agua corriente. En la barra, los vasos se lavaban en una pileta que era llenada al inicio de cada jornada; durante la noche sólo se los enjuagaba en ese agua y se los volvía a reutilizar. Como si la clientela, debido a sus inclinaciones sexuales, no mereciera más. Pero lo que interesaba era la libertad de movimiento que había dentro del Stonewall. La excusa de los dueños, cada vez que alguien se quejaba de las condiciones del sitio, era que con la plata que la policía les exigía como coima, no les quedaba margen para reformas.

Era un bar Speakeasy. O al menos así se lo llamaba. El nombre proviene de la década del veinte del siglo pasado, de los años de la Ley Seca. La Prohibición (de la venta de alcohol) produjo un gran mercado negro y la proliferación de lugares que funcionaban como clubes privados, con acceso restringido, y en los que se podía frecuentar la marginalidad, lo prohibido: tomar alcohol. Casi medio siglo después, a fines de la década del sesenta, lo clandestino consistía en pasar una velada con alguien del mismo sexo.

El choque entre policías y gays derivó en multitudinarias protestas
El choque entre policías y gays derivó en multitudinarias protestas

El maltrato en la noche de Nueva York por parte de la policía era habitual. Como si los homosexuales no gozaron de derechos algunos. El avasallamiento era cosa de todas las noches. El Stonewall funcionaba como una especie de oasis, oscuro e incómodo, en un rincón de la ciudad.

Antes del Stonewall, dos mujeres o dos hombres no podían darse a mano en público sobre una mesa ni, mucho menos, bailar abrazados a la vista de otros en un boliche, ni siquiera cuando una Corte de Nueva York dictaminó que el baile abrazado, un lento (close dancing en inglés), entre personas del mismo sexo no constituía una actividad ilegal. En los otros bares, aún en aquellos que se suponía gay friendly, acechaban policías de civil, intentando agarrar a alguien infraganti; muchas veces ellos mismos eran los que hacían propuestas sexuales que si eran aceptadas por la otra persona ocasionaban su inmediata detención.

En Nueva York regía una Ley Antisodomía que estuvo vigente hasta 1980. La homosexualidad estaba prohibida en todo Estados Unidos. El único estado que no la castigaba era Illinois. El riesgo de ser detenido era mucho mayor que el de alguna noche en un calabozo y una multa. Era el escarnio público, la segura pérdida de su trabajo y la desintegración de su familia.

La noche del 28 de junio de 1969 la policía hizo un redada en el Stonewall. Mientras se llevaban a varios de los asistentes, sólo por estar allí, alguien se rebeló. Muchos sostienen que el primer grito fue dado por Stormé DeLarverie, una lesbiana que instó a los demás a no dejarse avasallar. Alguien tiró la primera lata de cerveza, alguien la primera botella, alguien la primera piedra. La noticia de una rebelión inesperada corrió por todo el Village con una velocidad inusitada. Una razzia cotidiana terminó en una batalla campal que continuó varias noches más. Y que dio origen a una revolución.

Stonewall, el levantamiento ocurrido ahí en esas noches, corrió a la par de otros hechos de su tiempo. Fue una manifestación de las desigualdades y de las injusticias de esos años. La Nueva Izquierda en política, las Panteras Negras, los conflictos raciales. Los hechos de Stonewall se diferencian porque no hubo organización política detrás, no hubo premeditación. Hubo una reacción ante las injusticias y las postergaciones. Fue el punto de ebullición de un clima opresivo que se tornó tan insoportable que produjo una explosión impensada, fuera de todo cálculo. Y provocó la revolución más inesperada.

(AP)
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El 3 de julio, en medio de esas noches de caos, el Village Voice, la revista progresista de la época cuya redacción estaba en la misma cuadra -lo que permitió que varios de sus redactores pudieran presenciar los hechos desde sus inicios- dijo: “El Poder Gay (Gay Power) llegó a Sheridan Square. Estas calles parecieron este fin de semana un escenario sacado de una novela de William Burroughs desde que el súbito espíritu del Poder Gay sacó su cabeza y escupió un cuento de hadas que la ciudad nunca había escuchado”.

“Después de Stonewall, los homosexuales se volvieron mucho más visibles no sólo para el mundo exterior, sino para ellos mismos. En Stonewall se formó una comunidad y una ideología. Antes no había orgullo; sólo miedo gay, soledad gay y desconfianza gay y odio a uno mismo gay”, escribió Edmund White.

Luego de las revueltas de esas noches de junio, todo cambió para el local. El Stonewall había perdido la mayor de sus virtudes: la discreción. Se había convertido en un lugar demasiado visible. Eso provocó que los mafiosos abandonaran el negocio. A partir de ese momento arrancó un derrotero por la subsistencia del lugar.

El local se dividió en dos y a partir de principios de la década del setenta pasaron decenas de negocios por ahí. Desde venta de zapatos y locales de ropa hasta varios emprendimientos gastronómicos. En 1987 un emprendedor intentó usufructuar la historia y puso un bar con el mismo nombre. La aventura terminó dos años después. En 1990 otro bar y otro cierre. Hasta que a partir de 2006, unos nuevos dueños recuperaron el viejo nombre de Stonewall Inn y el lugar se convirtió en motivo de peregrinación, en un espacio de memoria.

Stacey Lentz, activista LGTBI+, y Kurt Kelly son quienes llevan adelante en la actualidad el negocio. Luchan contra las crisis y contra la escasez de clientes, intentando que el valor histórico del lugar los ayude a que las cuentas cierren.

El Stonewall fue declarado como Monumento Histórico por Barack Obama hace unos años.

El año pasado, cuando se cumplieron 50 años de las revueltas, una multitud participó del desfile del Día del Orgullo en Nueva York. Más de 150 mil personas integraron la enorme peregrinación que tuvo su momento culminante, su punto más emotivo, cuando el itinerario de la marcha coincidió con el pequeño local de la calle Christopher, el lugar dónde la resistencia tuvo inicio. El Stonewall, el oscuro bar en el que sus clientes se cansaron de los maltratos e iniciaron una revolución.

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