
Para el gran público plebeyo amante de las intrincadas historias de las cortes europeas, su historia se hizo muy popular gracias a la actriz vienesa Romy Schneider, quien en la década del cincuenta del siglo pasado protagonizó una trilogía en la que, por demás edulcorada, se contaba la vida de Isabel de Baviera, la emperatriz de Austria que fue mundialmente conocida como Sissi.
Había nacido el 24 de diciembre de 1837 en la ciudad de Munich, por entonces reino de Baviera. Sus padres eran el duque Maximiliano José de Wittelsbach y la princesa Ludovica.
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Al parecer en la familia era llamada “Lisi” y de ahí provendría su apodo “Sissi”, que sería una suerte de marca registrada de glamour real y cuentos de príncipes.
La madre planeaba casar a su hija mayor Elena con el emperador de Austria Francisco José, que a los 24 años ya estaba en edad de tener esposa. El muchacho se fijó en su bella prima Isabel, de 16 años. Dos días después le propuso matrimonio y ocho meses después, para desconsuelo de la chica, que no quería saber nada, se casaron el 24 de abril de 1854 en la Iglesia de los Agustinos, en Viena. Se transformó en la emperatriz consorte de Austria.
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Tuvieron cuatro hijos. Sofía Federica, nacida en 1855 y fallecida dos años después de disentería durante un viaje a Hungría; Gisela, en 1856; Rodolfo nació en 1858, era el príncipe heredero y aparecería muerto bajo extrañísimas circunstancias junto a su amante en 1889, y por último vino al mundo María Valeria en 1868.

Desde el primer momento quedó abrumada por el estricto protocolo imperial: su suegra ganó la pulseada para intervenir en la crianza de sus hijos e hizo todo lo posible por evitar transformarse en una figura meramente decorativa encerrada entre las paredes del palacio.
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Le gustaba la moda, la equitación y leer filosofía. También se inclinó por la poesía y sobrevivieron tres cuadernos con sus trabajos, que firmaba con el seudónimo de “Titania”. En esos escritos, se mostraba partidaria de ideas pacifistas, republicanas y anticlericales. Cada una de las tapas de esos cuadernos llevan su sello personal, que es una gaviota, que para ella simboliza la libertad.
Era un obsesiva con su peso y todo indica que padeció anorexia. Dicen que nunca superó los 50 kilos -medía 1,72- y para ello se sometía a una dieta espartana. Había días en que solo se alimentaba de un par de frutas, jugo de carne cruda o se hacía preparar un helado con sabor a flor de violeta, actualmente un clásico en la repostería en su país.
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Asimismo, cuidaba su cuerpo y hacía ejercicio en forma diaria, y hasta se había hecho instalar en sus aposentos anillas y otros aparatos para mantenerse en forma. Se había dejado crecer el cabello, que casi le llegaba a los pies.
Esa manía por su cuerpo hizo que, durante gran parte de su vida, prohibiese que se le tomasen fotografías; las últimas son cuando contaba treinta años y el último cuadro que se pintó sobre ella fue a los cuarenta años. Dicen que este rechazo a ser retratada se acrecentó cuando apareció muerto su hijo, que acentuó la depresión que había comenzado con la muerte de su pequeña hija. Luego de esa segunda pérdida, vistió siempre de luto y prefirió abandonar Viena.
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Su marido se encogió de hombros ante el carácter de su esposa, quien encontró en los largos viajes que emprendía una válvula de escape. Como le gustaba el mar, solía ir de balneario en balneario. Había comprado un barco por el que solía navegar por el Mediterráneo.
En Grecia se hizo tatuar un ancla en su hombro.
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En los hoteles solía registrarse con nombres ficticios. Al Hotel Beau Rivage, en Ginebra, había ido por primera vez en 1897 y se había hecho amiga de su dueña, Fanny Mayer. Le gustaba visitar Territet, una pequeña localidad a orillas del lago Lemán. Una estatua emplazada allí la recuerda.
Volvió a ese hotel en el verano de 1898. El año anterior había sufrido la muerte de su hermana Sofía Carlota cuando, en una feria de beneficencia que organizaba, una chispa producida durante la proyección de una película de los hermanos Lumiere provocó un incendio. Ella fue uno de los 150 muertos.
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El 10 de septiembre a las 12:40 salió del hotel hacia el embarcadero, para hacer un viaje por el lago junto a su dama de compañía, una condesa húngara. En el camino un hombre simuló tropezarse con ella y la empujó. Luego de las disculpas del caso, el hombre continuó su camino. Ella, al abordar el barco, sintió una molestia y se desmayó. Al abrirle las ropas encontraron una gota de sangre.
La llevaron a la suite que ocupaba en el hotel y el médico comprobó que tenía una herida de arma blanca a la altura del corazón, y que nada podía hacerse. Veinte minutos después falleció. En diciembre hubiera cumplido 61 años.
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El hombre alcanzó a ser detenido por dos cocheros, que había ido en su persecución. Se llamaba Luigi Lucheni, un anarquista italiano nacido el 25 de abril de 1873, y era de familia italiana radicada en Parma.
Para el crimen usó una lima bien afilada. Las autoridades suizas salieron a la caza de cuanto anarquista encontrasen, creyendo que el asesino era una pieza de un complot. Sin embargo, las detenciones no llevaron a ningún lado y días después todos fueron liberados.
Cuando fue interrogado, dijo que había ido a Ginebra a matar a otro personaje, pero que no había podido hacerlo por razones que nunca explicó. Aparentemente se habría tratado del príncipe Felipe Duque de Orleans, quien había suspendido su viaje.
Fue de casualidad que se enteró de la presencia de Sissi en la ciudad y decidió asesinarla. Según él, no mataba a una mujer, sino a una emperatriz.
Su cuerpo fue llevado a Viena, donde se realizaron las honras fúnebres. No tomaron en cuenta sus deseos que dejó establecidos en su testamento, donde había pedido ser sepultada en su palacio Achilleion en la isla griega de Corfú. Sus restos permanecen junto a los de su esposo e hijo en la cripta imperial en la iglesia de los Capuchinos.

El asesino, que fue fotografiado sonriente entre dos policías cuando fue detenido, fue condenado a cadena perpetua. Fueron inútiles sus pedidos de que fuera ejecutado. El 19 de octubre de 1910 se ahorcó en su celda con su cinturón.
La imagen de la emperatriz es un clásico en los circuitos turísticos vieneses. Actualmente, la suite del hotel donde falleció en Ginebra lleva su nombre y conserva, de aquella época, sillas tapizadas con su color favorito y un espejo colocado sobre la chimenea, en la que seguramente reflejaba un rostro que había hecho todo por ocultarlo del mundo.
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