
La única enfermedad infecciosa que la humanidad logró borrar del mapa requirió al menos 3.000 años de lucha hasta su derrota definitiva. El 8 de mayo de 1980, la 33.ª Asamblea Mundial de la Salud emitió una declaración sin precedentes: “El mundo y todos sus habitantes se han liberado de la viruela”. Detrás de esa frase se condensaban diez años de campaña global, 500 millones de vacunas administradas y 300 millones de dólares invertidos, así como el esfuerzo por contener una enfermedad que solo en el siglo XX había matado a 300 millones de personas.
Antes de la existencia de una vacuna, tres de cada diez infectados morían. De los sobrevivientes, entre el 65% y 80% quedaban con cicatrices profundas en la piel, y entre el 5% y 9% desarrollaban complicaciones oculares que podían causar ceguera.
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La viruela era una infección provocada por el virus variola, altamente contagiosa. Su transmisión principal se daba por la inhalación de gotas de la nariz o la boca de personas infectadas, aunque también podía propagarse a través del contacto con objetos contaminados o con el líquido y las costras provenientes de los pacientes.

Los síntomas iniciaban con fiebre y fatiga, seguidos por una erupción cutánea característica: pústulas que dejaban cicatrices permanentes y desfiguraciones en quienes sobrevivían. La enfermedad resultaba mortal en hasta 30% de los casos.
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La infección no tenía presentaciones asintomáticas. Cada caso era manifiesto, circunstancia que facilitaría después su erradicación.
Siglos antes de la vacuna, se buscaba protección mediante la variolización: extraer material de las pústulas de un enfermo, raspar la piel sana de una segunda persona y aplicar el material, o bien hacer que lo aspirara.
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Quienes se sometían ese procedimiento tenían muchas menos probabilidades de morir por viruela que quienes la contraían de manera natural, aunque el método conllevaba serios riesgos: el virus podía propagarse más allá del área de inoculación y desencadenar brotes locales.
El punto de inflexión llegó en 1796, cuando el médico inglés Edward Jenner observó que las ordeñadoras que habían tenido viruela bovina mostraban resistencia a la viruela humana. Jenner transfirió material de una llaga de viruela bovina de una ordeñadora llamada Sarah Nelmes al brazo de James Phipps, hijo de su jardinero, y comprobó que el niño desarrolló inmunidad. Aquel experimento —si se quiere precario pero eficiente— condujo al desarrollo de la primera vacuna de la historia.
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La vacunación contra la viruela se volvió una práctica habitual en muchos países en el siglo XIX. A mediados del XX el procedimiento inmunológico se implementaba en todo el planeta, y los países más ricos habían conseguido eliminar la enfermedad de sus territorios.
La Organización Mundial de la Salud asumió la erradicación de la viruela como una misión en 1959, aunque la campaña inicial fracasó por carencias de recursos, financiamiento y compromiso internacional. En 1967, el esfuerzo se relanzó bajo el nombre de Programa de Erradicación Intensificada, con el objetivo concreto de eliminar la enfermedad en una década.
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Ese año, cuando comenzó la campaña, la viruela todavía provocaba 2.700.000 de muertes por año en el mundo. La meta se logró en 1978, cuando el último caso natural de la enfermedad fue detectado en Somalia.
Un año más tarde, en diciembre de 1979, una comisión mundial certificó oficialmente que la viruela había sido erradicada. La 33.ª Asamblea Mundial de la Salud ratificó la certificación el 8 de mayo de 1980. Hace 46 años.
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La pregunta de por qué este logro no se repitió con otras enfermedades persiste entre los expertos. El motivo se relaciona con condiciones muy específicas que el virus de la viruela cumplía casi a la perfección.

José Esparza, profesor del Instituto de Virología Humana de la Escuela de Medicina de la Universidad de Maryland, explicó a BBC Mundo en 2024: “Son varias condiciones: una es que no haya casos asintomáticos, que no haya personas que no saben que están infectadas y transmitiendo el virus. Otra condición es que no sean casos crónicos”. Se sumaba la ausencia de reservorios animales —es decir, que el virus no se mantenía circulando en otras especies— y la falta de variantes antigénicas.
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“Pero lo principal es que exista una vacuna efectiva contra ese virus. En el caso de la viruela se cumplían de manera casi perfecta todas estas condiciones”, agregó Esparza.
El profesor David Heymann, de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, quien participó en el programa de erradicación de la viruela en India, destacó que cada infección era claramente visible y los pacientes siempre presentaban signos inconfundibles. La visibilidad de la enfermedad fundó la estrategia fundamental que se aplicó en el terreno.
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El programa no se apoyaba solamente en vacunar a toda la población. La estrategia fundamental fue la denominada “búsqueda y contención”, que combinaba vigilancia activa con vacunación selectiva.

Los equipos de salud detectaban casos de viruela, aislaban a las personas infectadas y rastreaban a todos los contactos. Esas personas y sus allegados recibían la vacuna de inmediato, en lo que se conoce como vacunación en anillo: un círculo de inmunidad que rodeaba a los infectados para cortar la cadena de transmisión.
“Así que fue fácil erradicarla porque se podía localizar a los pacientes y aislarlos. Después se buscaba a quienes habían tenido contacto con este y se los vacunaba. Y así terminábamos sin ningún caso en esa determinada zona”, relató Heymann.
La vacuna contra la viruela demostró ser una herramienta altamente eficaz: prevenía la infección en el 95% de los casos. Además, su administración podía realizarse hasta una semana después de la exposición al virus, reduciendo la gravedad de la enfermedad.
Un aspecto poco recordado de la erradicación de la viruela es el contexto político en el que se produjo. La campaña tuvo lugar en plena Guerra Fría, en un momento de máxima tensión entre las potencias que disputaban el poder global durante buena parte del siglo XX: Estados Unidos y la Unión Soviética.

“La erradicación de la viruela ocurrió en lo más complicado de la Guerra Fría, y sin embargo, los que estuvimos en el programa trabajamos al lado de gente de todo el mundo, incluida la Unión Soviética”, evocó Heymann. Hubo cooperación científica para combatir a la viruela. Mientras en otras áreas había un enfrentamiento abierto.
El profesor Paul Fine, también de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres y participante en la campaña, coincidió en ese análisis: “Si el mundo trabaja en conjunto se puede hacer mucho para combatir las infecciones, ya sea para un programa de erradicación o un programa para combatir una pandemia”, valoró.
Miles de profesionales de la salud de distintos países participaron de la campaña, que exigió una coordinación logística sin precedentes para la época.
Luego de la declaración de 1980, la vacunación contra la viruela se suspendió para el público en general, ya que la enfermedad había dejado de circular en la naturaleza. La inversión total había llegado a los 300 millones de dólares, una cifra que, según la Organización Mundial de la Salud, la humanidad recupera con holgura: el ahorro anual supera los 1.000 millones de dólares desde entonces.
La erradicación de la viruela también impulsó la creación del Programa Ampliado de Inmunización, desarrollado por la Organización Mundial de la Salud y UNICEF, que inmuniza actualmente al 85% de los niños del mundo contra ciertas enfermedades.

El último caso mortal de viruela no fue por contagio natural, sino que ocurrió en Reino Unido en 1978 como consecuencia de un accidente de laboratorio. Desde ese año, el virus variola solo existe en dos repositorios oficiales en todo el mundo, bajo medidas estrictas de bioseguridad.
Walter A. Orenstein, expresidente de la National Foundation for Infectious Diseases de Estados Unidos y ex funcionario de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades del país norteamericano, fue uno de los médicos que viajó a India a trabajar en la campaña. “Fui testigo de cómo esta enfermedad desaparecía ante mis ojos con una vacuna”, escribió años después. Ese momento, aseguró, lo impulsó a dedicar su carrera al estudio de las vacunas.
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