
Menuda sorpresa recibió Walter Arnold. No imaginó que, por exceso de velocidad, todo el peso de la ley le caería encima en medio de un plácido paseo en un vehículo por Paddock Wood, en East Peckham, condado de Kent, a una hora cincuenta al sudeste de Londres. Era enero de 1896 y conducía un Arnold Benz Motor, el automóvil que fabricaba.
Los Arnold vendrían a ser lo que hoy llamaríamos una familia emprendedora y con la aparición del automóvil también fueron entusiastas de los fierros. A mediados de 1840 habían montado un próspero negocio de fabricación de maquinaria agrícola, que incluía operación de molinos y barcazas de carga. Gracias al desarrollo de las máquinas que aplicaban, estaban familiarizados con los motores a vapor.
Cuando apareció el automóvil, Walter Arnold, uno de los hijos del fundador de la empresa, vio el negocio.
En 1895 el ingeniero alemán Karl Benz había revolucionado el mercado con la invención del primer vehículo que no era traccionado a sangre, sino a través de un motor.

Arnold viajó a Alemania a conocerlo, se trajo un motor Benz de 1 ½ hp y no demoró en comprar la licencia para poder fabricarlos. Así en los siguientes dos años, con la Arnold Motor Carriage, construyó junto a su socio Henry Heweston, una docena de ellos. Si bien mantuvieron el diseño original de Benz, fabricaron su propio motor.
Para evitar ser multados por exceso de velocidad, el prototipo fue debidamente probado en Irlanda. El diseño de esos primeros autos no se apartaba demasiado de los carros tirados por caballos. De un largo de dos metros, y de un metro veinte de ancho, tenía un motor de un cilindro de 1 ½ hp de dos velocidades. Funcionaba a través de un sistema de correas y con transmisión a cadena. El tanque de combustible tenía una capacidad de 5 galones (casi 19 litros) y podía alcanzar una velocidad de entre 10 a 15 millas por hora (aproximadamente de 16 a 24 kilómetros por hora)
Su precio de venta era de 130 libras, e incluía las lámparas.
El de ellos fue uno de los primeros automóviles fabricados en Gran Bretaña y se adelantaron al boom que se vendría. Ese país, para el fin de la Primera Guerra Mundial, con 171.607 automóviles, se colocaría al tope del ranking de vehículos, seguida por Alemania, con 95.000.

El martes 28 de enero de 1896 pasaría a ser histórico. Ese día Walter Arnold conducía por Bradbridges road, en Paddock Wood, y aparentemente lo hacía arriba de las dos millas permitidas (un poco más de 3,2 km/h)
Para entonces, el Parlamento había aprobado un paquete de leyes que regulaba el uso de vehículos que no usasen animales, y había distinciones para las carreteras que conectaban ciudades y las calles urbanas.
La legislación hacía hincapié en varios aspectos: en la cantidad de tripulantes por vehículo, a la velocidad, a la placa identificatoria que debía exhibir y al peso máximo que cada unidad debía respetar, para evitar que pueda cruzar puentes sin que éstos colapsen.
En un principio, la velocidad máxima en ruta era de 4 millas por hora, algo así como 6,4 kilómetros por hora, mientras que en la ciudad era de 2 millas.
El vehículo de Arnold violaba casi todas las disposiciones: circulaba a más de 2 millas por hora y no tenía el cartel identificatorio a la vista con el nombre del dueño y su dirección.
Un detalle importante: conducía sin que hombre, que debía ir unos pasos adelante con una bandera roja, anunciara a los peatones el paso del vehículo.
Manejaba un Arnold Benz Motor y fue detenido por un policía que debió perseguirlo un par de kilómetros en su bicicleta, gritándole que se detuviera.
De todas maneras, la policía no disponía de ningún dispositivo de marcación de velocidad, por lo que el agente del orden calculó a ojo que se había pasado de velocidad. El primer velocímetro fue una invención del norteamericano Arthur Pratt Werner a comienzos del siglo XX y comenzó a implementarse en 1901.
A Arnold, que en un principio no había advertido los llamados del policía debido a los ruidos del motor, la situación le pareció de los más divertida y la encontró perfecta para promocionar al vehículo. Los malpensados aseguran que lo había hecho a propósito como una estrategia de venta. Pagó con gusto una multa de un chelín, más los costos, en la oficina del tribunal local.
Una reforma de la legislación, aplicada en 1896, elevó la velocidad máxima a 14 millas por hora (22,5 km/h) y eliminó a la persona que debía ir adelante blandiendo una bandera roja. La decisión fue festejada como una victoria, y no tuvieron mejor idea que celebrarla con una competencia, que se llamó Carrera de la Emancipación.
Se planeó unir Londres con Brighton, cubriendo una distancia de casi 90 kilómetros. En un principio se anotaron 58 corredores y ya antes del día de la carrera -que tuvo lugar el 14 de noviembre de ese año- la mitad se había bajado. Solo algo más de una docena compitió. Ganó el francés León Bollée con un triciclo a motor.
Arnold participó con dos de sus autos.
Pasaron los años y en 1927 los diarios Daily Sketch y el Sunday Graphic impulsaron la reedición de la competencia, a la que llamaron algo así como “vasijas viejas”, y que se continúa el primer domingo de noviembre.

Para 1897 los Arnold dejaron de fabricar sus prototipos, y actualmente se conservan dos. Uno de ellos se lució en 2017 en una exhibición de autos de lujo organizada en el palacio de Hampton Court, en Londres.
De todas maneras, este británico había logrado su lugar en la historia de los récords, el de ser el primer multado en la historia por exceso de velocidad.
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