Máxima Zorreguieta y Guillermo de Orange, tras su boda. Foto: Carsten Rehder/DPA
Máxima Zorreguieta y Guillermo de Orange, tras su boda. Foto: Carsten Rehder/DPA

Los movimientos estuvieron coreografiados. Primero fue la reina Beatriz quien habló. Con medida alegría, y dentro de lo indicado por el protocolo, anunció el casamiento de su hijo Guillermo Alejandro con Máxima Zorreguieta.

Apenas terminó el mensaje oficial, en otro lugar de la capital holandesa apareció Win Kok, el primer ministro. Con serenidad respondió las pregunta del periodismo. No querían saber ni detalles del vestido, ni del catering, ni sobre las atracciones musicales de la fiesta. Los desvelaba uno solo de los invitados: Jorge Zorreguieta, el padre de la novia. El primer ministro sabía que ese era el cuestionamiento principal y respondió con decisión que el señor Zorreguieta no acudiría a la boda.

El ballet de declaraciones, claras y estudiadas, terminó con la voz más esperada, la de Máxima: "Como hija, encuentro terrible que mi padre no esté presente en mi boda, pero es así y comprendo los sentimientos de los holandeses al respecto. Lamento la dictadura, las desapariciones, las muertes. Todos sabemos los males que causó el régimen militar y como argentina tengo mucha tristeza por ello”.

Pero también agregó que su padre era “un hombre bueno que trabajó para el gobierno equivocado”.

Nada de eso fue casual ni improvisado. Estas declaraciones, el anuncio del casamiento, fue el corolario de largos meses de discusiones, protestas, negociaciones secretas, investigaciones en Argentina, Holanda y Estados Unidos y de disgustos familiares. Win Kok en persona había sido el de la idea y quien comandó las negociaciones para asegurarse la ausencia del ex funcionario de la dictadura militar argentina. Pero tuvo que ser Máxima en persona la que actuó para solucionar el tema.

Máxima Zorreguieta conoció al príncipe Guillermo Alejandro, heredero del trono holandés, en abril de 1999 en Sevilla. El príncipe quedó prendado de esa rubia que bailaba, hacía palmas y sonreía grande. No fue amor a primera vista. Ella no tenía el mismo interés que él. Hablaron en inglés, tomaron algo e intercambiaron teléfonos al final de la noche. Luego, cada uno volvió a sus tareas.

En ese momento, el príncipe heredero de Holanda quedó impactado con la imagen de Máxima Zorreguieta.
En ese momento, el príncipe heredero de Holanda quedó impactado con la imagen de Máxima Zorreguieta.

Máxima trabajaba en un banco en Nueva York. Guillermo Alejandro la empezó a llamar con frecuencia y le enviaba regalos. Viajaba con regularidad a Nueva York. El romance tomó forma. Ella fue trasladada estratégicamente a otra sede del banco en Bruselas. Los encuentros se facilitaron. Luego llegó la presentación familiar. Máxima conoció a sus futuros suegros en el Palacio Real; Guillermo a los suyos en el sur argentino, en Bariloche.

Una tarde de invierno mientras la pareja patinaba, él le propuso casamiento. Ella aceptó de inmediato. Máxima se convertiría en princesa (y en futura reina). Un cuento de hadas moderno. Pero nada es tan sencillo.

La reina Beatriz, al principio, no vio con buenos ojos a esta plebeya proveniente de un país del tercer mundo, que no sabía holandés y que trabajaba en Nueva York. La reina, mujer de carácter fuerte, estaba acostumbrada a imponer su parecer. Ya había conseguido echar a la conflictiva novia anterior de su hijo. Emilie Bremers, una hermosa azafata, no daba el perfil que la reina pretendía. Además, el padre de Bremers, un odontólogo holandés que se mudó a Bélgica, estaba acusado de evadir impuestos: eso sirvió como excusa para forzar el fin de la relación. Pero en el caso de Máxima, Guillermo Alejandro se mantuvo firme. Se casaría con ella.

La prensa holandesa se enteró de la relación casi medio año después del inicio. Fotos, rumores, y una fuente oficial que reconoció que existía una "amistad" entre los jóvenes.

Máxima fue de vacaciones con la familia real a la India. En ese momento estalló el primer escándalo. Grupos de derechos humanos denunciaron la participación del padre de la novia en la dictadura argentina que tomó el poder el 24 de marzo de 1976. Jorge Zorreguieta primero fue subsecretario de Agricultura, Ganadería y Pesca, para luego ser ascendido a secretario de estado del área en 1979. La foto de Jorge Rafael Videla tomándole juramento apareció en la primera plana de todos los diarios de los Países Bajos.

Al ser una monarquía parlamentaria, el Parlamento holandés debe aprobar el casamiento del príncipe heredero. Pese a la determinación de Guillermo Alejandro, todos los indicios y sondeos previos señalaban que no conseguiría esa aprobación oficial. La cuestión se convirtió en un problema de estado. El primer ministro Win Kok se puso al frente de la situación. Citó en su oficina a Michel Baud, un historiador y antiguo funcionario holandés destinado en América Latina, y le encargó una exhaustiva y confidencial investigación sobre el pasado de Jorge Zorreguieta y su involucramiento en los crímenes del Proceso Militar. Le dijo que solo tenía cuatro meses para entregar el dictamen.

Al mismo tiempo, a la reina Beatriz la desvelaba otra cuestión: el pasado de Máxima.

Jorge Zorreguieta, padre de Máxima, junto a su hija y su esposa.
Jorge Zorreguieta, padre de Máxima, junto a su hija y su esposa.

Por esos días se había desatado un gran escándalo en otra casa real. En Noruega el príncipe heredero se iba a casar con Mette-Marit, una joven que la prensa del corazón pintaba como “descarriada”. Era madre soltera, había tenido muchas parejas anteriores, había consumido drogas y el padre de su hijo estaba preso (y apenas se supo del romance de ella con el príncipe noruego Haakon, el convicto lanzó declaraciones incendiarias desde su celda). El casamiento se llevó a cabo de todas formas pero el desgaste de la casa real noruega no fue escaso. Beatriz debía asegurarse que en el caso holandés no sucediera lo mismo, quería evitar una crisis institucional.

Los grandes movimientos en la vida de la argentina ya habían aparecido en todas las revistas del mundo. Estudió en el Colegio Northlands de Buenos Aires, luego economía en la Universidad Católica, después el viaje a Nueva York y los trabajos en HSBC, Dresdner Kleinwort Benson y en el Deutsche Bank.

Pero lo que le preocupaba a la Reina era la vida privada de Máxima y lo que no sabía de ella. No quería que aparecieran ex novios polémicos, fotos comprometedoras o un pasado de alcohol, drogas o algún delito. ¿Pero cómo averiguarlo? La Reina movió sus influencias y utilizó su dinero para hacerlo. La cuestión la desvelaba.

En esos meses un batallón de investigadores privados se diseminó por Buenos Aires, la Patagonia, Nueva York y Bruselas para encontrar alguna prueba que impidiera a Máxima entrar a la Familia Real. Se sospecha que hasta servicios de inteligencia extranjeros pudieron haber estado involucrados en la pesquisa. Un par de meses después, la reina Beatriz recibió el informe secreto en el Palacio Real. La candidata estaba impoluta. No había ningún antecedente personal que impidiera el casamiento, nada de su pasado que los diarios pudieran utilizar en su contra.

Solo apareció unas semanas después un video de una fiesta de casamiento que algún amigo de Buenos Aires vendió por una interesante cantidad de dólares a un canal holandés. El video prometía provocar una pequeña conmoción. Se veía a Máxima brindar y bailar efusivamente, probablemente algo tomada, sin llegar a estar ebria. Quisieron hacerlo aparecer como una muestra de posibles excesos. Sin embargo el efecto fue exactamente el contrario. El pueblo holandés pasó a querer más a su futura princesa. Mostraba un lado humano, sin cálculo; era alguien que también sabía y podía divertirse como ellos.

El rey Guillermo de Orange, la reina Máxima y los hijos de ambos. Foto: AFP /ANP/ Robin Utrecht
El rey Guillermo de Orange, la reina Máxima y los hijos de ambos. Foto: AFP /ANP/ Robin Utrecht

Si entre los novios no existió el amor a primera vista, sí lo hubo entre Máxima y el pueblo holandés. Contra todos los pronósticos, la aceptaron de inmediato. Su simpatía, el perfil profesional y la voluntad inmediata por adaptarse a las costumbres de los Países Bajos. El día que se anunció el compromiso por televisión, la reina Beatriz la conminó a aprender el idioma. Máxima sorprendió al contestarle en un fluido holandés. Luego se especializó en la historia del país, en sus hábitos, en la obra de sus artistas más relevantes.

Pero si Máxima había superado el escrutinio sobre su persona para que el casamiento se consumara debía superar la otra prueba que estaba pendiente, debía esclarecerse el pasado familiar. Debía quedar determinada la responsabilidad del padre, el alcance de su actuación en medio de la dictadura. El primer ministro Kok no pudo ocultar su preocupación cuando recibió el informe final del Profesor Baud. Zorreguieta no podía haber ignorado lo que sucedía en el país. Aunque no había pruebas de su participación en ninguno de los crímenes.

La reina Beatriz había pasado por una situación similar. Cuando anunció su casamiento con el alemán Claus von Amsberg, se supo que él había sido soldado nazi. Una terrible polémica amenazó con suspender el compromiso. Sin embargo se designó una comisión de historiadores y especialistas para que estudiaran el pasado de Claus. Determinaron que no había cometido ningún crimen y que tampoco había tenido ningún acto ni manifestación antisemita en su trayectoria. Beatriz, entonces, se pudo casar.

Holanda desde la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial había demostrado fuerte preocupación e involucramiento en las cuestiones de derechos humanos. Durante la Dictadura Militar no solo dio cobijo a exiliados argentinos sino que distintas agrupaciones impulsaron las denuncias. Uno de los países en que mayor eco tuvo la campaña de boicot al Mundial 78 fue allí.

Jorge Zorreguieta y María del Carmen Cerruti Carricart, los padres de la reina Máxima.
Jorge Zorreguieta y María del Carmen Cerruti Carricart, los padres de la reina Máxima.

Otra vez, el poder ejecutivo tuvo que intervenir para zanjar la situación. Las Madres de Plaza de Mayo tuvieron su lanzamiento internacional el día de la inauguración del Mundial gracias a que la televisión holandesa siguió su ronda en el mismo momento que se desarrollaba la ceremonia inaugural: a pantalla partida los holandeses vieron la fiesta en la cancha de River y a esas madres con sus pañuelos blancos caminando desoladas en la ciudad vacía. Luego, las Madres lograrían comprar su primera sede gracias al aporte de una agrupación de mujeres holandesas.

El tema de los derechos humanos y sus violaciones no era menor y el Parlamento ya había dado pruebas contundentes de que no aprobaría la boda.

Kok encontró una fórmula intermedia que pareció conformar a los parlamentarios y a la Casa Real. Que el casamiento se celebrara pero que el padre de la novia, Jorge Zorreguieta no pudiera asistir.

Todos coincidieron en que eso era lo mejor. Casi todos. Aunque no se sabe con certeza cuál fue la primera reacción de Máxima, se sospecha que intentó torcer esa decisión pero se dio cuenta pronto de que era infructuoso. El príncipe Guillermo había amenazado con casarse aun si no obtenía la aprobación. Eso le costaría el acceso al trono. Ya no podría ser rey. Que su futuro suegro no concurriera solucionaba los problemas.

El otro que no estaba de acuerdo con lo resuelto fue el mismo Jorge Zorreguieta. Hasta último momento quiso ser el padrino del casamiento de su hija.

El gobierno holandés envió importantes emisarios a distintas partes del mundo para negociar con el suegro renuente: diplomáticos de distinto rango y hasta un ex canciller. Zorreguieta decía que se trataba de una injusticia. Qué él no se había enterado de nada hasta 1984, hasta el regreso de la democracia. No hablaba ni de crímenes ni de violaciones a los derechos humanos. Él se refería a “excesos”.

Nueva York, Bariloche y San Pablo fueron las sedes de los cónclaves secretos y cada vez más tensos. La última reunión, 20 días antes del anuncio del compromiso, pareció naufragar. Los emisarios holandeses salieron frustrados. Era en San Pablo, Brasil.

En un último intento, allí mismo, se encerraron en una habitación Guillermo de Orange, Máxima y su padre. Media hora después, Jorge Zorreguieta anunció que no concurriría a la boda. Cedió ante el pedido expreso y personal de su hija. El gobierno holandés no se conformó y le exigió que lo dejara asentado en un escrito. Así se hizo.

En ese momento padre e hija comprendieron varias cosas a la vez. Que los actos del pasado generalmente lo alcanzan a uno. Y que ser princesa (o reina) conllevaba beneficios, lujos, agasajos y honores pero también una pérdida brutal e inhumana de la intimidad y que el precio a pagar muchas veces sería demasiado alto, que podía ser hasta insoportable, como tener que pedirle al padre que se abstuviera de ir a su casamiento.

El Parlamento holandés aprobó de inmediato la boda. Solo agregó una cláusula más, un subrayado: Zorreguieta padre no podría participar de por vida en ningún acto protocolar del estado holandés por su condición de ex funcionario de la Dictadura Militar.

Guillermo Alejandro y Máxima se casaron el 2 de febrero de 2002 en la iglesia Nieuwe Kerk de Ámsterdam. A la boda tampoco concurrió la madre de la argentina, María del Carmen Cerruti, en solidaridad con su marido. En un momento de la ceremonia, en homenaje a la novia, se tocó Adiós Nonino, la composición de Ástor Piazzolla. Las cámaras justo enfocaron a la princesa cuando unas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Ese tango era el favorito de su padre.

Con el correr de los años la pareja tuvo tres hijas: la princesa Amalia, la princesa Alexia, y la princesa Ariane.

La familia real de Holanda.. AFP/Alejandro PAGNI
La familia real de Holanda.. AFP/Alejandro PAGNI

La reina Beatriz siempre se mostró encantada con Máxima que supo llevar de gran manera su vida pública. Se integró con naturalidad a las costumbres de los Países Bajos.

En 2013 cuando Beatriz luego de 33 años de reinado abdicó en favor de su primogénito Guillermo, Máxima se convirtió en reina de los Países Bajos.

En ese momento declaró: “Era evidente que mi padre no vendría. Se cerraron acuerdos y éste es un evento constitucional donde mi marido se convertirá en rey y mi padre no tiene que estar. Aunque naturalmente la decisión es bastante dolorosa. Pero debo reconocer que mucho menos que la del casamiento”.

Era un acto constitucional y ninguna cuestión personal debía imponerse. Ningún miembro de la familia Zorreguieta concurrió a la coronación.

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