
Desde la antigüedad los pueblos tuvieron la necesidad de conocer con los recursos disponibles para la alimentación de la población y saber la fuerza disponible en caso de guerra.
Obviamente, durante dichos censos se recababa otra información necesaria para las autoridades como la cantidad de casas, recursos económicos, etc. Con estos números podían estimarse los bienes en mano de la población y los impuestos que se imponían sobre dichas propiedades.
Los egipcios hacían frecuentes recuentos de sus medios a punto tal de tener una diosa que protegía "los libros y las cuentas". La llamaban Safnkit.
En el libro de los número, el Pentateuco, hacía un recuento de la población de las diversas tribus de Israel. Los romanos también lo hacían cada cinco años. Lo llamaron "censo". Todos recordamos que Jesús nació en Belén donde debieron presentarse sus padres, en los tiempos en que Herodes I el Grande gobernaba Judea.

Con la caída del Imperio se perdió esta costumbre y fue la Iglesia la responsable de anotar bautismos y defunciones, aunque en forma voluntaria, lo que se prestaba a inexactitudes.
A partir del siglo XVII, los Estados comenzaron a recabar la información que consideraban indispensable para su desempeño. El primer censo en nuestro territorio se hizo en tiempos de la colonia, en 1778, es decir poco después de la expulsión de los jesuitas. En la extensión de Chile, Uruguay, Argentina, Paraguay y Bolivia entonces vivían 186.526 individuos. Los aborígenes quedaron fuera del recuento.
Hizo falta casi otro siglo más para que el presidente Domingo Faustino Sarmiento organizase entre el 15 y el 17 de septiembre de 1869 un censo para conocer el potencial humano de la nueva nación.
La disposición de hacer el censo había nacido por ley durante el gobierno de Bartolomé Mitre, aunque fue su sucesor quien la impulsó. El encargado de llevarlo a cabo a lo largo de dos días fue Diego de la Fuente.
El recuento final consignó que había 1.830.241 argentinos. De ellos, 315.000 eran menores de 6 años y 1.066.847 no sabían ni leer ni escribir.

Obviamente la provincia más poblada era la de Buenos Aires que contaba con casi 500.000 habitantes. De estos, casi 190.000 habitaban Buenos Aires y sus alrededores. Pero sufrirían una terrible merma en su población durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871 que se llevó, en menos de seis meses, a 14.000 habitantes porteños y empujó a emigrar a miles de italianos que eran falsamente acusados de propagar la enfermedad.
Le seguía Córdoba (con 34.500 habitantes) y después Rosario (con 23.169). Curiosamente las provincias de Entre Ríos, Santiago del Estero y Corrientes tenían casi la misma cantidad de habitantes (alrededor de 125.000), mientras que Tucumán, Santa Fe y Salta tenían 108.000, 90.000 y 89.000 habitantes respectivamente.
Misiones, por entonces era una selva impenetrable pretendida por el Brasil, contaba con apenas 3.000 habitantes.
Aún había 6.276 argentinos en el Paraguay, mayoritariamente militares, y vivían 32.000 connacionales dispersos por el mundo.
La cantidad de pueblos originarios se estimó en 25.000 distribuidos en la Patagonia.
Chaco (que incluía Formosa) contaba con 42.291 habitantes sin que se establecieses diferencias entre etnias, cosa que recién se hizo en tiempos de José Félix Uriburu, donde también debía declararse la religión, cosa que no se hizo en el primer censo.

Argentinos nacidos en el país eran 745.793 varones y 783.567 mujeres, mientras que la población extranjera eran 152.000 varones y 60.000 mujeres.
En cuanto al oficio desempeñado por estos argentinos había en 1869:
-439 abogados
-8653 agricultores
-240 arquitectos
-2307 educadores
-191 ingenieros
-9602 militares
-1781 mineros
-438 médicos
-y ¡1047 curanderos! consignados como tales.
Dos conclusiones claras surgieron entonces: el país era un desierto que debía poblarse y educarse si se deseaba instalar una República y una democracia en toda su extensión.
*El autor es historiador y autor del sitio Historia Hoy
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