
Claudio Cuenca nació el 30 de octubre de 1812. Sus padres Justo Casimiro Cuenca y Lucía Calvo lo bautizaron Claudio José del Corazón de Jesús. Nadie sabe a ciencia cierta porque cambió su nombre por Mamerto. Fue alumno aventajado del Real Colegio de San Carlos. Al igual que sus hermanos Salustiano, José María y Amaro, estudió medicina, egresando en el año 38. Se doctoró con una tesis curiosamente titulada "Opúsculo sobre las simpatías en general". A poco de egresado fue nombrado profesor de Anatomía y Fisiología. Su discípulo Teodoro Álvarez lo recuerda como un gran docente, al igual que Guillermo Rawson, con quien estaba emparentado.
Además del ejercicio de la profesión, el Dr. Cuenca cultivaba una pasión literaria que volcaba en sentidos sonetos. Entre su producción poética se destaca "Delirios del Corazón" que consta de 2.000 versos, y varias otras menores como "Visión", "El corazón", obras no solo olvidadas, sino extraviadas. Muchas de estas piezas estaban dedicadas a su prometida María Atkins. Quizás su obra más lograda sea el poema "Jamás":
Cuando el cabello de la sien blanquea,
Ya no hay mañana, ni después, ni más;
De ayer apenas la fugaz idea,
Y de hoy, si pasa, el matador jamás.
Cuando el Dr. Ventura Bosch partió hacia Europa, lo puso en la terna para que Rosas eligiera su sucesor como cirujano Mayor del Ejército. Cuenca fue escogido para desempeñar esa función. Aunque Cuenca frecuentaba el circulo de Manuelita, el doctor no simpatizaba con las políticas del Restaurador. Sin embargo, y a pesar de sus sentimientos, cumplía con las tareas encomendadas.
Durante la batalla de Caseros, el Dr. Cuenca con la sola asistencia del Dr. Claudio Mejía debió atender a cientos de heridos en un improvisado hospital de campaña. Después que Rosas abandonara el campo de batalla, las tropas de infantería uruguaya –los votijeros– al mando del coronel Palleja avanzaron hacia la casa de Caseros. De allí salieron unos soldados con bandera blanca. El regimiento continuó hasta donde estaban, pensándolos vencidos, cuando en forma aviesa y desleal abrieron fuego.
La venganza de Palleja no se hizo esperar y después de matar a los culpables, entró a sangre y fuego al hospital, asesinando a enfermos y heridos. Fue entonces cuando el doctor salió en defensa de sus pacientes. Pallejas ciego de furia, ultimó al Dr. Cuenca con su bayoneta. El Dr. Mejía se salvó porque comenzó a hablar en guaraní. Un sargento correntino lo sacó del hospital, donde prolijamente asesinaron a todos los rezagados.

Cuenca había profetizado su propia muerte. "Morir en la mitad de la vida, cuando se tiene delante de si la perspectiva de una estrella que nace, morir sin haber colmado los deseos de padre, cuando se ve tejer una corona para la frente y cuando tantas esperanzas se desvanecen en él, es un bárbaro morir…"
Entre sus pertenencias se hallaron estos versos, donde da vuelo poético al sentimiento de rencor que muchos porteños sentían por el ahogo de tantos años de rosismo:
Duerme, tirano, si, mientras terrible,
rebrama el huracán de la venganza,
que con paso gigante ya se avanza
tu trono deleznable a sacudir:
cierra, muelle, los ojos insensible,
del pueblo que esclavizas al quebranto;
envuélvete en los pliegues de tu manto
y no veras su cólera lucir.
Su obra basta y dispersa fue compilada por Heráclio Fajardo, incluyendo una comedia de costumbre, "Expiación recíproca", una obra de teatro "Don Tadeo", además de un drama inconcluso, "Muza".
Claudio Cuenca se eleva como el espíritu romántico del profesional, comprometido con su oficio y sus deberes, atenuados los sinsabores de su oficio con estos poemas que trasuntan un espíritu atormentado y escéptico, pero abierto a la gloriosa tarea de vivir. Hoy la ingratitud y la ignorancia lo releguen a un injusto olvido. Claudio Cuenca, médico, poeta y mártir.
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