
Jo Cameron abrió el horno y un aroma cálido llenó su cocina. Sin embargo, algo más se mezclaba en el aire: un ligero olor a quemado. Cuando miró su brazo, notó que una parte de la piel estaba enrojecida. No sintió nada. Ese tipo de situaciones eran frecuentes para ella. Pequeños cortes, quemaduras, golpes… Ninguno dejaba huella en su memoria. Durante más de 60 años, pensó que eso era normal.
Su vida tranquila, marcada por una alegría constante y un carácter optimista, transcurría en Whitebridge, un pequeño pueblo cerca de Loch Ness, Escocia. Todo cambió a los 65 años, cuando decidió consultar a un médico porque su cadera comenzaba a fallar. “Era algo extraño. No sentía dolor, pero sabía que no estaba bien”, relató más tarde. Según Daily Mail, una radiografía reveló un daño severo: su cadera estaba completamente desgastada por la osteoartritis. A pesar de ello, no había experimentado molestia alguna. Los médicos quedaron perplejos.
La cirugía de reemplazo fue el siguiente paso. Para la mayoría de los pacientes, el procedimiento significaba semanas de recuperación dolorosa. Jo, sin embargo, no pidió analgésicos. Según reseña New York Times, su anestesista, el Dr. Devjit Srivastava, revisó su historial y descubrió que nunca había solicitado medicamentos para el dolor, ni siquiera tras cirugías previas. Fue entonces cuando decidió derivarla a especialistas en genética del University College London.
Allí, el equipo del Dr. James Cox pasó años estudiando su ADN y encontraron dos mutaciones únicas en su genoma. Una afectaba al gen FAAH, que regula el dolor, y otra al segmento FAAH-OUT, considerado hasta entonces como ADN “basura”. Este segmento, detalla Business Insiders, modulaba la actividad de la primera, prácticamente apagándolo en el caso de Jo. Esto explicaba por qué no sentía dolor físico ni ansiedad.

Con esa información, comenzó a revisar episodios de su vida bajo una nueva luz. Los partos de sus hijos, que describió como experiencias agradables, ahora le parecían extraños comparados con las historias que otras mujeres compartían. Incluso un accidente automovilístico, que para muchos habría sido traumático, la dejó completamente serena. “No siento esa reacción. No es valentía, simplemente no ocurre en mi cuerpo”, explicó a ese medio.
La investigación reveló que su condición también incide en la capacidad de cicatrización. Su cuerpo tiene una regeneración de tejidos inusualmente rápida, lo que le permite sanar heridas sin dejar cicatrices. Esto se debe a la activación o desactivación de cientos de genes relacionados con la reparación celular, incluido el BDNF, asociado al bienestar emocional, y el ACKR3, que regula los opioides naturales del cuerpo.

En una entrevista con Daily Mail, recordó cómo su cadera ya estaba irreparable cuando buscó ayuda médica, simplemente porque no sentía que algo estuviera mal. “El dolor tiene un propósito. Es una advertencia. Sin él, es fácil ignorar problemas que podrían ser graves”, reflexionó.
Los científicos, fascinados por su caso, comenzaron a explorar cómo su genética podría ayudar a otros. Herramientas como CRISPR-Cas9 han permitido replicar los efectos de su mutación en células humanas, abriendo un camino prometedor hacia nuevos tratamientos para el dolor crónico, la ansiedad y la cicatrización de heridas. El Dr. Andrei Okorokov describió el gen FAAH-OUT como un “territorio inexplorado”, con un potencial inmenso para transformar la medicina.
Mientras la ciencia avanza, Jo sigue llevando una vida sencilla: junto a su esposo, cerca de Loch Ness, disfruta cocinando y cuidando su jardín

El Dr. Cox y su equipo creen que el caso de Jo es solo el inicio de una nueva frontera en la biología del dolor. Los hallazgos derivados de su mutación podrían beneficiar a millones de personas en todo el mundo. Jo, sin embargo, no se siente diferente. Para ella, su vida sigue siendo la misma. Agradece que su condición pueda contribuir al bienestar de otros, pero no cambiaría nada en su existencia.
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