Cuando el lunes 7 de noviembre de 1504 Cristóbal Colón llegó al puerto de Sanlúcar de Barrameda, era un hombre enfermo. Regresaba de lo que sería su último viaje al nuevo continente. Debieron ayudarlo a desembarcar por los dolores insoportables que le provocaban la gota y la artritis.
Luego de acomodarse en una casa alquilada en Sevilla, juntó fuerzas para su última misión: reclamar ante la corte sus derechos y privilegios sobre las tierras que había conquistado.
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Ya poco quedaba de ese hombre corpulento y macizo, de cabellos rojizos, ojos claros, tez blanca y nariz aguileña, del que no se conoce retrato que le hayan hecho en vida. Las imágenes que se conservan son aproximaciones de acuerdo a las descripciones de quienes lo trataron. Estudios forenses realizados en 2007 aseguraban que sus últimos tres años de vida padeció el síndrome de Reiter, o artritis reactiva, que provoca quemazón al orinar, dolor, hinchazón en las rodillas y conjuntivitis.

Colón era un genovés nacido en 1451 aunque no se le conoce un solo documento suyo escrito en italiano. Por eso las sospechas de que fuera portugués o español.
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En 1479 conoció a Felipa Moniz en el monasterio de Santos, donde él iba a escuchar misa y ella se alojaba. Hija del reconocido navegante portugués Bartolomeu Perestrelo, se casaron ese mismo año y tuvieron un hijo, Diego.

Su suegra Isabel fue clave en sus proyectos, ya que le facilitó cartas de navegación, mapas y documentos que habían pertenecido a su marido. Su esposa Felipa falleció en una fecha imprecisa, entre 1484 y 1485, que coincide con la partida de Colón de Portugal a España.
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El 12 de octubre de 1492 Colón llegó a la isla de Watling, a la que dio el nombre de San Salvador. Pasó a Cuba, luego a Haití (o Isla Española) y emprendió el regreso. En su segundo viaje recorrió las pequeñas Antillas y al llegar a La Española halló el fuerte destruido y sus habitantes masacrados por los indígenas. Luego de fundar la ciudad de La Isabela, exploró Cuba y Jamaica. Regresó enfermo a La Española, donde el gobierno de su hermano Bartolomé estaba sospechado de oscuros manejos, que motivaron que la Corte enviase a un comisionado. Colón regresó a España con él. En su tercer viaje llegó a las bocas del Orinoco. Por la anarquía reinante en La Española, los reyes enviaron a Francisco de Bobadilla -que no tenía una buena relación con el navegante- quien remitió detenidos a España a Colón y a sus hermanos. Declarado inocente, encaró su cuarto y último viaje, en el que llegó hasta Panamá y, luego de privaciones y de serios contrastes en el viaje, fue rescatado y llevado a Jamaica de donde emprendió el regreso a España. No volvería más a las tierras que él creyó eran las indias. Fueron 12 años de viajes.

Para 1504 ya estaba muy enfermo para trasladarse de Sevilla. Le pidió a su hijo Diego, empleado en el Cuerpo de Guardia de la Reina y luego del Rey, que iniciase el reclamo.
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Colón sufrió ese invierno. En mayo de 1505 partió a Segovia, donde residía la corte. Fueron 500 kilómetros recorridos a lomo de mula. Cuando arribó, se enteró que el 26 de noviembre del año anterior la reina Isabel I La Católica, la que había apostado por él ganándole al escepticismo de su marido Fernando, había fallecido en Medina del Campo. Debió discutir con el rey sus asuntos. Si bien lo recibió cortésmente, le recomendó que hablase con el padre Diego de Deza y Tavera para que lo defendiese en sus reclamos.
El dominico Deza no le era extraño. Se habían conocido en Salamanca cuando Colón intentaba convencer a la corte de Castilla de la travesía que quería emprender. Deza y los demás frailes se entusiasmaron con sus planes y el apoyo que le brindaron al navegante fue clave. Además, el religioso tenía influencia en la corte y la reina lo había mencionado en su testamento.
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Las cuestiones de las rentas y las propiedades que les fueron concedidas le aseguraban un buen pasar económico. Sin embargo, Colón reclamaba los cargos hereditarios de virrey y gobernador. La Corte se negó y hasta le ofreció un título nobiliario en León si desistía en sus reclamos.
El almirante empeoraba día a día. Debió dejar la fría Segovia y se trasladó a Valladolid, distante unos 100 kilómetros.
Le había confiado a su hijo Diego el cuidado de Beatriz Enríquez, madre de Fernando, “proveyendo a que pueda vivir con decoro como persona que pesa mucho en mi conciencia. No me es lícito escribir aquí la razón para ello”. Colón había conocido a esta mujer de familia campesina por el año 1486 mientras buscaba apoyo y nunca se habían casado. El 15 de agosto de 1488, fruto de esa relación, tuvieron un hijo. Cuando zarpó en 1492 sus vástagos quedaron al cuidado de ella.
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El 20 de mayo de 1506, en la habitación de la modesta casa de piedra de una planta que ya no existe más de la calle de la Magdalena de Valladolid, rodeaban a Cristóbal Colón en su lecho de enfermo sus hijos Diego y Fernando y un par de allegados. No había ningún representante de la Corte, ni siquiera su amada Beatriz, a la que tuvo en cuenta en sus últimos momentos. “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, fueron sus últimas palabras.
Como la Corte no reconocía los derechos que reclamaba, su hijo Diego inició en 1508 lo que se llamaron los pleitos colombinos, que finalizaron en 1563 con su nieto Luis. El rey se negaba a otorgar los amplios dominios descubiertos a una sola persona. Luis terminaría aceptando los títulos de Duque de Veragua, Marqués de Jamaica y Almirante de la Mar Océana.
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Fue enterrado en el convento de San Francisco de Valladolid. Tres años después sus restos fueron trasladados al Monasterio La Cartuja, en Sevilla. Años después, junto a los de su hijo Diego -fallecido en 1526- fueron llevados a la isla La Española, y depositados en la catedral de Santo Domingo. En 1795 terminarían en la catedral de La Habana, donde estuvieron hasta 1898, año que la isla se independizó. Entonces, nuevamente fueron enterrados en la catedral de Sevilla. República Dominicana asegura que es depositaria de los restos del gran almirante, y que los huesos que fueron llevados a Cuba pertenecen a un familiar.
En el solar donde se supone se levantaba la casa donde falleció, hoy lo ocupa un museo inspirado en la casa virreinal que habitaba Diego Colón en Santo Domingo. En él se recuerda la vida y la epopeya del ilustre navegante, que aún se discute su lugar de nacimiento. La única certeza fue que este hombre, que nunca había encargado en vida un retrato, murió reclamando sus derechos en una modesta casa de piedra que ya no existe.
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