El sobrepeso, un aliado que salvó a un infiltrado del FBI entre mafiosos: “Se convirtió en mi mejor disfraz”

Jack Falcone, un legendario agente encubierto, narra las dificultades y ventajas inesperadas de su físico al trabajar en redes criminales peligrosas

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Joaquín García, conocido como Jack Falcone, usó su sobrepeso como principal disfraz para infiltrarse durante 24 años en el crimen organizado estadounidense (YouTube: @Insider)

Joaquín García, conocido también como Jack Falcone, pasó 24 años infiltrándose en los círculos más peligrosos del crimen organizado como agente encubierto del FBI. En una entrevista exclusiva con el medio digital especializado Business Insider, confesó: “El sobrepeso se convirtió en mi mejor disfraz”.

“Criminales me miraban y pensaban que no había forma de que fuera un agente”, confesó. Su físico, lejos de ser un obstáculo, le permitió moverse con naturalidad entre mafiosos, narcotraficantes y criminales de alto perfil, evitando sospechas en ambientes donde la desconfianza era ley.

Durante su extensa carrera, García llegó a pesar casi 225 kg. “A diferencia de un disfraz que puedes quitarte, no puedes quitarte el sobrepeso de un día para otro”, reflexionó. Su tamaño no solo le aportaba anonimato, sino excusas plausibles para no participar en delitos más graves. “Mi tamaño me daba una buena excusa para decir que tenía problemas cardíacos y así no tenía que consumir drogas ni involucrarme en asesinatos”, explicó.

A lo largo de la infiltración, el peso se convirtió en una herramienta vital para García, permitiéndole ganar confianza y evitar sospechas en los ambientes más hostiles del crimen organizado.

El agente encubierto del FBI llegó a pesar casi 225 kg, lo que le permitió ganar confianza entre mafiosos y evitar sospechas en círculos peligrosos
El agente encubierto del FBI llegó a pesar casi 225 kg, lo que le permitió ganar confianza entre mafiosos y evitar sospechas en círculos peligrosos

Cómo aprendió el código de la mafia

“Infiltrar la familia Gambino fue todo un proceso. Me pidieron que me hiciera pasar por italiano”, relató García. Para lograrlo, asistió a una “escuela informal de la mafia”, donde aprendió desde la pronunciación de los platos italianos hasta los códigos de comportamiento. “No es manicotti, es manicott. No es mozzarella, es mozzarell. Tenía que sonar como si hubiera crecido en esa cultura”, recordó.

Su historia de portada era la de un hijo de sicilianos criado en Miami, rodeado de la comunidad cubana. El acceso clave lo consiguió cuando se convirtió en chofer y confidente de Greg DePalma, capitán de la familia Gambino. “Tenía una propensión a hablar, y en el FBI nos gustaba escuchar. Así que era la combinación perfecta”, resumió García.

La vida diaria con la mafia implicaba extorsión, apuestas y control de los sindicatos. “Había mucho dinero en movimiento de tierras. Si tienes el hoyo, tienes el oro”, explicó sobre los contratos de construcción. Pero lo más peligroso era la obligación de reportar cada movimiento: “Con la mafia, la rendición de cuentas es total. Tenían que saber dónde estabas todo el tiempo. Si cometías un error, podías terminar en el baúl de un coche”.

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García aprendió los códigos de la familia Gambino y adoptó la cultura italiana para integrarse con éxito en la mafia de Nueva York (YouTube: @Insider)

Comer para encajar: la mesa como territorio mafioso

La comida fue un eje central de su experiencia. “Todo gira en torno a comer”, relató a Business Insider. “Si ves Los Soprano con el ‘gabagool’, sabes que esa es la cultura. Cada vez que los ves, están comiendo”.

En la práctica, desayunos, almuerzos y cenas se sucedían sin pausa. “Lo único que hacía era ir a Little Italy y comer como si fuera mi última cena. Ordenábamos todo tipo de pastas. El juez Hellerstein me preguntó cuánto peso había ganado en el caso. Le respondí: 'Unos 40 kg‘. Me miró y me dijo: ‘Ahora entiendo por qué’”, relató.

El propio García reconocía que cuanto más comía, más lo aceptaban: “La comida me ayudó mucho. Cuanto más comía, más me querían”. En ese sentido, los chefs lo trataban como a una celebridad, ofreciéndole platos especiales y comida para llevar. Además, destacó que nadie en la mafia hacía ejercicio, solo corrían cuando huían de la policía.

El peso, identidad y riesgos

El aumento de peso fue una consecuencia directa de su vida encubierta. Antes de infiltrarse en la mafia, García ya pesaba cerca de 180 kg, pero al finalizar su misión alcanzó casi 225 kg. “¿Era saludable? Absolutamente no. No culpo a nadie más que a mí. Como porque me gusta y me hace sentir bien”, admitió.

Y agregó que su lucha con el peso empezó mucho antes: “Cuando ingresé al FBI, me exigieron bajar a unos 110 kg. Pero con el tiempo y las misiones, el peso fue subiendo”.

García reconocía el costo físico y emocional de su trabajo: “He aceptado que esto es una batalla constante. Ganas algunas peleas, pero aún no has ganado la guerra”. Tras su retiro en 2006, emprendió una cruzada para bajar de peso, probando dietas, medicamentos y, finalmente, una rutina estricta de comidas y caminatas diarias. Actualmente, su peso oscila entre 177 y 186 kg, con la esperanza de llegar a 130.

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A pesar de los riesgos físicos y emocionales, García logró culminar su carrera sin graves consecuencias personales, salvo el aumento de peso (YouTube: @Insider)

Violencia, poder y miedo en la mafia

La mafia, según García, inspiraba temor no por la fuerza individual de sus miembros, sino por su capacidad de intimidación. “No les temes por el tamaño, sino por lo que representan. Todo lo que hace falta es una orden para que alguien queme tu casa o te agreda”, explicó. El respeto y la lealtad eran imprescindibles; de hecho, contó: “Te dan un anillo de meñique que debes usar. Es la señal de que eres un asociado”.

Además de la mafia, García se infiltró en cárteles latinoamericanos y redes de corrupción policial. “Si tuviera que nombrar a los más temibles, serían los cárteles mexicanos y colombianos. Son más violentos que la mafia y hacen más dinero”, afirmó en la entrevista. Recordó operaciones en las que estuvo a punto de ser secuestrado o asesinado, y la constante amenaza sobre su familia.

“No hay mejor adrenalina que sentarse frente a un criminal, brindar con él y ver que sus manos tiemblan más que las tuyas”, confesó sobre la tensión diaria del trabajo encubierto. La vida de lujos y respeto en la mafia contrastaba con el anonimato y las dificultades tras el retiro. “Ahora, para reservar una mesa tengo que esperar. Antes, los camareros se tropezaban para atenderme”, señaló.

Legado y vida tras la infiltración

García, hijo de inmigrantes cubanos, llegó a Estados Unidos a los nueve años y confesó que “nunca” encajó del todo en el FBI. “No tenía el aspecto típico del agente, pero eso me ayudó a trabajar encubierto”, opinó. Su autobiografía, Making Jack Falcone, integró la lista de bestsellers del New York Times y recopila parte de sus más de 100 casos.

Hoy, aunque extraña la acción, prioriza estar con su familia. “Me siento un sobreviviente. Nada me pasó. Muchos compañeros no tuvieron la misma suerte”, concluyó.

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