
Cada 14 de febrero, millones de personas intercambian tarjetas, flores y regalos por San Valentín, en una tradición que mueve miles de millones. En Estados Unidos, la industria asociada a esta fecha tiene un valor estimado en USD 20.000 millones y, según datos recientes, se envían alrededor de 145 millones de cartas cada año. Aunque la festividad se asocia con gestos románticos, su origen remite a historias muy diferentes.
El relato de San Valentín se remonta al siglo III. Existen dos figuras históricas con ese nombre: San Valentín de Roma y San Valentín de Terni, ambos mártires que, según la tradición, fallecieron el 14 de febrero.
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De acuerdo con Collectors Weekly, San Valentín de Roma, patrono de los apicultores y más tarde de los enamorados, habría curado de la ceguera a la hija de su carcelero antes de morir por su fe. Algunos historiadores sugieren que ambos santos podrían ser la misma persona. El papado instituyó oficialmente el 14 de febrero como su festividad en el año 496.

Durante la Edad Media, el Día de San Valentín adquirió nuevos significados. El amor cortés y la literatura medieval transformaron la celebración en un evento romántico, y se popularizó la creencia de que los pájaros comenzaban su apareamiento ese día. La festividad evolucionó con el tiempo y se consolidó como una jornada dedicada a los sentimientos amorosos.
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El nacimiento de la tarjeta romántica
De acuerdo con investigaciones históricas, la costumbre de intercambiar tarjetas y pequeños obsequios tomó fuerza en Europa entre los siglos XVIII y XIX. En esa época, las parejas comenzaron a regalarse flores, dulces y mensajes escritos a mano.
Estos objetos, conocidos como “Valentines”, se convirtieron pronto en piezas codiciadas por coleccionistas. Un ejemplo destacado es una tarjeta de 1790 vendida en 2019 por 7.192 libras esterlinas en la casa de subastas Hansons of Derbyshire, en Reino Unido.
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El desarrollo del sistema postal británico y la introducción del sello prepagado en la década de 1840 impulsaron el envío masivo de tarjetas. En 1846, la oficina de correos de Nueva York gestionó más de 30.000 en un solo día. Los avances en impresión permitieron abaratar los costos y popularizar el acceso a estos productos.
En 1847, Esther A. Howland, una empresaria de Worcester, Massachusetts, comenzó a producir tarjetas de San Valentín de forma comercial. Según fuentes de la industria, Howland contrataba a jóvenes para ensamblar tarjetas en casa utilizando papeles decorativos, encajes y detalles dorados.
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La New England Valentine Company, fundada por ella, llegó a facturar entre 50.000 y 75.000 dólares anuales. Howland vendió su negocio en 1880 a George Whitney, y la empresa continuó hasta 1942, año en que cerró por la escasez de papel durante la guerra.

El fenómeno de los “Valentines de vinagre”
No todas las tarjetas de San Valentín transmitían sentimientos positivos. De acuerdo con Ruth Webb Lee, autora de Una historia de San Valentín, en la segunda mitad del siglo XIX surgió una variante satírica conocida como el “Valentín de vinagre”. Estas tarjetas, de tono humorístico u ofensivo, solían contener caricaturas y versos burlones; se enviaban de forma anónima con la intención de ridiculizar o molestar al destinatario.
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Durante ese periodo, se calcula que la mitad de las tarjetas vendidas en Estados Unidos pertenecían a esta categoría. Los destinatarios solían deshacerse de ellas, lo que convierte a los ejemplares conservados en piezas raras para los coleccionistas. Algunas de estas se vendieron a precios elevados: un “Valentín de vinagre” apareció en eBay en 2022 por USD 150.
El Museo Victoria & Albert de Londres conserva algunas de estas piezas, que muestran a figuras ridiculizadas con mensajes directos. El fenómeno de los “Valentines de vinagre” perdió popularidad a fines del siglo XIX, aunque en Estados Unidos persistió durante más tiempo.
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La consolidación comercial y el legado de Esther Howland
Las tarjetas producidas por Esther Howland se distinguen por el sello rojo “H” en la contraportada. El Museo Metropolitano de Arte posee varios ejemplares con características típicas de su estilo: recortes en relieve, colores vibrantes y motivos de corazones, pájaros y flores.
En 2018, una tarjeta de Howland con la inscripción “Token of Love”, decorada con encaje y cromolitografía, se vendió en eBay por USD 450. Estas piezas, aunque se fabricaron en grandes cantidades, han adquirido valor por su estado de conservación y su diseño detallado. Los coleccionistas valoran especialmente los ejemplares que conservan todos sus elementos originales.
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Además de los “Valentines de vinagre”, existieron otras variantes humorísticas que reflejaron el espíritu crítico de la época. Las caricaturas y versos satíricos anticipan formas de burla que hoy se ven en redes sociales, aunque con un formato más artesanal y directo.

Del rechazo al auge global
A finales del siglo XIX, la popularidad del Día de San Valentín decayó en Reino Unido. Sin embargo, en Estados Unidos la celebración mantuvo su fuerza. Según reportó The Graphic en 1894, la festividad había perdido relevancia en Inglaterra, pero seguía vigente al otro lado del Atlántico.
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Durante el siglo XX, la fecha experimentó un resurgimiento, impulsado principalmente por la industria de las tarjetas comerciales. Después de la Segunda Guerra Mundial, el Día de San Valentín se consolidó como un acontecimiento de alcance global. El intercambio de tarjetas románticas, flores y obsequios se transformó en una tradición inalterable, sostenida por el atractivo comercial y cultural de la fecha.
En la actualidad, el Día de San Valentín genera un movimiento económico masivo. La tendencia no muestra señales de declive, y la celebración se adapta a los nuevos tiempos. La faceta más amarga de la festividad quedó en el pasado, limitada al interés de los coleccionistas. El espíritu romántico predomina, y la industria continúa creciendo cada año.
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