
El cuerpo de ese coronel tan valeroso como cruel e insensible yacía sobre una camilla improvisada por sus propios hombres. Fue uno de los 8.500 muertos que dejó la sangrienta batalla de Boquerón, donde los paraguayos destrozaron a los uruguayos, en cruentos enfrentamientos que tuvieron lugar entre el 16 y el 18 de julio de 1866 en el marco de la guerra de la Triple Alianza.
Un detalle que dio la pauta de la ferocidad de los combates: tanto el jefe paraguayo el coronel Elizardo Aquino como el de las fuerzas uruguayas el mercenario español José Pons de Ojeda, conocido como León de Palleja, murieron en el campo de batalla. Este último fue el que, en la camilla, una imagen del irlandés George Thomas Bate -quien había abierto un estudio en la ciudad de Buenos Aires y quien sería el precursor en América Latina de la fotografía bélica- inmortalizó para la eternidad.
Nadie recordaba que 14 años atrás había matado a un hombre de la forma más miserable: desarmado, a sangre fría, a un médico que intentaba defender a soldados heridos.

Claudio José del Corazón de Jesús Cuenca nació en Buenos Aires el 30 de octubre de 1812. Nadie sabe por qué se cambiaría el nombre a Claudio Mamerto. Luego de estudiar en el Real Colegio de San Carlos, entró al Departamento de Medicina. Sería médico, como sus hermanos José María, Salustiano y Amaro.
Tenía 26 años cuando se recibió con una tesis sobre “Opúsculo sobre las simpatías en general”. Y dos años después lo pusieron a cargo de la cátedra de Anatomía y Fisiología. En 1845 fue el director de tesis de Guillermo Rawson.
Fue un ferviente opositor al rosismo, pero en religioso silencio. Canalizaba sus sentimientos a través de la poesía, que escribía en cuadernos que llevaba en su maletín de médico, del que nunca se separaba ni para dormir. En ocasiones lo usaba de almohada.

Añoraba el pasado en sus poesías:
“Pues vendrán otros Balcarces
San Martines y Belgranos
a quitar de entre las manos
la segur a los tiranos
que laza el antro infernal!”
No solo escribía poesía, también teatro. Sobrevivieron dos obras: “Don Tadeo”, una comedia de costumbres escrita en 1837 y “Muza”, un drama histórico que dejó inconcluso, de 1850.
La ironía del destino quiso que, por ser uno de los médicos mejor conceptuados en la ciudad, cayera en la boca del león. Cuando el doctor Ventura Bosch, médico personal del gobernador Juan Manuel de Rosas, partió a París en un viaje de perfeccionamiento, fue Cuenca quien, por indicación expresa del todopoderoso gobernante, ocupó su lugar.
En 1851, cuando fue nombrado cirujano mayor del ejército, presintió su fin. Así se lo hizo saber a Eugenio Pérez, quien lo suplantó en la cátedra de Fisiología, cuando se despidió con un inquietante y enigmático adiós.

Frecuentaba el círculo de Manuelita, la hija de Rosas. A ella le dedicaría el poema “La sultana”, que comienza así:
De perfumes y placeres
embriagada la sultana
sobre alfombras de oro y grana
Díjose al poner la sien
qué le falta a mi ventura
soi la esclava más bonita,
la mimada y favorita,
soi la reina del harén.
Por su cargo, le tocó integrar el equipo de médicos en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852. Dos días antes, estando en el campamento, Cuenca fue sorprendido por Rosas cuando leía en voz alta los últimos versos que había compuesto contra él.
Se levantó un hospital de sangre detrás del palomar para atender a los heridos. Para ello, con once carretas se armó un hemiciclo y, al aire libre, junto a otros colegas, hacía lo que podía para salvar la vida de los que caían en el campo de batalla.

Otro de sus versos presagiaba el final de Rosas:
“Y esto es ni más ni menos lo que ahora
Te está, perverso Rosas, sucediendo;
Estás en tu espiación y ya la hora
De purgar tu maldad está corriendo”
El resultado de la batalla estaba cantado. Casi un millar de federales, sintiéndose derrotados, intentaron refugiarse en el palomar y en la casa aledaña para defenderse del embate de una división uruguaya, reforzada por un batallón de brasileños. Rosas, herido en un dedo, ya había huido y en la ciudad, firmaría su renuncia.
Un hecho desgraciado sería el fin de Cuenca. Casi en los finales del combate, un grupo de soldados federales simularon rendirse y, cuando tuvieron a tiro al enemigo, abrieron fuego sobre ellos. El engaño desencadenó una furia de sangre y venganza, donde un enardecido León de Palleja ordenó pasar a cuchillo a todo el mundo.
Cuenca, en plena tarea de médico, vestido de uniforme y con vendas en sus manos, le pidió a Palleja que respetase a los heridos. Como respuesta recibió golpes de sable en la cabeza, en los hombros y brazos, y fue rematado con una profunda herida en su vientre.
Murió en brazos de los doctores Claudio Mejía y Nicomedes Reynal, quienes providencialmente salvaron sus vidas.
Estaba a poco de casarse con María Atkins, de 19 años. Aseguran que tras la muerte del médico, la mujer se recluyó en un convento.
En uno de sus bolsillos de sus ropas hallaron el poema “Mi cara”:
Esta cara impasible, yerta, umbría,
hasta ¡Ay de mí! para la que amo, helada.
Sin fuego, sin pasión, sin luz, sin nada,
no creas que es ¡Ah, no! la cara mía.
Porque esta, amigo, indiferente y fría,
que traigo casi siempre, es estudiada...
es cara artificial, enmascarada
y aquí, para los dos, la hipocresía.
Y teniendo que ser todo apariencia,
disimulo, mentira, fingimiento
y un astuto artificio en mi existencia,
tengo pues que mentir, amigo, y miento.
Si bien fue enterrado en el lugar, el 10 de septiembre de 1852 llevaron sus restos al cementerio de la Recoleta, a la bóveda de la familia de su hermana.
Luego de muerto fue cuando se divulgó su obra. El maletín con los escritos que sobrevivieron -algunos se habrían perdido- que había quedado en poder de su prometida, pasó a Juan Gil, quien lo cedió para su publicación.
Había compuesto cerca de veinte mil versos. Sus poesías completas, compiladas por Heraclio Fajardo, con mucho esfuerzo económico de sus amigos, salieron en tres tomos en 1861. Ellos interpretaron como una burla cuando el gobierno compró una decena de ejemplares. En 1880 sus trabajos fueron editados por la librería Garnier Hermanos, de París.

Su sacrificio de poeta mártir pasó casi desapercibido. Ningún parte mencionó la muerte de aquel que batalló atormentado, y hasta último momento, en soledad.
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