
Salvo Rosario Antonio D’Acquisto nació en Nápoles el 17 de octubre de 1920 en el barrio del Vomero. Hijo de Salvatore D’Acquisto, un siciliano procedente de Palermo, y de Inés Marignetti, nativa de Nápoles. Era el mayor de cinco hermanos, en una familia profundamente cristiana.
Fue a la guardería en el Instituto Salesiano “Hijas de María Auxiliadora” de Vomero, continuó en la Escuela Primaria “Luigi Vanvitelli” y se matriculó en el colegio del Instituto Salesiano “Sacro Cuore”. Gracias a su voz lo empujaron a asistir al Conservatorio “San Pietro a Majella”, donde estudió barítono. Pero en 1934 abandonó sus estudios. En 1939 Salvo D’Acquisto se alistó como voluntario en los Carabineros. Para entonces tenía 18 años. Asistió a la Escuela de Estudiantes Carabineros de Roma, dependiente de la segunda División “Podgora”, hasta el 15 de enero de 1940. Inicialmente fue asignado a la “compañía de mando de la legión Carabineros de Roma” dependiente de la segunda División Carabineros “Podgora”. Luego, después de junio de 1940, se trasladó a la “unidad de fabricación de guerra de los Carabineros” la famosa y conocida en toda Italia como la “FabbriGuerra”.
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El 28 de octubre del mismo año fue movilizado con la 608ª Sección de Carabineros y desembarcó en Trípoli el 23 de noviembre siguiente. De regreso a su tierra natal, a partir del 13 de septiembre de 1942 ingresó en la “Escuela central de los Carabineros de Florencia” para asistir al curso acelerado de ascenso a adjunto de brigada, grado que alcanzó el 15 de diciembre siguiente. Una semana después lo enviaron a la estación de Torrimpietra, un pueblo a 30 kilómetros de distancia de Roma.
Después del 8 de septiembre de 1943, tras los combates a las puertas de Roma, que realizaron las fuerzas germanas de ocupación un grupo alemán de las SS se instaló en el territorio de la estación de Torrimpietra y ocupó un cuartel abandonado de la “Guardia di Finanza”. En este cuartel, la tarde del 22 de septiembre de ese mismo año, unos soldados alemanes, hurgando en un cofre abandonado, provocaron la explosión de una granada de mano: uno de los soldados murió y otros dos resultaron gravemente heridos. El fortuito episodio fue interpretado por los alemanes como un ataque de los partisanos italianos para con ellos.
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A la mañana siguiente, el mariscal de campo alemán Albert Kesselring se dirigió a la estación de Torrimpietra para buscar al comandante italiano. Allí encontró, en ausencia del mariscal encargado de la estación, al brigadier adjunto D’Acquisto, a quien pidió perentoriamente que identificara a los responsables de lo sucedido. Tras los argumentos del joven suboficial, que intentó en vano convencerlo de que el trágico episodio había sido accidental, el oficial alemán decidió tomar represalias. Poco después, el pueblo de Torrimpietra fue completamente rodeado y 22 ciudadanos inocentes e indefensos fueron detenidos, cargados en un camión y transportados al pie de la Torre Palidoro. Esa es una construcción de planta cuadrada y de unos 20 metros de altura que data de la época de las invasiones sarracenas y fue construida sobre las ruinas de una villa romana. Forma parte de un grupo de torres costeras, construidas entre los siglos VIII y IX y que servían para detectar el acercamiento de los barcos enemigos por mar.
El brigadier adjunto Salvo D’Acquisto, consciente de que las 22 personas que eligieron los nazis iban a ser fusiladas, se enfrentó una vez más al comandante de las SS para renovar el intento de llevarlo a una evaluación objetiva de los hechos. Una vez más se le pidió al joven suboficial que indicara los responsables del presunto ataque, pero su resuelta respuesta negativa provocó una reacción irracional y despiadada. Los rehenes fueron obligados a cavar una fosa común, algunos con palas traídas por los soldados alemanes, otros con las manos. En ese momento, Salvo D’Acquisto se hizo responsable del atentado y pidió que lo fusilaran a él -a cambio- de la liberación de los rehenes.
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D´Acquisto fue interrogado brutalmente, según narra una de los testigos Wanda Baglioni, quien dice que: “Aunque fue golpeado y a veces incluso golpeado con los fusiles en el estómago y en la cara por sus guardias, mantuvo una conducta tranquila y digna”.

A los pies de la Torre Palidoro acabó heroicamente la vida Salvo D’Acquisto el 23 de septiembre de 1943 a los 22 años y así se unió idealmente a todos aquellos que en la Resistencia y en la Guerra de Liberación se habían entregado a un ideal de justicia y libertad. El cadáver de D´Acquisto quedó en el lugar y diez días más tarde dos mujeres Wanda Baglioni (la que dio testimonio de su ejecución) y Clara Cammertoni tomaron su cuerpo y lo sepultaron en el cementerio del pueblo de Palidoro. El 8 de junio de 1947 el cuerpo fue trasladado a Nápoles por pedido de su madre y fue sepultado en la bóveda del comando de la Legión de los Carabineros de Campania, en el cementerio de Nápoles.
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Por su sacrificio Salvo D’Acquisto recibió la Medalla de Oro al valor militar. El motivo fue:“… el ejemplo de altruismo, llevado hasta la suprema renuncia a la vida, en el mismo lugar de la tortura, donde, en bárbara represalia, las hordas nazis lo habían tomado junto con 22 rehenes civiles y aun siendo él también inocente no dudó en declararse el único responsable de un presunto atentado contra las fuerzas armadas alemanas. Así, solo, se enfrentó sin miedo a la muerte, ganándose el respeto de sus propios verdugos y escribiendo una nueva página indeleble de puro heroísmo en la gloriosa historia del Ejército”.
El 23 de septiembre de 1983, el arzobispo castrense Monseñor Gaetano Bonicelli, en la homilía por el los 40 años de la muerte del fusilado, dijo entre otras cosas: “Salvo D’Acquisto cumplió su deber a un nivel heroico, mucho más allá de lo que le pedían los reglamentos, Pero ¿por qué lo hizo? Quizás, en ese trágico momento, las palabras de Cristo resonaron en su corazón. `No hay amor más grande que dar la vida por quienes amas´. Pero, aunque el recuerdo del texto evangélico no le ayudó, la fuerte educación cristiana que recibió en su familia y en la escuela le hizo comprender la parte esencial del Evangelio, que no es una declamación de palabras, por bellas y sublimes que sean, sino un testimonio de vida. Desde hace algún tiempo, y de todas partes de Italia, han llegado documentos y peticiones al Santo Padre, al Comando de los Carabineros y a mí como Obispo Militar para que Salvo D’Acquisto sea reconocido con este título de suprema nobleza que es la santidad. Después de una madura reflexión, después de haber invocado la luz del Espíritu Santo, después de haber consultado a expertos y testigos, en mi calidad de primer responsable de nuestra Iglesia, tengo la alegría de declarar que, según las formas establecidas por la disciplina de la Iglesia, pretendo iniciar la causa de canonización de Salvo D’Acquisto”.
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Así fue como el arzobispo castrense anunció la apertura de una causa de canonización en el Ordinariato Militar de Italia. El Papa Juan Pablo II declaró a D’Acquisto Siervo de Dios. El proceso de canonización de D’Acquisto se inició el 4 de noviembre de 1983 y finalizó el 25 de noviembre de 1991 con la consiguiente transmisión de los documentos a la Congregación para las Causas de los Santos. El 15 de octubre de 1987, el Cardenal Corrado Ursi, arzobispo de Nápoles, nombró al padre Gaudenzio Dell’Aja arzobispo delegado del Tribunal Eclesiástico para el reconocimiento canónico de los restos mortales de D’Acquisto. Eso se llevó a cabo el 18 de octubre de 1987 en la Iglesia de Santa Clara en Nápoles, y sus restos fueron depositados en una capilla cerca de la entrada. El proceso de canonización aún sigue en vigencia.
La figura del soldado mártir fue recordada por el Papa Juan Pablo II, quien en un discurso ante los Carabineros el 26 de febrero de 2001 dijo: “La historia de los Carabineros muestra que se puede alcanzar la cima de la santidad en el fiel y generoso cumplimiento de los deberes de estado. Pienso aquí en su colega, el brigadier adjunto Salvo D’Acquisto, medalla de Oro al valor militar, cuya causa de canonización está en curso”.
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