
De acuerdo a los entendidos, los actores no eran buenos, hacían llorar cuando debían provocar alegría y el público reía cuando el libreto apuntaba a la emoción. Para colmo, no resultaban para nada convincentes aquellos criollos que abrazaron la vocación de las tablas ya que eran instruidos por españoles bien castizos, que imponían acento y modos de desplazarse y comportarse según usanzas de la península que distaban con las costumbres de acá. Pero como en la Buenos Aires virreinal poco había para pasarla bien, el teatro, por más miserable que pareciera y con actores improvisados, era cita obligada de los domingos entre las cuatro y las siete de la tarde.
Hasta ese momento, las representaciones teatrales eran aisladas, asociadas a los ámbitos religioso y político y gratuitas, pero costeadas por ciudadanos de la elite porteña.
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El virrey Juan José Vértiz dispuso la construcción de una sala teatral, que se llamaría Casa de las Comedias, pero que el decir popular la identificaba como el teatro de la Ranchería.

Ubicado en la esquina de Alsina y Perú, se convirtió en uno de los primeros espacios (algunos autores señalan que hubo una sala en 1757) donde se representaron piezas dramáticas en Buenos Aires. De esta manera, este espacio se transformó en un ámbito de encuentro.
Vértiz autorizó al español Francisco Velarde, que había nacido en 1742, a llevar adelante el negocio. Se comprometía a construirlo y a entregar dos mil pesos anuales a la Casa de Niños Expósitos y a atenerse a todo lo que dispusiera el Cabildo.
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El de la Ranchería de los Jesuitas o de las Misiones era un galpón de paredes de adobe y techo de paja en el que los jesuitas lo habían destinado al almacenamiento de los productos que venían de las misiones y también de los negros esclavos.
El edificio tenía un frente de 30 metros y una profundidad de 63. Poseía una puerta grande a su frente y dos a los costados, que se abrían para afuera para facilitar la evacuación en caso de incendio. De su techo colgaban dos arañas de hierro con velas de sebo, y tenía candilejas que alumbraban el escenario, que no era amplio.
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Los espectadores se dividían entre los bancos de madera ubicados en el patio, los de las primeras filas tenían respaldo. Allí no podían sentarse los negros. Luego venían algunas filas más de bancos y por último el lugar desde donde se podía ver la función parado. A los costados había una suerte de cuatro palcos y el sitio de honor estaba reservado al virrey. Los palcos eran el único espacio que podían compartir hombres y mujeres. De otra forma, debían estar separados. Ningún hombre podía acercarse al sector femenino, ni acercarse a las mujeres en el patio.
Pero en definitiva, en un mismo ambiente se mezclaban los distintos sectores sociales, y la elite local compartía un mismo recinto con las clases más bajas.
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El director era el español Antonio Aranaz, que fue contratado en la península a través de un comerciante residente en Cádiz, no solo para dirigir la sala sino para enseñar a cantar y componer la música de las piezas que se interpretarían. Para ello había armado una orquesta de cuatro violines, un bajón, dos oboes y dos trompas, ejecutados por esclavos músicos.
Aranaz firmó contrato el 10 de diciembre de 1787 y se estipuló que su sueldo fuera una cuarta parte del total de las ganancias que diera la sala, descontando el sueldo de los empleados, el monto que iba a los Niños Expósitos y el arrendamiento del terreno.
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Siempre le fue difícil cobrar los 80 pesos mensuales en tiempo y forma ya que le pagaban en cuotas de 20 o 30 pesos. En una oportunidad debió recurrir a las autoridades.
A los actores los asistían dos apuntadores. Además, estaba el personal que cobraba la entrada, que valía dos reales, y otra persona que organizaba el guardarropas. Asimismo, había cuatro peones, un carpintero, dos peluqueros, uno para hombres y otro para mujeres.
El que protestó airadamente fue el clero, ya que asociaba el contenido teatral a lo obsceno y a lo contrario de las buenas costumbres y de la fe cristiana. Esto obligó a Vértiz a elaborar una suerte de Instrucciones de veinte artículos. Las obras a interpretarse debían pasar por la revisión de un grupo de censores, a pesar de que este material venía con la aprobación de la corte española; se estipulaban las medidas para evitar los incendios, los actores no debían apartarse de sus libretos ni improvisar bromas que pudieran ser malinterpretadas; les recomendaban ser educados y que no apareciesen vestidos en forma indecente.
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Estas instrucciones contemplaban la colocación de una madera al borde del escenario, que debía tapar los pies de las mujeres que actuasen.
Imposible promocionar una obra con el nombre de los actores, ya que todos eran ilustres desconocidos. Y en los dramas más importantes los papeles femeninos eran interpretados por hombres.
Quedó oficialmente inaugurado el domingo 30 de noviembre de 1783. La primera obra teatral de autor criollo, estrenada en Buenos Aires durante el carnaval de 1789, fue “Siripo” de Manuel de Lavardén, una tragedia en cinco actos. Pasó a la historia como la primera obra de autor criollo estrenada en Buenos Aires.
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Se ponían en escena dramas, sainetes, tonadillas, zarzuelas en prosa. Generalmente los actores recitaban y solían cantar, y muchas piezas terminaban en baile.
Para saber si había función, encendían un farol en el frente de la farmacia de los Angelitos, en Chacabuco y Alsina.
Las estrellas de entonces eran, por ejemplo, Juan Antonio Cárcamo, un andaluz con un pasado de presidiario; también sobresalía el chileno Domingo Salazar. Entre las mujeres, la potosina treintañera Josefina Somalloa y Escobar no tenía buena química con el público. La reemplazó Josefa Ocampos, una chica de 18 años casada con Ángel Rodríguez, también actor.
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No era para nada fácil para una mujer dedicarse al teatro, ya que para muchos era una tarea indecente y algunos vecinos la vinculaban con la prostitución. Hubo casos en que la familia de la mujer tomaba como una afrenta al buen nombre y honor esta actividad.

Había competencia para todos los gustos y el Cabildo debió mediar para equilibrar las cosas. La iglesia, por un lado, presionaba para que no hubiera funciones en los horarios de misas, porque les sacaba público; y los del teatro protestaban porque a veces la sala no se llenaba ya que había corrida de toros o la gente iba a apostar a los reñideros de gallos.
Nunca se supo si fue obra de la casualidad o si fue intencional. El jueves 16 de agosto de 1792, durante la celebración de fiestas patronales, un cohete, disparado desde el atrio de la iglesia de San Juan Bautista, en la actual Alsina y Piedras, distante dos cuadras, impactó sobre el techo de paja del galpón. La sala ardió por completo y quedó destruida. Las llamas destruyeron el archivo de obras teatrales y el primer manuscrito de Siripo, que se perdió para siempre.
En conmemoración de la apertura de la Ranchería, se instituyó el 30 de noviembre como el Día Nacional del Teatro.

Aramaz se quedó sin trabajo y junto a su familia se radicó en Chile, donde continuó su carrera de músico. Los porteños debieron esperar hasta mayo de 1804, cuando se inauguró en la esquina de Rivadavia y Reconquista, el Coliseo que nunca se terminó. Algo debía tener esa esquina, porque fue el lugar elegido para levantar el primer Teatro Colón que tuvo nuestra ciudad. Pero eso es argumento para otra obra que mereció aplausos de pie.
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